martes, 24 de julio de 2012

Soledad y compañía




Todos tenemos miedo a una serie de cosas: a la muerte, a la oscuridad, a las alturas, a los bichos y un largo etcétera según cada uno. Una de las cosas que más aterran a un servidor es la soledad, entendida como condena. Estar condenado a estar solo es algo que me da bastante miedo.

Desde pequeño he sido una persona bastante independiente, que no tenía problemas en quedarme solo en casa aunque tuviera pocos años para ello. No me tiraban mucho las grandes multitudes y me sentía más a gusto en mi cuarto leyendo libros o viendo la tele antes que salir a relacionarme con la gente.

Esa conducta algo asocial fue puliéndose con el paso de los años, especialmente en mi adorada época universitaria, donde conocí en pocos años a mucha más gente que en los 18 anteriores. Aprendí a abrirme y a tratar con mis semejantes y empecé a percibir las diferencias entre estar solo y estar bien acompañado. La soledad no buscada empezó a tornarse como un mal asunto.

No piensen ustedes que soy una de esas personas que tienen que estar acompañadas hasta para ir al baño, en absoluto. Me encantan mis momentos de privacidad y disfrutar de la soledad cuando la he elegido, de hecho vivo solo y no tengo ningún problema con ello. Lo malo viene cuando esa soledad te atrapa sin buscarla.

Me gusta salir a pasear de noche, cuando las calles están más tranquilas y a veces me cruzo a mucha gente a esas horas, solo que algunas de esas personas me inquietan. Son personas mayores que deambulan sin rumbo fijo, parándose a mirar escaparates inexistentes o mirando hacia arriba, como buscando las ventanas iluminadas de las casas. Cada vez que los veo, veo a gente que anda a esas horas por las calles porque nadie les espera en casa, que salen para evitar esa sensación de aprisionamiento que da la soledad no buscada.

Y pienso que quizá yo acabe como ellos el día de mañana y me da mucho miedo. Vagando por las calles tratando de buscar gente para convencerme de que no estoy solo en el mundo, sin nadie que me busque ni quiera saber de mí, esperando a la muerte. Es un sentimiento que me oprime por dentro y me produce una gran desazón.

Creo que por todo eso valoro el placer de la buena compañía, de esa gente que consigue despejar los nubarrones que a veces se acumulan sobre el alma y te dan alegría y felicidad. Esa gente con la que puedes compartir tus confidencias y que te dan consuelo ya simplemente por estar ahí. Yo valoro mucho todo eso y cuando encuentro a alguien así siento la satisfacción de haber encontrado un tesoro valiosísimo.

Porque esa es la clave, encontrar gente que pueda entenderte (y tú a ellos), gente que vale más por la calidad que por la cantidad. Se puede estar en medio de un montón de gente y sentirte solo, porque no tienes nada en común con esas personas, ni te importan ni tú les importas a ellos. Con el tiempo he aprendido a apreciar todo eso, a que vale más tener unas pocas personas con las que puedas sentirte querido siendo tú mismo que a tener un montón de conocidos que te aportan poco.

Y es con esas personas especiales con las que trato de tener una comunicación fluida, porque pienso en ellas todos los días y porque hablar con ellas y verlas en persona me da una gran felicidad. Mientras estén ahí no tendré miedo. 

6 comentarios:

  1. Haces bien en cuidar las amistades para que siempre estén ahí.
    No pienses en que vas a terminar solo por favor no te tortures con eso. Porque por suerte no va a pasar.

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    1. Eso espero, aunque hay fines de semana y domingos que traen bastantes fantasmas, cuando todos parecen vivir menos uno mismo. Aunque imagino que eso le pasa a todo el mundo alguna vez

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  2. Hola, llevo tiempo leyéndote, me encanta!
    Y este post, no se ... algo me hizo identificarme. Pienso como tú, mientras haya a tu alrededor, especiales personas, de las que te preocupas y que se preocupan por tí, nunca estarás solo!
    Un saludo.
    María Alas

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    1. Muchas gracias por leerme y comentar, ayuda a seguir adelante.

      Eso es, lo importante es tener a esas personas especiales, que se hacen querer y hacen feliz

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  3. A mi creo que me aterra más la compañía como condena que la soledad como tal.
    No sé. Estoy acostumbrada a pasar tiempo rodeada de gente y es algo que me agobia. Necesito mis momentos míos y sólo míos, mis paseos, perderme, encontrarme, escuchar música, mirar el cielo.. escuchar silencios. Claro que, si fuera algo permanente y obligado, si no corriese el riesgo de necesitar compañía y no tenerla, quizás aprendiese a valorarla más..

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    1. Sí, yo tampoco soy fan de las grandes aglomeraciones y también valoro mucho mis momentos de soledad, a veces los necesito, desconectarme un poco del mundo.

      Lo malo viene en esos momentos cuando notas que el mundo se olvida un poco de ti, cuando nadie te tiene en su mente para mandarte un mensaje o hacerte una llamada y te da por pensar cuánto tiempo tardarían en echarte en falta si un día desaparecieras. Esos son los momentos inquietantes.

      Estar mucho tiempo conmigo mismo me llega a agobiar, a veces doy muchas vueltas a las cosas y pierdo la perspectiva. Por eso valoro a esa gente importante que me refresca el espíritu, que me hace ver las cosas de otro modo

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