domingo, 9 de octubre de 2016

Gracias por escucharme

A lo largo de mis 34 años de vida he odiado mucho, mucho más de lo que debería haber odiado cualquier persona en mis circunstancias durante ese espacio de tiempo. Es entendible que odie mucho alguien que ha pasado por severas dificultades y que acaba hasta las narices de todo y de todos, pero no lo es tanto que alguien que siempre ha tenido las necesidades básicas cubiertas caiga en el odio con tanta frecuencia. En el primer blog que tuve, años antes de este desde el que ahora les hablo, tuve como nombre en clave precisamente "odio", porque no se me ocurría mejor nombre en ese instante y porque quería exponer mucho odio en las entradas que tenía planeadas, como así hice. Revisadas años después, he sentido vergüenza ajena ante algunas de las cosas que escribí, bien por tener un planteamiento pueril, por estar escritas con un estilo pobretón o por destilar mucha, demasiada rabia. No puedo decir que no me haya reconocido, porque recuerdo cómo me sentía entonces y entonces eso es lo que me pedía el cuerpo. Era un momento en el que estaba abriendo una nueva etapa de mi vida y no sabía como desprenderme de los lastres que traía de la anterior, aquejado de un par de relaciones tóxicas y de un cambio de residencia, lejos de lo conocido. Las relaciones tóxicas eran con dos personas con las que vivía y que me estaban haciendo daño con una marcada actitud egoísta que pensaba primero en ellos y me culpaban de cualquier cosa que perturbara su orden, mientras que ellos se creían con el derecho de perturbar el mío cuando quisieran. 

Nunca me he llevado muy bien con aquellos que corresponden a mi interés con una virulencia que no viene al caso, faltándome al respeto mientras me siguen dando migajas para que me calle y siga siendo su mascota fiel. Siempre he creído que si algo o alguien no te interesa es mejor que lo demuestres de primeras y ahorres posteriores disgustos, que aunque parezcas frío, en el fondo muestras más consideración por la otra persona. El tiempo pasó, conocí gente muy diversa, me siguieron pasando cosas con ellos, unas muy divertidas y otras deplorables y el odio siguió apareciendo de vez en cuando, hacia todo lo deplorable que me estaba pasando. El resultado era siempre el mismo, conmigo pensando en desaires ocurridos anteriormente y diciendo "idiotas, quiénes sois vosotros para tratarme de esa manera, para dejarme de lado, ojalá sufráis lo que merecéis". Ese mismo odio ha sido recurrente cada vez que he salido despedido de un puesto de trabajo o cuando se ha acabado una relación personal, cuando alguien a quien quieres no te coge el teléfono ni te llama para preguntarte cómo estás en momentos de necesidad. Ocasiones para odiar a diestro y siniestro, supurando odio hasta que otras circunstancias venían y entonces mi cabeza se distraía odiando las nuevas, si estas no eran favorables. Pero como dice una canción de Shakira (artista más interesante cuando se pone con las baladas que con las canciones pachangueras), cuyo estribillo a veces me viene a la cabeza, no se puede vivir con tanto veneno.





Se preguntarán qué sentido tiene incluir la foto de un bello atardecer, con la luz rosada del crepúsculo coloreando las aguas de un lago, tras un primer párrafo con reflexiones bastante más crudas. Pues bien, todo esto viene al caso de algo ha tenido lugar hace escasos meses, cuando he conocido a una persona que me ha hecho darme cuenta de todo el veneno con el que estaba viviendo y que me ha dado nuevas esperanzas. Como tantas cosas que nos suceden en la vida, esto ocurrió por casualidad, cuando entré en una web que ofrece contactos con personas que quieren aprender idiomas. La mayoría de los que entran son españoles buscando practicar inglés con nativos que lo hablen, para ahorrarse los costes de las clases, por lo que no es sencillo establecer contacto con otras personas, pues cuando aparece algún nativo anglosajón la gente se echa encima como si fuera un taxi en un día de lluvia (alguno de estos nativos me ha comentado que ha recibido más de 100 peticiones en pocos días y que ha tenido que cerrar el perfil por saturación de mensajes). Con tanta petición es difícil que a uno le vayan a responder, pero héte aquí que una chica con la que había contactado días atrás me escribió de vuelta y empezamos a charlar. Pasadas unas semanas decidimos conocernos en persona y pasamos muy buenos ratos, ella venía de un país del este de Europa y estaba muy interesada en conocer el idioma y la cultura de España, algo en lo que yo puse mi granito de arena, llevándola a visitar rincones de la gran capital y de otras ciudades próximas y contándole curiosidades sobre la lengua española y la historia de este país. Ella estaba haciendo un intercambio de estudios y su estancia aquí tenía fecha de caducidad, así que pasado un tiempo llegó la hora de despedirse, con la promesa de seguir hablando a través de Internet y de que yo le haría una visita este último verano. Ese día fue muy triste, recuerdo perfectamente que el equipo de fútbol de la gran ciudad había ganado un trofeo europeo al otro equipo de la capital y mi estado ánimo estaba más del lado de los perdedores, para variar, el veneno volvía a surgir hacia aquellos que estaban mostrando por las calles de la urbe una alegría que yo no compartía en absoluto. En la despedida hubo un sentimiento extraño, como si entre ambos hubiera surgido algo que iba más allá de la simple simpatía o de la amistad y notaba cómo algo bonito se me estaba escapando de las manos. Pasados menos de dos meses acudí a su país a visitarla y ella me hospedó en su casa, ubicada en una pequeña ciudad ubicada cerca un sistema montañoso que tuve la ocasión de visitar, maravillándome ante la riqueza natural del lugar en diversas excursiones que hicimos por la zona, por los montes y los muchos castillos que ornan esos lares.





¿Qué pasó entonces? Pues que un buen día, antes de mi regreso noté que había que dar un paso más, que se notaba una vibración especial y que no podíamos limitarnos a ser solamente amigos. Así que acabamos besándonos, tras una charla en la que le dije lo bien que me sentía con ella y en la que ella hizo lo propio Desde aquella vez he vuelto una vez más a su país de visita y pienso seguir haciéndolo de forma periódica, olvidando mientras estoy allí toda la papilla que he tragado durante años, olvidando las miserias nacionales y las mías propias y pensando que otro futuro es posible, por ser una mujer sensata y centrada que me hace mucho bien. Porque tras años de ansiedades ella me hace sentir tranquilo. Sobre todo tranquilo, muy tranquilo, como no lo había estado en mucho tiempo. Tranquilo porque a pesar de la distancia que ahora nos separa me siento muy cerca de ella, mucho más cerca que de gente con la que he vivido a escasos minutos de distancia. Cerca porque ella está realmente interesada en estar conmigo, realmente le importo y no siento esa angustia de creer que me abandonará y de tener que esforzarme mucho para evitarlo. Y me hace sentir bien, no miserable, no siento que tenga que mendigar su afecto, que tenga hacer más ruido que los otros para que se fije en mí y me haga caso, ni que tenga que sentirme como alguien ridículo al no tener lo que quiero. Con ella todo parece más fácil, una maravilla en el dificultoso mundo de las relaciones humanas. 

No sé lo que pasará en el futuro, no sé si en unos meses todo esto se habrá acabado o si seguiré con ella durante años, pero lo novedoso es que no me da miedo lo que está por venir y que me siento bien conmigo mismo, sin necesidad de dejarme llevar por el veneno. Aunque una de las consecuencias que ello ha traído consigo es que no siento la misma necesidad de escribir, se ha hecho cierto aquel viejo adagio que dice que escribimos cuando nos sentimos mal, tratando de buscar las respuestas. Verán que últimamente he tenido algo abandonado el blog y la verdad es que no me ha importado, sentía que era bueno estar viviendo lo que vivía y dejar de preocuparme por qué cosas debía tratar para aquellos que me lean. He creído oportuno escribir estas líneas para explicar esta ausencia y para contar un poco los motivos, porque lo cierto es que ahora mismo no siento ganas de escribir nada. Sigo leyendo bastante, pero no siento el impulso de escribir, como si quisiera abstraerme y centrarme en lo que ahora me importa, que es seguir escribiéndome con esta chica, con la que hablo por escrito todos los días. Mientras el resto del mundo sigue a lo suyo, sin querer saber (salvo honrosas excepciones, desde aquí os saludo afectuosamente) cómo le va la vida a garcigomez o si al menos sigue vivo, esta chica y yo hemos conseguido construir nuestro pequeño rincón, en el que nos hablamos de todo, (casi) sin frenos, esos frenos que arruinan las relaciones al sentir que la otra persona no te está ofreciendo lo que lleva dentro. Aún no estoy seguro de querer mostrarle este blog, que tantas veces ha supurado veneno, no sé si leerá mis entradas y se sorprenderá de forma negativa, aunque ya conoce unas cuantas de mis filias y mis fobias. Supongo que ese día se cerrará el ciclo y ya no tendré que ocultarme tras ningún seudónimo, sin miedo a nada. Mientras tanto, dejaré esto abierto pero me van a permitir que me vaya hasta nuevo aviso. Y me voy a despedir con una canción noventera de The Connells, un grupo yanqui de Carolina del Norte que hizo una preciosa canción sobre el paso del tiempo y que para el videoclip contó con la presencia de antiguos compañeros de instituto, para mostrar cómo el tiempo les había cambiado a todos ellos. Porque el tiempo nos cambia a todos, físicamente sin lugar a dudas, pero también espiritualmente, haciéndonos más conscientes de donde venimos, de lo que somos y lo que podemos ser, que está escrito en alguna parte y que debemos ir descubriendo. Hasta luego o hasta siempre y que vaya muy bien. Gracias por escucharme.

domingo, 3 de julio de 2016

Reencontrando a Pilar López de Ayala


¿Por qué gustan tanto las historias románticas con final feliz? Porque ofrecen una respuesta cómoda y agradable a las inquietudes de la vida, porque todo parece más fácil y más susceptible de acabar satisfactoriamente que en la vida real, donde la mediocridad y el gris suelen predominar. Todos somos conscientes de ello, pues en un momento dado todos hemos sido conscientes de vivir un momento “de película”, por estar dotado de ese encanto particular tan propio del cine y tan escaso en la vida. Y las historias románticas dan la ilusión de pensar en un amor sin final, que aguantará incólume como el primer día, porque en la vida la historia sigue y lo que en un momento dado sería un final “de película” a veces es el inicio de un desenlace triste o mediocre. Todos hemos jurado gran amor a alguien o alguien nos ha jurado gran amor, hemos dicho que no nos olviden o nos han dicho que no olvidemos y el olvido se ha acabado imponiendo, dejando un recuerdo digno de aquellas cintas VHS, que acababan desgastándose e inutilizando la imagen después de varios visionados y rebobinados. Sin embargo, hay recuerdos y sensaciones que se mantienen frescos a través de los años, sobre todo cuando se han mantenido bajo una cierta conserva, cuando no se ha abusado de ellos y eso me ha sucedido recordando a una persona, ajena a mi vida diaria, pero que fue objeto de admiración en su momento. Muchas veces he hablado en este blog de actrices, pero no lo he hecho de una actriz que fue motivo de mis anhelos juveniles hace cosa de unos 10/15 años. Me refiero a Pilar López de Ayala.

Pilar López de Ayala se dio a descubrir con la serie “Al salir de clase”, de la que formó parte en su reparto original. Ahí yo todavía desconocía su existencia a pesar de que por edad debería haber visto la serie, pues me encontraba en mi adolescencia y entre el público potencial. Sin embargo, las series españolas dirigidas a los jóvenes me parecían una tontería y pasé olímpicamente de ella, aunque muchos compañeros de colegio fueran seguidores asiduos y la comentaran día sí y día también. Fue acabando el año 2000, cuando yo acababa de empezar mi etapa universitaria, cuando acudí a ver una película llamada “Besos para todos” en la que salía una chica participando en un papel secundario de gaditana salerosa que trataba de enamorar al protagonista. La actriz que la interpretaba no era de Cádiz, pero me hizo creer que en verdad lo era y envidié mucho a ese protagonista que era reticente a estar con ella a pesar del entusiasmo mostrado por ésta.

Esa chica gaditana estaba interpretada por Pilar López de Ayala, que fue nominada por la frescura de su papel al Goya a actriz revelación. El trofeo no se lo llevó, pero sí que lo haría al año siguiente por su interpretación en “Juana la Loca”, donde con apenas 22 años demostró una entrega y un dominio del oficio que no tenía nada que envidiar al de intérpretes de más nombre o más edad. Si con “Besos para todos” ya me había quedado con el nombre de esa mujer, con “Juana la Loca” llegó el enamoramiento definitivo. Debo admitir que vi en el cine “Juana la Loca” unas 15 veces (llegó un momento en que perdí la cuenta), que compré el disco con la banda sonora (muy buena, por cierto) y hasta me leí un par de libros sobre Juana de Castilla, imbuido del amor que había empezado a profesar por esa chica que había hecho suya a la reina loca.




 

Por supuesto seguí todos los pasos de Pilar López de Ayala en los medios, de sus entrevistas y reportajes fotográficos y acudí con sumo deleite a ver las películas en las que participó, que a raíz del éxito de “Juana la Loca” no fueron demasiadas. Eso también me sorprendió, porque era curioso comprobar cómo una mujer que estaba en lo más alto renunciaba a los parabienes y de vez en cuando se tomaba un tiempo para que se olvidaran de ella.






Los años pasaron y otras actrices fueron llenando el vacío de las ausencias de Pilar López de Ayala, aunque de vez en cuando su recuerdo volvía a aparecer en mi interior y, como mucha otra gente, me preguntaba qué habría sido de ella. Pues hete aquí que hace poco acaba de estrenarse “Rumbos”, una película que la devuelve a la cartelera española tras mucho tiempo y por la que ha vuelto a aparecer en los medios, contando su experiencia en los últimos años.




Haciendo un repaso a sus interpretaciones, mis preferidas son las que hizo en las ya comentadas “Besos para todos” y “Juana la Loca” y también las de “Obaba” y “Medianeras”, con el nexo común de una mujer buscando el amor. Si en las dos primeras veíamos a una Pilar López de Ayala de personalidad potente, en las dos segundas daba rienda suelta a su faceta más vulnerable, con resultados igualmente estupendos. Y si en "Besos para todos" salió bien parada del acento gaditano, en el caso de “Medianeras” no fue a la zaga hablando con un convincente acento argentino.





Hay una entrevista que quiero destacar en esta entrada, porque me ha gustado especialmente a la hora de reflejar ese modo de ser introvertido con el que puedo identificarme en muchas cosas. Que me ha hecho recordar por qué he llegado a enamorarme de esta actriz, de ese algo especial que la destaca por encima de los petardeos y postureos, de la evidencia de que ella no juega si no le interesa, que es una actitud vital que siempre he compartido.

 

 

Pilar López de Ayala (Madrid, 1978) le gusta muy poco o nada hablar de ella. Prefiere vivir su vida que contarla. Mide sus palabras, le preocupa que puedan sonar arrogantes, y teme ser malinterpretada. "Es una mujer especial, profunda", dice un reputado director de casting. "Una persona noble, sin trampas", añade un solvente agente de actores. "Serena por fuera; no tanto por dentro", matiza ella. Una introvertida que, a veces, sube la barrera y deja que te asomes. Fue el caso.

Ha estado muy desaparecida unos cuantos años...

Cinco. Una barbaridad.

Desde 'Intruders' (Juan Carlos Frenadillo, 2011).

Sí.

Después de 'Juana la Loca' (2001), el formidable trabajo que le valió la Concha de Plata de San Sebastián, el Fotogramas de Plata y el Goya, también desapareció unos años.

Sí. 

¿Se quitó de en medio un tiempo?

No estoy segura. 

¿Entonces?

Cada trayectoria es diferente. Y la mía, por lo que sea, es de parones. O de pausas. 

Tiene una carrera bastante atípica. 

Bueno... No es que yo sea la persona más ortodoxa del mundo. 

¿Se paró o la pararon?

Pues no lo sé bien. 

¿Sus idas y venidas han sido por motivos profesionales o personales? 

Profesionales. Absolutamente. 

Ha estado viviendo en Los Ángeles dos años.

Me fui a estudiar. Quería aprovechar el tiempo, necesitaba hacer algo útil. Y he estudiado como si fuera la única cosa que podía hacer en el mundo. Desde COU, que lo compaginé con dos series ('Menudo es mi padre' y 'Al salir de clase'), no estudiaba. Antes intenté buscarme las castañas fuera, en otros países, pero no se dio fácil. 

 

ESCUDOS Y VISA ESTUDIANTIL

Tener ancestros con escudo, concretamente de la nobleza rural extremeña, como es su caso, no equivale a tener la vida resuelta. La heráldica es una cosa, y la interpretación, otra. Actuar es la pasión de esta mujer (tiene otra mayor: aprender) que, en 2009, el año en que la palabra clave para referirse a nuestro país era crisis, empezó un peregrinaje en busca de trabajo. Primero a Argentina, donde rodó 'Medianeras' (Gustavo Taretto, 2011) y volvió a demostrarnos que no hay acento que se le resista. ¿Recuerdan su gaditano en 'Besos para todos' (Jaime Chávarri, 2000) y su francés en 'Como los demás' (Vincent Garenq, 2008)? "No hablo francés. Podría volver a rodar en francés, pero me tendría que comunicar en inglés con el equipo."

De Buenos Aires, de la soledad de aquella arquitecta porteña reconvertida en decoradora de escaparates de 'Medianeras', saltó a Brasil, donde rodó 'Buenas noches, España' (Raya Martin, 2011), cuando todavía estaba reciente su trabajo en 'El extraño caso de Angélica' (2010) a las órdenes de Manoel de Oliveira. "Pensé que quizá tendría una posibilidad de quedarme allí, pero no surgió nada. Se me acabó el dinero y tenía que hacer algo con mi vida". Así que alquiló su vivienda de Madrid, desembarcó en Estados Unidos, concretamente en Los Ángeles, en casa de un amigo que se mudaba a Nueva York, y volvió a ocupar un pupitre como alumna, esta vez, de Historia del Arte, en una universidad pública californiana. "Es un sistema buenísimo por el que los dos primeros años puedes estudiar cualquier asignatura que quieras de cualquier carrera. Te permite picotear de aquí y de allá, teatro incluido. Tenía exámenes todas las semanas y todas las asignaturas en inglés. Me costó adaptarme, pero me ha sentado muy bien la experiencia; creo que ha sido una decisión acertada. He llevado una vida muy tranquila, muy rutinaria. Iba en bici a clase, con el viento dándome en la cara. Estaba feliz."

 

LA TÍMIDA PAYASA

Su travesía, conste, no la pagaron los blasones: "Pedí un crédito y me fui con un visado de estudiante. Y para rodar en Nueva York 'Night Has Settled' (Steve Clark, 2014) necesité un visado de trabajo temporal específico."

Me parece que su imagen la traiciona. 

Es mi timidez, que se confunde con otra cosa. 

Con frialdad. 

Sí, pero creo que soy una persona cálida. 

¿Suele mantener relación con los actores con los que trabaja una vez que acaba el rodaje?

Soy muy desapegada, en general, pero bastante receptiva a la gente que le gusta mantener el contacto. En ese caso, respondo, genero lazos, empatizo con facilidad.

'Rumbos' es la primera comedia que se pone en su camino en mucho tiempo. Comedia ma non troppo. 

La directora me dijo que quería que sacara la vena cómica que me había visto en 'Besos para todos'. Aunque luego me la rebajó muchísimo. Yo lo llevaba todo más arriba, a un registro más disparatado, pero Manuela (Burló Moreno) me lo bajó de ahí, y se lo agradezco, porque habría contrastado demasiado con la parte de Miki (Esparbé). Quería mucha verdad, y que no nos fuéramos a la caricatura, a la payasada. Es que aquí donde me ves soy una payasa. 

Su imagen corresponde más a una persona contenida, poco expansiva. Y el cine tampoco ha explotado nada esa vena que dice tener.

No, nada, en absoluto. Aunque, a decir verdad, tampoco es que sea muy interesante hacer el payaso. Es irse al arquetipo, al cliché. Y a mí lo que me interesa es que las emociones pasen por dentro. Si la interpretación se queda sólo en una caricatura, si no te pasa nada por dentro, carece de interés. En general, prefiero la contención. Creo que menos es más. Y sugerir es más interesante que mostrar. Personalmente, no soy nada exhibicionista. Pero sí, tengo ese lado payaso que saco a relucir muy poquitas veces porque soy muy introvertida. Lo saco cuando estoy cómoda, o entre gente a la que conozco mucho, y algunas veces actuando. Aunque, insisto, se corre el riesgo de caer en el estereotipo, de que no vivas las cosas y todo se quede en una máscara. 

¿Se considera una buena lectora de guiones?

Ni buena ni mala. Cuando leo un guión, me llega o no me llega. Es algo absolutamente personal. 

¿Y cuándo le llega?

Cuando me toca, me afecta, me estimula, me modifica, me provoca una reflexión, o un aprendizaje...  

¿Ha sido demasiado selectiva? ¿No recibe guiones que le lleguen?

Yo estoy deseando recibir ofertas y trabajar. Pero lo que me ha pasado en estos últimos años no tiene nada que ver con otras pausas de épocas anteriores. Desde que empezó la crisis, a mí me han llegado proyectos... ¿cómo decirlo?, un tanto turbios, acompañados de una actitud displicente muchas veces. 

¿A qué se refiere?  

Ha habido recortes, y todos nos hemos adaptado, pero se ha metido la tijera más de la cuenta. No sé cuántas cartas de compromiso he firmado (documento en el que el actor manifiesta su interés en participar en un proyecto). Muchísimas. Proyectos que nunca más volvieron a mí. 

¿Y que consiguieron financiación con su nombre dentro? 

Sí, y de los que nunca más supe. 

¿Y que se rodaron?

Se realizaron, sí. Pero nunca nadie volvió a preguntarme si seguía interesada en ellos o no. Supongo que porque encontraban actores que les eran más rentables. Y los pocos proyectos que han vuelto eran de dudoso rigor profesional. 

Pues sí que es turbio.

No recuerdo una oferta real, seria, que me haya planteado tomar una decisión, más allá de lo que he hecho ('Rumbos', que ahora estrena, e 'Il Manoscritto', que ha rodado en italiano a las órdenes de Alberto Rondalli en Roma). Ha habido actitudes de todo valismo y del tipo "te vamos a hacer un favor". Me gustaría saber qué tipo de conversaciones han tenido las cadenas de televisión con las productoras. ¿Qué se han dicho? ¿Que yo he pedido una cantidad desorbitada o qué? ¿Qué ha pasado con esos ofrecimientos que parecían reales y que después no han vuelto a mí? No pienses que yo estaba subida en ninguna montaña. Yo soy bastante fácil y accesible. Pero ha sido algo feo de ver. Ha habido abuso de poder. Y en esto que estoy diciendo se sentirá reconocida más gente. 

 

LIBRE COMO EL VIENTO

Ha sido madre unas cuantas veces en el cine ('Bienvenido a casa', 'Juana la Loca', 'Como los demás'...). A dos años de los 40, ¿le ronda la maternidad? ¿Tiene instinto maternal?

No. No tengo la necesidad de dejar nada para la posteridad. De momento, me gustaría seguir estudiando, que me da muchas satisfacciones.  

¿Qué le aporta esencialmente estudiar?

Libertad.

¿Qué personaje le ha dejado más marca? ¿De cuál le gustaría ser amiga?

¿Sabes qué pasa? Que borro totalmente el pasado. Nunca me voy hacia el pasado. 

¿Qué será lo próximo?

Una peli muy personal, en la Patagonia chilena, 'Blanco en blanco'. Un drama sobre el artista y el poder, de Théo Court. Y hay un proyecto con Julio Medem. Me gustaría también proseguir mis estudios en Francia. Me he currado una beca y podría transferir los dos cursos a una universidad americana allí. Pero me instalaré donde tenga trabajo. No me siento todavía con necesidad de echar raíces en ningún sitio. Es un momento raro. Mi vida todavía está en la maleta. 

 

lunes, 13 de junio de 2016

El verano de las emociones. Ojalá sea cierto


"Transcurrieron así tres meses sin que nada fuera a turbar su intimidad. Aquello sucedió un martes por la noche. Se habían acostado tras pasar una velada apacible en casa. Después de los abrazos cómplices, habían compartido las últimas líneas de una novela que leían juntos, pues él tenía que pasarle las páginas. Se habían dormido tarde, uno en brazos de otro.

Hacia las seis de la mañana, Lauren se incorporó de un salto y llamó a Arthur gritando. Éste se despertó sobresaltado y le sorprendió verla sentada con las piernas cruzadas, la tez pálida y cristalina.

—¿Qué pasa? —preguntó con la voz llena de inquietud.

—Abrázame, por favor, deprisa.

Él lo hizo inmediatamente y ella, antes de que le repitiera la pregunta, acercó una mano a su mejilla oscurecida por la barba incipiente y la acarició, deslizando luego los dedos hacia su barbilla y rodeándole la nuca con una ternura infinita. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Ha llegado el momento, amor mío, se me llevan, estoy desapareciendo —le dijo Lauren.

—¡No! —se rebeló él, estrechándola todavía con más fuerza.

—¡Dios mío, no quiero dejarte! Antes de que empezara esta vida contigo, ya estaba deseando que no acabara jamás.

—¡No puedes irte, no debes, resístete, te lo suplico!

—No digas nada y escúchame, presiento que tengo poco tiempo. Me has dado algo que yo ni sospechaba que existiera; antes de vivir a través de ti no imaginaba que el amor pudiera aportar tantas cosas sencillas. Nada de lo que viví antes de conocerte valía uno solo de los segundos que hemos pasado juntos. Quiero que siempre sepas hasta qué punto te he amado; no sé hacia qué tierras parto, pero si existe un más allá, seguiré amándote con toda esta fuerza y esta alegría con las que has llenado mi vida.

—¡No quiero que te vayas!

—Chisss…, no digas nada, escúchame.

Y mientras hablaba, su figura adquiría transparencia. Su piel se tornaba clara como el agua. Los brazos de Arthur se cerraban sobre un vacío que poco a poco iba creándose. Le daba la sensación de que Lauren se volvía evanescente.

—Tengo el color de tus sonrisas en mis ojos —prosiguió—. Gracias por todas esas risas, por toda esa ternura. Quiero que vivas, que reanudes el curso de tu vida cuando yo ya no esté aquí.

—No podré hacerlo sin ti.

—No te guardes lo que llevas dentro, debes dárselo a otra; si no, sería un desperdicio enorme.

—No te vayas, por favor. Lucha.

—No puedo, es más fuerte que yo. No siento dolor, simplemente tengo la impresión de que te alejas, te oigo como si estuviera envuelta en algodón, empiezo a verte borroso. Tengo mucho miedo, Arthur. Sin ti, tengo mucho miedo. Retenme un poco más.

—Estoy abrazándote, ¿no lo notas?

—No muy bien, amor mío.

Así lloraban los dos, púdica y silenciosamente; comprendían todavía mejor el sentido de un segundo de vida, el valor de un instante, la importancia de una sola palabra. Se abrazaron. En unos minutos de un beso inacabado, ella desapareció del todo. Los brazos de Arthur se cerraron sobre sí mismos; se retorció de dolor y rompió a llorar a gritos.

Le temblaba todo el cuerpo. Su cabeza se balanceaba de uno a otro lado en un movimiento que escapaba a su control. Apretaba los dedos con tanta fuerza que las uñas se le clavaban en las palmas de las manos hasta hacerlas sangrar.

Arthur se sumergió en el mundo de la ausencia, con el singular sabor que ésta tiene cuando resuena dentro de la cabeza. La ausencia penetró sordamente en sus venas y se filtró en su corazón, que cada día palpitaba a un ritmo distinto del de la víspera.

Los primeros días le provocó cólera, dudas, celos; no de los demás, sino de los momentos robados, del tiempo que pasaba. La solapada ausencia, infiltrándose, modificaba sus emociones, las agudizaba, las afilaba, haciéndolas más cortantes.

Al principio se hubiera dicho que su misión era herirlo, pero, lejos de eso, la emoción mostraba su cara más refinada para razonar mejor dentro de él. Arthur sentía la carencia del otro, del amor, incluso en la carne, del deseo del cuerpo, de la nariz que persigue un olor, de la mano que busca el vientre para acariciarlo, del ojo que a través de las lágrimas ya sólo ve recuerdos, de la piel que busca la piel, de la otra mano que se cierra en el vacío, de cada falange replegándose metódicamente al ritmo que aquélla le impone, del pie que cae y se balancea en el vacío.

Permaneció así, postrado en su casa, días y noches interminables. Iba de la mesa de trabajo, donde le escribía cartas a un fantasma, a la cama, donde contemplaba el techo sin ni siquiera verlo. El teléfono llevaba bastante tiempo descolgado sin que él se hubiera dado cuenta. Le daba igual; no esperaba ninguna llamada. Nada tenía importancia ya."
(Extracto de la novela "Ojalá fuera cierto", de Marc Levy)

El otro día me acordé de la novela “Ojalá fuera cierto”, del escritor francés Marc Levy, gran éxito de ventas en todo el mundo y objeto de una decepcionante adaptación al cine, protagonizada por Reese Witherspoon y Mark Ruffalo. Recuerdo leer la novela hace más de 10 años, en una época en la que estaba dolido y furioso por una historia amorosa que salió de la peor manera posible, de aquellas en las que la otra persona te dice que te quiere antes de abandonarte. Una época en la que una historia de amor entre un hombre y el espíritu de una mujer en coma me llegó muy adentro y me revolvió profundamente. No porque su calidad literaria fuese excepcional, sino porque me afectó mucho lo que contaba y en especial este fragmento que he destacado, que yo podría haber firmado en esos tiempos por su reflejo de la rabia, la impotencia y la soledad del abandono no deseado. Esos días ya forman parte del pasado, pero es inevitable que de vez en cuando vuelva esa sensación, en momentos en los que sientes que parece que estamos aquí para perderlo todo, sea lo que sea que hayamos ganado. Que cuando creemos tener algo, ya sea una posesión material o un cariño personal, llegará un momento en el que, nos guste o no, lo perderemos y solo nos quedará el consuelo de echarlo de menos. Nos quedarán unos días en los que no tienes a nadie cerca para tener una conversación en condiciones porque todo el mundo está muy ocupado con su propia vida, donde todos están muy lejos y no sabrías decir cuando empezaron a despedirse de ti y dejaron de contarte lo que pensaban y sentían.


Es en días así cuando me acuerdo también de “California Dreamin´”, una canción compuesta en los años 60 por el grupo estadounidense The Mamas and The Papas, que en su sonido expresa perfectamente ese sentimiento de pérdida y nostalgia por algo que nos gustaría que volviese.



Esta hermosa canción ha sido objeto de diversas versiones, de las que quiero destacar una que hicieron los Beach Boys en los 80, con el sonido inconfundible de la época; otra más reciente de Sia, una cantante con una de esas voces que puede permitirse cantar lo que quiera, que siempre sonará de maravilla y una tercera, con estilo entre dance y chill out que ahora está sonando mucho en emisoras de radio por su inclusión en una campaña publicitaria de verano. Cosa curiosa, cuando se trata de una canción en la que se extraña el buen tiempo, ya sea como fenómeno meteorológico o como metáfora de un estado de ánimo que echa de menos tiempos mejores.






Y que en los días más grises sigamos soñando en ese verano de las emociones que algún día llegará. Ojalá sea cierto.

viernes, 20 de mayo de 2016

"Guerra y paz" y "el cuarto de hora"


Hace unas entradas comentaba que empezaba a leer “Guerra y paz”, la obra más conocida del ruso León Tolstói, publicada en 1869 y una de las obras de referencia de la literatura universal. Hablaba de que tenía un curioso hábito a la hora de escoger los libros que me echaba a los ojos, que lo mismo pasaban años desde que los compraba hasta que los leía, cuando el cuerpo me pedía hacerlo y así ha sido con esta magna novela, que tenía sin abrir en mis estanterías desde hace unos años hasta que me vino “el cuarto de hora” y quise leerla. Pues bien, hace escasos días he concluido su lectura y debo decir que ha sido toda una experiencia, de esas ocasiones en las que un libro te hace vivir emociones intensas y se hace un hueco en tu corazón, de esos que recuerdas siempre y de los que te llevarías a cualquier lugar al que fueras. Ha sido el libro más largo que he leído, con cerca de 1.800 páginas (todas ellas bien disfrutadas) que superan las 1.500 de “El conde de Montecristo”, el volumen más largo que me había llevado a los ojos hasta la fecha. Lo más curioso ha sido que la edición que yo tenía constaba de 1.200 páginas y cuando ya llevaba casi leídas 900 quise buscar una cita en Internet que quería compartir y en enlaces relacionados comprobé que la edición que estaba leyendo era una inédita/alternativa, en la que se aligeraban y se alteraban los sucesos de la segunda parte del libro, seguramente una suerte de borrador del resultado final. Fui a la biblioteca, a comparar la edición que tenía con las otros y afortunadamente comprobé que lo leído hasta entonces se asemejaba bastante y que la diferencia se encontraba en lo que me quedaba por delante, así que me procuré el préstamo de una de las ediciones definitivas, que ya alcanzaba las casi 1.800 páginas mencionadas, con el que he acabado la peripecia de sus personajes. Así que este es mi primer consejo, si deciden leer “Guerra y paz”, que sea de un volumen que tenga al menos unas 1.500 páginas (la paginación cambia con el tamaño y el tipo de la letra y en el volumen que leí finalmente la letra tenía un buen tamaño, de ahí su duración) o si no tengan por seguro que se van a perder cosas y probablemente se encuentren con un final distinto.



“Guerra y paz” puede ser tomado como una novela histórica, pues sus personajes de ficción se sitúan en un entorno que existió realmente, en este caso las guerras de la Francia de Napoleón contra la Rusia del zar Alejandro I entre 1805 y 1812. Unas guerras que empezó ganando el emperador galo y que terminaron siendo su perdición y el principio del fin de su reinado, al perder muchos hombres y moral en una campaña en terreno ruso que no sirvió para mucho, al estilo de lo que le pasaría apenas siglo y medio más tarde a Hitler, cuando la resistencia rusa y su crudo invierno le jugaron la misma pasada que a Bonaparte. Es en ese ambiente en el que se desarrolla la vida de Pierre Bezújov y Andrei Bolkonski, dos amigos que tienen en común la búsqueda de un sentido para sus vidas y el interés por Natasha Rostov, una jovencita de carácter impulsivo y con un gusto por la vida que contrasta muy mucho con el taciturno Pierre y el desnortado Andrei, anclados en el desconcierto y el pesimismo acerca de su futuro. Todos ellos sufrirán la guerra y sus consecuencias, que acabarán cambiando su percepción sobre la vida y sus circunstancias personales, al igual que el rosario de personajes que se van sucediendo a lo largo de las páginas creadas por Tolstói, que incluso da voz al mismísimo Napoleón, pintándole como un individuo menos genial de lo que ha quedado para la Historia. Y es que la Historia, así con mayúsculas, es algo que interesa vivamente al autor y durante la narración intercala varios momentos en los que reflexiona sobre los acontecimientos y sobre las causas que lo crearon. Finalmente la lección que nos deja es que hay causas que escapan a nuestro conocimiento porque el ser humano solo actúa con mayor libertad cuando lo hace para sí mismo, pues los intereses de los demás lo mediatizan más de lo que está dispuesto a admitir y para ello nos muestra los actos de determinados líderes militares y políticos más como consecuencia de una corriente que les supera (para Tolstói es imposible que una batalla salga como se planifica sobre el mapa, pues es utópico que un montón de soldados ejecuten a la perfección y en el tiempo requerido todas las órdenes) y contra la que no pueden hacer nada. Lo que solemos llamar las “cosas de la vida” a las que ninguno escapamos y tampoco lo hacen los personajes de la novela. Una novela que empieza con unos nobles rusos hablando en francés, por considerarlo un toque de elegancia y distinción (como hace siglos algunos metían citas en latín en sus discursos y hoy otros lo hacen con el inglés sin ser su lengua natal, por puro esnobismo y por darse importancia), con admiradores y detractores de lo que hace Napoleón, antes de que éste se abalance sobre su país, con otros rusos que idolatran la figura del Zar y que están dispuestos a morir si Su Majestad se lo ordena y los de más allá, que se limitan a vivir como buenamente pueden.
 
 
Tolstói construye una narración compuesta de momentos de lo más variopinto, que van de los registros de la novela decimonónica más amable (la descripción de las familias protagonistas, todas ellas de la alta sociedad y sus intereses amorosos o económicos en las relaciones personales) a la más cruda (las partes dedicadas a las batallas, donde la violencia y el caos campan a sus anchas y donde la gloria consiste básicamente en no morir, mostrando el sinsentido de unas peleas que se suceden de forma inevitable, como si fueran chaparrones caídos del cielo). Todo ello lo ilustra con instantes que van de los tiernos (todos en los que están envueltos los sentimientos mutuos de Pierre, Andrei y Natasha) a los perturbadores (aún recuerdo una escena de linchamiento popular que me dejó mal cuerpo para el resto del día en que la leí). Pero ante todo, lo que hace especial a “Guerra y paz” es que es uno de esos libros que se convierten en todo un viaje para el que los lee, que no son un mero pasatiempo para echar el rato, sino que al tiempo que te cuentan una serie de hechos te están hablando directamente de cómo funciona la vida, del modo en el que lo hacen las grandes obras que trascienden el momento en el que fueron escritas y que se mantienen siempre nuevas, aunque la época y los usos sociales que retraten hayan quedado atrás. El propio escritor da un salto adelante en el tramo final y nos ofrece una visión de los personajes principales ya en 1820, años más tarde de aquellas guerras, cuando la vida de ellos y algunos de sus pensamientos han mudado con el tiempo. Resulta curioso el leer esa parte, porque uno puede pensar que la novela podría seguir, que se plantean situaciones que podrían ser exploradas en capítulos sucesivos, pero Tolstói detiene ahí  la narración y se reserva las últimas páginas para hacer un pequeño ensayo  de tono filosófico sobre la época y las circunstancias de las que ha hablado en la novela, como si un director de cine apareciera en los últimos minutos de su película, dejando los personajes a un lado para contar al público lo que pretendía mostrar y el contexto de su historia. No es sorprendente esa aparición final, porque a lo largo de “Guerra y paz” se intercalan apartes en los que el escritor reflexiona en primera persona sobre la realidad, como si quisiera dar a la novela un sentido de crónica, de algo vivo que escapa a las cómodas fronteras de la ficción y de lo inventado. Un detalle más de lo especial de una obra que merece la fama que tiene. Ahora siento la curiosidad de ver alguna de las adaptaciones que se han hecho al cine y la televisión, siendo la más clásica una película de los años 50 protagonizada por Henry Fonda, Mel Ferrer y Audrey Hepburn y la más reciente una miniserie de la BBC. Aunque creo que me daré un tiempo antes de verlas, pues como sucede después de un viaje intenso, el cuerpo pide cambiar el tercio para asimilar lo vivido. Y como lo peor que se puede hacer es ver las fotos del viaje nada más terminarlo, porque nada tiene el color de lo experimentado hasta que el tiempo te da perspectiva, esperaré a ver estas adaptaciones cuando deje de tener tan presente mi visión de la historia, que me haría encontrar los defectos en casi todo.






Leer “Guerra y paz” era uno de mis retos literarios, que finalmente he cumplido. Para el futuro tengo como objetivo ponerme ante los ojos otras de esas obras cumbre que la gente (eruditos incluidos) ha leído mucho menos de lo que dicen, como las dos partes del Quijote cervantino (en su día leí la primera y apenas la recuerdo ya) y los siete volúmenes de “En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust. Eso ya será cuando sienta la llamada interior que me diga que es momento de hacerlo, cuando me venga “el cuarto de hora”.

lunes, 9 de mayo de 2016

Humor y corrección política


El otro día navegaba por las redes sociales y me encontré con una conversación de besugos, no porque ambas partes hablaran sin entenderse, que es por lo suele aplicarse ese calificativo, sino por su contenido, en el que los conversadores quedaban retratados como unos idiotas. Uno de ellos había publicado en su perfil lo mucho que detestaba a un “youtuber” (esta nueva especie de creadores de vídeos de entretenimiento surgida en YouTube, que en algunos casos tienen más audiencia que cualquier programa de la televisión) y lo nocivos que le parecían sus vídeos. Y en esto que intervino un contacto suyo y la conversación quedó tal que así:

Uno: "Lo mataría con mis propias manos"
Otro: "Deberíamos organizar algo para hundir a esta persona"
Uno: "Desgraciadamente, triunfa mazo porque España está llena de este tipo de cuñaos"


Y ahora se preguntarán: ¿y qué hace el youtuber denostado para ganarse semejantes críticas? Pues el aludido se llama Jorge Cremades y hace vídeos como estos.


 





Estos vídeos, de marcado carácter paródico, bufonesco y grotesco, han hecho que Cremades amase una buena legión de fans y también algunos “haters” (los odiadores), que le dicen que es machista y homófobo y que da lugar a conversaciones como la expuesta anteriormente, en la que poco menos que piden su cabeza en una estaca, al estilo “Juego de tronos”. Uno puede creer que los vídeos de Cremades tengan una gracia dudosa o que sean una tontería, pero es muy estúpido que uno caiga en lo que denuncia. Es decir, yo digo que tal persona transmite mensajes malos (que no creo que sea el caso de Cremades, el primero en reírse de sí mismo), que perjudican la igualdad y el equilibrio social, pero al mismo tiempo propongo eliminar al que los dice, porque lo digo yo y me da la gana. Me imagino que esos dos besugos se las darán de liberales y permisivos, de los que dicen que cada uno viva su vida como quiera y pondrán en sus perfiles de redes sociales lindas fotos de sus excursiones y de sus quedadas en terrazas para beber cerveza (uno de ellos tiene como foto de perfil una imagen suya con gafas de sol y barbita a la moda, un cliché andante), sin darse cuenta de que con estas opiniones quedan como unos miserables pequeño burgueses de mente limitada. Que la gente haga lo que quiera, pero el que no piensa como yo debería ser erradicado, actitud poco igualitaria y dictatorial donde las haya. Pero no es el único ejemplo que he visto en los últimos días al respecto, vean ahora este otro vídeo, del programa de José Mota en TVE.


 

Este vídeo puede parecernos bastante blanco, pero hizo que se hicieran muchas protestas por la supuesta burla de los enfermos terminales y que Televisión Española pidiera disculpas por haber molestado, algo que habrá llenado de orgullo y satisfacción a muchos, pero que a mí me parece triste. No soy partidario de esa idiotez de decir que ahora el mundo está peor que nunca (que cada vez que se lo oigo a alguien considerado un erudito me hace dudar de su capacidad de erudición, como si el mundo no hubiera sido un lugar lleno de injusticias y terrores desde que existe), pero sí que admito que nos hemos instalado en una era de corrección política en la que cualquier cosa que hagas o digas puede ser usada en tu contra porque habrá alguien que se sienta molesto. El humor siempre ha tenido la capacidad de ser válvula de escape y un modo de denuncia de las cosas que van mal en el ser humano y en lo que hace, siempre ha tenido un componente de incorrección por desafiar a la seriedad y a las leyes que tantas veces nos imponemos. Porque tendemos a creernos la especie superior de la creación, lo más importante que ha sucedido jamás, mientras que el humor ejerce de contrapeso y nos refleja una imagen que nos dice “modera tu entusiasmo, nada ni nadie es tan importante como te crees”. Muchas veces he oído que la inteligencia se demuestra en el sentido del humor, que el que carece de él es más tontorrón de lo que se piensa, porque no puede admitir esa posibilidad de que las personas y las cosas puedan ser imperfectas y, por ello, posibles objetos de burla. Y no es que se demuestre el sentido del humor al reírse de cualquier chiste, sino en el hecho de saber ver lo ridículo en cualquier parte, incluso en uno mismo. Alguien que es capaz de retratarse a sí mismo en sus miserias, riéndose de lo que es, es mucho más inteligente que aquel que se ríe de los demás pero tuerce el gesto cuando se trata de reírse de él. Por ello, todos estos actos de indignación cada vez que se hace humor me parece que nos empobrecen mental y socialmente. Tomemos otro ejemplo, de un sketch de Martes y Trece, sobre el sensacionalismo que a veces se hace con los actos de violencia contra las personas.



La protagonista se llama María Ascensión del Calvario, nombre que hace parodia de esas personas desgraciadas con las que los medios de comunicación tantas veces hacen pornografía sentimental disfrazada de denuncia social, dando contenidos lacrimógenos y morbo truculento para intrigar a espíritus fascinados con el mal que sufren otros  en lugar de ir a la raíz del asunto, algo que demuestra ese “claro, como a ti no te pega” del final, esa referencia al alivio del espectador que no padece y es mirón de la desgracia ajena. Este sketch hoy sería totalmente impensable, porque causaría un revuelo tal que tendría consecuencias que podemos intuir muy poco liberales y más cercanas al linchamiento que al debate pacífico y constructivo. Porque una cosa está clara, hacer humor significa meterse con algo o alguien, piensen en cualquier chiste. Si no se hace la más mínima referencia irónica o crítica, el 99 por ciento del humor no tendría cabida, tan solo chascarrillos prescindibles en plan “eran dos y se cayó el del medio”. El humor es un mecanismo más para comprender cómo es la vida, el mundo y los que vivimos en él y si lo queremos limitar nos estamos limitando como sociedad. Ponerle unos estándares en los unos cuantos deciden lo que está bien y lo que está mal nos puede conducir a una reducción progresiva de los temas hasta la propia negación del humorismo, por estimarlo cruel, del mismo modo que en “Fahrenheit 451” se hablaba de una sociedad en la que prohibían los libros porque daban mucho que pensar y hacían sentir infelicidad. Una sociedad que vive pero que no existe, atenazada por unas normas que dicen ser justas y que nos impiden mostrar nuestras contradicciones.


En España ha existido una saludable tendencia al humor negro, presente en los grandes clásicos literarios de hace siglos, donde cualquier persona, desde el más rico al más pobre, era puesta en solfa, sabedores los grandes escritores de que nadie se escapa a la ridiculez en algún momento y que hasta la persona más elegante tiene que pasar por el váter a hacer sus necesidades fisiológicas. Sin embargo, hoy día es más complicado encontrar estas manifestaciones  de incorrección en los grandes círculos y han quedado reducidas a lo residual, temerosos de las reacciones de los maestros del ruido y la furia que se mueven por Internet (antes, el que se consideraba ofendido rumiaba su indignación en privado o con sus seres cercanos, pero ahora cualquiera puede hacer campaña online), siempre dispuestos a ejercer de inquisidores que se creen cargados de razones, dejando en mantillas los sermones de los sacerdotes más conservadores que uno pueda imaginarse. Podemos pensar que sabemos reírnos mejor que en Estados Unidos, país que muchos ignorantes felices juzgan pacato y moralista, que a veces lo puede ser, pero que también da cabida a cómicos que ponen en tela de juicio unas cuantas convenciones de su sociedad. Voy a terminar con un par de monólogos que difícilmente veríamos por estos lares sin que algunos pidieran la ejecución pública de sus responsables. Allí también hay gente que piensa que los que los dicen son gente sin principios, de mala catadura, pero sin que los censores se miren a sí mismos y vean como sus actitudes son también muy atrayentes para convertirse en los objetos de la burla. Ríanse y no dejen que los atenacen.











 

domingo, 1 de mayo de 2016

El amor y el dolor


En la notable (aunque también un poco sobrevalorada) película "Her", dirigida por Spike Jonze, que habla de la relación entre el hombre y la tecnología, hay un momento que se me ha quedado guardado desde el mismo momento en que la vi por vez primera. Un momento que cuando he visto el filme dos o tres veces más me ha resultado muy doloroso de presenciar por cómo he sentido que me hablaba directamente de cosas que yo he experimentado de primera mano. La escena en cuestión consiste en una cita que el personaje interpretado por Joaquin Phoenix tiene con una chica guapa y simpática (Olivia Wilde), una cita que transcurre con afabilidad y buen rollo entre ambas partes, ya que él consigue salir de su estado de aturdimiento y se hace deseable a los ojos de ella. Pero cuando ella le propone que se acuesten juntos, le dice que espera que él sea uno de esos que salen corriendo en cuanto hayan satisfecho sus apetitos y es entonces cuando él se da cuenta de que no puede garantizarle algo así, pues en el fondo estaba buscando una diversión, no emprender una relación cuando aún no ha superado la anterior. El rostro de ella, lleno de tristeza y decepción, le sigue asaltando en sus pensamientos horas después de haber terminado la cita, atormentándole por haber herido a alguien que no se lo merecía. Como digo, todo ese momento y el recuerdo de él viendo la pena que había causado en ella, es una imagen que al mismo tiempo se me ha quedado grabada y me resulta dolorosa por un temor que tengo a provocar el mismo efecto que el personaje de Phoenix.

Creo que ya he comentado alguna vez que yo tuve un primer noviazgo que terminó de forma poco agradable y que me hizo sufrir mucho. Bien es cierto que fue a una edad en la que se siente todo con una gran intensidad y cualquier cosa parece de vida o muerte, sin los matices que nos va dando la experiencia, que nos enseña que algo de vida o muerte es básicamente la propia muerte y que el resto son vicisitudes de la vida por las que todos pasamos, mejores o peores. No obstante, me hizo coger miedo a pasar por lo mismo o hacérselo pasar a otra persona y desde entonces esa sensación ha guiado mis actos para con las mujeres que me han interesado. Es decir, tratando de hacerlas sentir bien y si la cosa no prospera que al menos pueda quedarme la tranquilidad de no haber sido un indeseable al que hubieran preferido no conocer. Esa forma de actuar me ha hecho ser un poco gélido de salida con aquellas por las que no tenía interés, para que no surgieran unas expectativas que no podía cumplir y que imagino que me habrá hecho provocar ese sentimiento de pena que tanto quería evitar, aunque con el consuelo de que mejor hacerlo al principio que cuando la cosa estuviera más avanzada y todo fuera más intenso y complicado. También he deseado a otras que me han dejado hacer mientras les venía bien tener a alguien que las hiciera sentirse deseadas y que me han cortado las alas cuando he querido ir más allá, bien tomándose la molestia de hacerlo con tacto o bien mostrando su verdadera catadura, casi abroncándome por atreverme a querer algo con ellas. Decepción y tristeza que te hacen pensar en lo bien que se está sin relaciones amorosas, sin ser víctima o verdugo de estos comportamientos que tan poco agradan. Pero entonces te acuerdas también de lo que se decía en “El nombre de la rosa” y del aburrimiento de una vida sin amor.





Y es que no puedo olvidar que ha sido gracias al amor de otras personas por el que estoy ahora aquí, escribiendo estas líneas y reflexionando sobre estos temas, porque sé que me leen y que están pendientes de mis nuevas publicaciones. Porque su fuerza me ha impulsado a hacer cosas que no estaría haciendo si supiera que no hay nadie ahí al fondo, si todo fuera un desierto de indiferencia. ¿Cómo no puede alguien desear hacer lo mejor posible por gente así, que te estimula a hacer cosas y ser un poco mejor? Aunque solo sea por sentirte bien contigo mismo, para no tener remordimientos de haber sido negativo para los otros y poder sentir que te conviertes en alguien digno de su afecto. Para construir una imagen de esas personas mirándote con alegría y ternura, sin rastro de pena o decepción, una imagen que pueda quedarse dentro de ti y aparecerse las veces que haga falta sin causar dolor o miedo.


 


martes, 12 de abril de 2016

Del amor y sus entresijos

Hace unos días terminé la primera temporada de “Love”, una serie cuyos primeros diez capítulos me he visto de un tirón, una de esas series en las que sientes ganas de ver el episodio siguiente una vez terminado el anterior. “Love” se centra en dos personajes: Gus (Paul Rust), que trabaja como docente del joven reparto de una serie vampírica de éxito, aunque su ilusión es poder llegar a ser guionista de la producción y Mickey (Gillian Jacobs), productora para un consultorio radiofónico que recurre al alcohol, las drogas y el sexo ocasional como un modo de evadirse de su sensación de miseria moral. Los dos dejan la relación con sus respectivas parejas al ver que no satisfacen sus necesidades y se acaban encontrando. Entonces seremos testigos de sus evoluciones, sobre todo por separado, mostrando a ambos en sus respectivos ambientes, sin juntarse demasiado, a veces por la casualidad y a veces por un deseo no satisfecho de alguno de los dos. Y es que tanto Gus como Mickey están lejos de ser una perita en dulce. Ambos son inmaduros, tienen dificultades para negociar sus sentimientos y relacionarse apropiadamente con los demás. Parecen estar fuera de lugar y a la vez ser parte de un mundo ridículamente imperfecto, donde cada uno va a lo suyo y trata de conseguir cosas de los demás de manera ruin. Viendo esta serie no he podido evitar pensar en el concepto del amor, al observar las evoluciones de sus protagonistas y de cómo ambos buscan en el amor un modo de redención de sus propias imperfecciones, un modo de  de conseguir que alguien les haga sentirse especiales. Y creo que esas pueden ser las motivaciones de todos cuando buscamos que alguien nos quiera, sentir que se nos da algo que no teníamos, algo que no nos da el resto de la gente.





Recuerdo en mis años universitarios que alguien hablaba de la chica que le gustaba en ese momento, que era diferente a la que le había gustado el mes anterior, porque sus afectos eran volubles cual plumas al viento. Y fue en una de esas ocasiones cuando alguien le dijo al eterno enamorado que “a ti la que te haga caso” para englobar sus preferencias, porque parecía que le valiera cualquiera, siempre que le mirara con buenos ojos. Suele decirse aquello de que no decidimos de quien nos enamoramos, lo cual no me parece muy cierto, porque creo que siempre se elige, aunque sea de manera inconsciente. Toda la gente puede parecernos semejante, gente que ni nos mira a los ojos ni se fija en nosotros, que simplemente van a lo suyo y nosotros no entramos en su mundo. Y de repente, un día, alguien fija su vista en nosotros y nos hace sentir de forma especial, nos muestra que no somos un número más dentro de la masa, que tenemos algo que ha atraído su atención y nos ha hecho destacar entre los demás. Y ese sentimiento, a su vez, nos atrae hacia la persona que nos ha mirado, que nos ha hecho caso. Y si entre ambas partes surge el entendimiento la cosa puede ir para adelante y establecerse una relación profunda. Así, se ha producido una elección, la de la persona que ha fijado su atención en otra y la otra que ha elegido atender la invitación que le ha sido ofrecida. Porque si nos fijamos en alguien y ese alguien no nos devuelve la mirada no hay mucho que hacer, nosotros lo hemos elegido, pero no hemos sido correspondidos. Ahí es donde tiene lugar la frustración, que tantas obras artísticas ha ayudado a parir a través de los siglos, de hombres y mujeres despechados por un amor insatisfecho, porque no les han hecho caso aquellos a los que deseaban. Y voy a nombrar un par de ejemplos con sendas canciones que me han venido a la cabeza pensando en esto, una seria y la otra bastante chusca, que mi mente suele hacer estas conexiones bizarras.





Del amor también puede derivarse al egoísmo, a creer que la otra parte nos debe una serie de cosas a cambio del cariño que le profesamos y podemos volvernos un poco locos si nos sentimos decepcionados en ese sentido. Es fácil decir que no todos amamos igual, pero a veces muy difícil darse cuenta de ello y cometemos errores cuando acusamos a otros de que no nos quieren tanto como nosotros a ellos, de que no les importamos. Es posible que en verdad nos estemos engañando y que la otra parte no nos corresponda porque no nos quiere, pero suele pasar que tiene otro modo diferente de mostrarlo y no podemos o no sabemos verlo. Yo me he equivocado en ese sentido, en pretender que algunas personas reaccionen del mismo modo que yo ante una situación similar y haber exigido algo que no se iba a producir, no por falta de cariño, sino por tener un modo de encararlo diferente al mío. Es un tema complejo con el que lidiar y que da que pensar en el amor al que llaman puro, el que se da sin esperar nada a cambio, como el que pueden sentir los padres hacia sus hijos, los religiosos hacia el prójimo o los perros hacia sus dueños. En la posibilidad de poder llegar a amar un día de esa manera, sin las ataduras que a veces nos imponemos.


Quiero acabar esta entrada con una cita de la novela “Guerra y Paz”, cuya lectura estoy realizando actualmente y que es un prodigio de momentos para conservar, podría hacerse un blog dedicado únicamente a fragmentos de esa novela decimonónica. En el que hoy destaco, el autor se mete en el pensamiento de Pierre, uno de los protagonistas, que sale de una velada en la que ha tratado con Natasha, una mujer tan emocional como impulsiva de la que se ha enamorado. El trato con ella le ha hecho sentirse bien, mucho mejor que el pensar en sus preocupaciones del día a día y en otras más metafísicas, que parecen empequeñecer en importancia al compararlas con las sensaciones que le provoca la chica. Porque se da cuenta de que todo lo demás es ruido cuando se descubre lo que de verdad importa, que alguien nos haga sentirnos diferentes del resto, que dejemos de ser figurantes en el mundo y que el mundo se convierta en el decorado de la película que protagonizamos. Un sentimiento que puede tener sus dosis de egoísmo, pero que de tan bonito es irrenunciable.


"La cuestión sobre la vanidad y locura de las cosas terrenas, que tanto lo había atormentado, dejó de existir para Pierre desde el día en que, al salir de casa de los Rostov y recordar la agradecida mirada de Natasha, tuvo la sensación de que una existencia nueva comenzaba para él. Aquellas terribles preguntas: "¿Por qué? ¿Para qué?", que antes lo asaltaban en medio de cualquier actividad, eran ahora sustituidas no por otra preguntas, ni por la respuestas a las preguntas anteriores, sino por su imagen. Cuando oía o hablaba sobre las cosas más insignificantes, cuando leía o llegaba a sus oídos alguna bajeza o locura humana, no se horrorizaba como antes, no se preguntaba por qué los hombres se preocupan de las cosas de este mundo, cuando todo es tan breve y desconocido, sino que recordaba a Nastaha tal como la había visto la última vez. Entonces desaparecían todas sus dudas, no porque ella respondiera a las preguntas que él se planteaba, sino porque su recuerdo lo transportaba a otro mundo, a los claros dominios de la vida espiritual, donde no había ni culpables ni inocentes, donde todo era belleza y amor, cosas por las que valía la pena vivir. Así, cuando conocía alguna vileza humana, solía decirse: "¿Qué más da que fulano robe al Estado y al Zar y que el Estado y el Zar le paguen con honores? ¡Ella me sonrió ayer, pidió que volviera! ¡Yo la amo, pero nadie lo sabrá jamás!".