jueves, 7 de noviembre de 2013

Razas de noche

"De pronto don Fabrizio se dio cuenta de que lo odiaba. A su ascenso, al de centenares como él, a sus oscuras intrigas, a su tenaz avaricia y avidez debíase esa sensación de muerte que ahora, claramente, ensombrecía estos palacios. A él, a sus compadres, a sus rencores, a su sentido de inferioridad, a su no haber conseguido prosperar, debíase también que a él, don Fabrizio, los trajes negros de los bailarines le recordaran las cornejas que planeaban, buscando presas pútridas, por encima de los pequeños y perdidos valles. Sintió la tentación de responderle de malos modos, de invitarlo a largarse. Pero no podía: era un huésped, era el padre de la querida Angelica. Era acaso un infeliz como los demás.

Los dos jóvenes se alejaban, pasaban otras parejas, menos bellas, pero tan conmovedoras, sumida cada una en su pasajera ceguera. Don Fabrizio sintió que el corazón se le enternecía: su disgusto cedía el puesto a la compasión por todos estos efímeros seres que buscaban gozar del exiguo rayo de luz concedido a ellos entre las dos tinieblas, antes de la una y después de los últimos estertores. ¿Cómo es posible enconarse contra quien se tiene la seguridad de que ha de morir? Significaría ser tan vil como las pescateras que hacía sesenta años ultrajaban a los condenados en la plaza del Mercado. También los macacos sobre los poufs y los viejos papanatas de sus amigos eran miserables, insalvables y mansos como el ganado que por las noches brama por las calles de la ciudad cuando se le conduce al matadero. Al oído de cada uno de ellos llegaría un día el campanilleo que había oído hacía tres horas detrás de San Domenico. No era lícito odiar otra cosa que la eternidad.

Además toda la gente que llenaba los salones, todas aquellas mujeres feúchas, todos aquellos hombres estúpidos, estos dos sexos vanidosos eran sangre de su sangre, eran él mismo; sólo con ellos se comprendía, sólo con ellos se sentía a gusto".

(Giuseppe Tommasi di Lampedusa. "El Gatopardo")



Una de mis películas de cabecera es "Taxi Driver", la obra maestra que parieron en 1976 una serie de talentos que dieron lo mejor de sí mismos para la ocasión: Martin Scorsese en la dirección, Paul Schrader en el guión, Bernard Herrmann ("Psicosis") en la banda sonora y Robert DeNiro como protagonista de una historia sobre un tipo algo zumbado que no encuentra su sitio en la sociedad. Trabaja como taxista nocturno en Nueva York y es testigo de una serie de acontecimientos y personajes que analiza según su punto de vista.


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Ya he comentado en alguna ocasión que uno es nocturno por naturaleza y que ahora trasnocho además por motivos laborales en el marco de una gran ciudad como es Madrid, lo que me hace presenciar algunas cosas que me recuerdan a "Taxi Driver", por las peculiaridades de la gente que puebla las calles de noche, una raza que permanece oculta durante el día o que quizá está disimulada entre el resto de la gente y muestra mayor visibilidad cuando el resto duerme en sus hogares.

La Gran Vía de Madrid es una calle que hace honor a su nombre y que siempre está frecuentada por montones de personas durante el día, con una marea humana en sus aceras que se ve acompañada por un tráfico incesante de coches, policías y ambulancias en la calzada. Pero de noche, esa calle me recuerda siempre a la película de Scorsese, cuando la gente más curiosa se deja ver. Hay relaciones públicas que si vas acompañado te ofrecen copas y si vas solo te invitan a entrar en locales de alterne, prostitutas que te tiran besos para engatusarte o que directamente te tiran del brazo para que caigas a sus encantos, mendigos que se hacinan en portales y zaguanes de cines y teatros, mendigos con menos miramientos que te insultan a gritos si no les das dinero, borrachos de todas las nacionalidades que buscan su próximo destino de fiesta y un establecimiento que sirve comidas y vende periódicos, revistas, libros, alimentos y otros complementos y accesorios hasta altas horas de la madrugada. Alguna vez he entrado a repostar en este establecimiento y he sido testigo de algunos de sus habituales personajes, que hacen cierto aquel dicho de que el mundo es un pañuelo y de que en una ciudad con una población millonaria es posible hallar a la misma gente en varias ocasiones, como si la noche fuera un pequeño pueblo al margen de la gran ciudad.




En el establecimiento me he encontrado varias veces con un señor mayor enano y paliducho que acude siempre a dar palique a las dependientas y les ayuda incluso a colocar el género en los estantes, mientras ellas se burlan de lo que él dice sin que parezca sentirse afectado por ello. También suele dejarse caer otro hombre mayor, alto y desgarbado, que siempre lleva la misma ropa sea verano o invierno y que huele a una mezcla de suciedad y medicamentos. Éste se limita a hojear alguna revista y se marcha al poco rato, aparte de que he tenido ocasión de verle en alguna sesión nocturna de los cines a los que suelo ir. Lo cierto es que suelo ver a hombres solitarios de una cierta edad deambulando por las calles, todos ellos con aspecto desarreglado, tez enfermiza y caminando sin rumbo concreto. Y cuando los veo no puedo evitar sentir una mezcla de asco y pena, como si fueran los fantasmas del "Cuento de Navidad" de Dickens, que vienen a mostrarme lo que podría ser de mí dentro de unos años. Siento ese miedo a acabar de esa forma, un miedo que se incrementado cuando me veo entre ellos, moviéndome por los mismos lugares a las mismas horas, temiendo contagiarme de su abandono como si de un virus se tratara.




Por eso, últimamente, gracias a un pequeño cambio de rutina laboral he podido adelantar un poco mis horarios y en mis días libres procuro no moverme por según qué sitios para no verme reflejado en espejos deformantes que me devuelvan imágenes no deseadas. Aún así, algunos días encuentro en el autobús nocturno de vuelta a casa a otro señor mayor, éste ya vestido impecablemente, con su corbata, su chaqueta y el pañuelo asomando por la solapa. A este hombre le gusta sentarse al lado de chicas jóvenes para hablarles, que cuando una se baja busca a otra y se sienta a su lado para repetir la operación, a pesar de la incomodidad evidente de muchas de ellas, un día tengo que acercarme para ver qué es lo que les cuenta.

Y en esas ocasiones lo veo claro y recuerdo el pasaje de "El Gatopardo" que encabeza la entrada, no se puede odiar a quien está destinado a morir. Porque él, los otros itinerantes, el protagonista de "Taxi Driver" y todos los demás buscamos al final lo mismo, estímulos para continuar en la brecha de la vida.



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