miércoles, 11 de junio de 2014

"X-Men. Días del futuro pasado" y "Dos madres perfectas". Creando su propio mundo

"No es su dolor lo que temes, es el tuyo. Y tan espantoso como puede ser, su dolor te hará más fuerte si te permites sentirlo. Abrazarlo. Te hará más poderoso de lo que nunca has imaginado. Es un don tan grande que tenemos que soportar el dolor sin rompernos y eso nace a partir del poder más humano: esperanza. Por favor, Charles, debemos tener esperanza de nuevo. "




“Confía en algunos, teme al resto” era el eslogan de “X-Men”, la primera adaptación al cine de los personajes conocidos por estos lares como “La Patrulla X”, una serie de mutantes con poderes que los convierten en seres superiores al resto de los humanos y al mismo tiempo los convierten en apestados sociales. Hablaba el otro día de recuerdos sobre lo que sucedía el día de mi 18 cumpleaños en el año 2000 y fue precisamente en ese mismo año, unos meses después, cuando llegaba a los cines la primera aventura cinematográfica de los mutantes. Yo había conocido a los personajes del mismo modo en que conocí a Spiderman, en una serie de dibujos que daban en la televisión en las mañanas de verano y me llamó la atención la apariencia que les habían dado para el cine, lejos de esa versión a la que me había acostumbrado y que provocó no pocos comentarios por parte de los fans de los cómics creados por Stan Lee y Jack Kirby.


Dirigía la película Bryan Singer, un director al que por entonces aún no conocía, pero que había saltado a la fama por películas como “Sospechosos habituales” y “Verano de corrupción”. Un Singer que no ha tenido tapujos en reconocer su homosexualidad y decir que lo que más le interesa de estos mutantes es el paralelismo que tienen con tantos gays que deben esconder su condición y que sufren rechazos cuando salen a la luz. 


Llegó el día del estreno y fui a mi cine más querido, el que tenía a apenas 5 minutos de mi casa y en el que había ido creciendo como espectador, viendo películas como “Gremlins 2”, las dos primeras partes de las Tortugas Ninja, “Parque Jurásico”, “Titanic” o “Gladiator”, entre muchas otras, hasta su cierre en 2002. Uno de esos cines que ponía fotogramas de la película por los pasillos para que te hicieras una idea de lo que ibas a ver, cuando Internet era todavía una quimera para el público de a pie. Vi la película y no salí desencantado, aunque tampoco demasiado satisfecho, no me había llenado tanto como otras experiencias en aquella misma sala. Lo que más recordé fue el personaje de Mística, esa mujer azul que pasea su cuerpo desnudo y lleno de escamas a la espera de convertirse en cualquier otra persona para lograr sus fines. Estaba en plena ebullición adolescente a mis 18 años y esa visión de una mujer dura y sensual captó mi atención de una manera morbosa, provocando atracción y rechazo a la vez, gracias también al trabajo de la modelo y actriz Rebecca Romijn, a la que tampoco conocía hasta entonces.


La película fue un éxito en todo el mundo y supuso un gran trampolín para actores entonces desconocidos para el gran público como Hugh Jackman e Ian McKellen, que con sus papeles de Lobezno y Magneto se lanzaron a la fama y han quedado en la memoria del espectador (aunque McKellen es ahora más recordado por haber sido Gandalf en todas las películas sobre el universo de “El señor de los anillos”. Además puso en liza una edad de oro de los superhéroes de cómic en el cine y poco después llegarían a las pantallas tantos y tantos otros, que hoy siguen poblando las carteleras. De los X-Men hubo dos secuelas más (que yo vi en la ciudad donde pasé mis años universitarios en dos cines diferentes, también cerrados ya), dos películas para el personaje de Lobezno que es mejor olvidar y un reinicio o “reboot” con “X-Men. Primera Generación” hace 3 años, en las que los personajes eran encarnados por actores más jóvenes y no demasiado conocidos, aunque prometedores y que ahora son bastante más populares, como Jennifer Lawrence (la joven Mística), Michael Fassbender (el joven Magneto) o James McAvoy (el joven Xavier), como se había hecho en la primera vez. Una película excelente y que para mí es la mejor que se ha hecho de los mutantes.



Estos días he revisado las películas de los mutantes para refrescar la memoria y me ha vuelto a llamar la atención esa primera “X-Men” del año 2000, que vista hoy día parece un episodio piloto de alguna serie de televisión, con unos efectos especiales algo pasados de moda y una duración de apenas hora y media, algo desacostumbrado para todas las cintas de superhéroes que se hacen hoy día, que parecen tener prohibido durar menos de dos horas. Es una película de apariencia sencilla, modesta, como temerosa de querer ser más grande de lo que merece y eso y los recuerdos que me trae le dan un especial encanto. Ahora se ha estrenado “X-Men. Días del futuro pasado”, que ha contado con el regreso a la dirección de aquel que lo empezó todo, Bryan Singer, además de la reincorporación de actores que ya habían dejado de aparecer, mezclados con los que los interpretaron de jóvenes en el reinicio de hace tres años.



En "Días del futuro pasado", los X-Men luchan por la supervivencia de la especie en una guerra que se desarrolla en épocas diferentes. Para ello, los mutantes deberán unificar sus fuerzas dejando a un lado sus enemistades. Trask Industries, la empresa liderada por Bolivar Trask (Peter Dinklage), ha creado a los Centinelas, gigantescos cazamutantes que están causando numerosas bajas. Tan sólo viajando en el tiempo podrán impedir la masacre que se avecina, algo que hará Lobezno (Hugh Jackman) desplazándose a los años 70 y tratando a los jóvenes mutantes para impedir su destino.


Tras el buen sabor de boca de “X-Men. Primera Generación” dirigida por Matthew Vaughn (“Kick Ass”, Bryan Singer vuelve a ser el director de una saga de la que dirigió los dos primeros episodios antes de hacer otros proyectos como la fallida “Superman Returns”, la interesante “Valkyria” o la desastrosa “Jack el cazagigantes”. En esta ocasión ensambla los dos repartos de mutantes en una historia que habla de la destrucción a la que están siendo sometidos por su condición y la necesidad de ir al pasado para cambiar el triste futuro. Singer vuelve a las habituales disquisiciones sobre la diferencia de los mutantes y el estigma al que son sometidos y con las ideas contradictorias de los que están con Xavier y optan por la vía del diálogo para la integración y los que acompañan a Magneto, dispuestos a ganarse el respeto aunque sea infundiendo temor. Todo ello tratando de seguir las líneas trazadas en las anteriores películas aunque al final haya agujeros sin tapar y cosas modificadas sobre la marcha. Además, lo bueno que tienen estos viajes al pasado en las películas es que cambian lo que pasa en el futuro, así que la película deja campo abonado para más peripecias de los mutantes, la próxima de las cuales llegará en 2016.


Lo que más me ha gustado de la película es el retrato del joven profesor Xavier, que no es el hombre pragmático y optimista que hemos conocido. Está lejos de ser ese maestro zen de los mutantes y se halla en una situación de sufrimiento por la pérdida de movilidad en sus piernas y los ideales frustrados de integrar a los mutantes en la sociedad. No se siente capaz de aguantar el dolor ajeno y de encabezar una misión para la que no se ve preparado, aunque deberá poner a los mutantes en marcha si no quiere que éstos acaben siendo exterminados. Mi escena favorita es aquella en la que aparecen juntos James McAvoy y Patrick Stewart, hablándose como el profesor Xavier del pasado y el del futuro y tienen un emocionante diálogo sobre la esperanza, parte del cual reproduzco al principio de la entrada. En lo que respecta a la acción, hay que destacar la parte en la que Magneto es liberado de su prisión en el Pentágono por parte de Quicksilver, un hombre que se mueve más rápido que ninguno y que da lugar a un par de escenas muy conseguidas en las que se combinan acción y humor.



Con todo ello, el filme está narrado con pulso, bien interpretado, es interesante y se deja ver, aunque precisamente su principal defecto es la sensación de “dejá vu”. Si en las anteriores películas se exploraban nuevos detalles en cada una, en esta ocasión queda un regusto a remezcla, a refrito de todas ellas, que hace a la película disfrutable, pero no memorable más allá de las secuencias ya mencionadas.


En un orden muy diferente, aunque quizá no tanto, se inscribe la otra película que quiero comentar, “Dos madres perfectas”. La historia de dos mujeres que por amor deciden pasar por encima de las convenciones sociales.



“Dos madres perfectas” está dirigida por la luxemburguesa Anne Fontaine, autora de películas como “Nathalie X” o la cinta sobre Coco Chanel que protagonizó Audrey Tautou y adapta el relato “Las abuelas” de la escritora ganadora del Nobel, Doris Lessing, en un proyecto que además está producido por Naomi Watts, una de las protagonistas. El eje de la historia es la amistad entre los personajes de Lil (Naomi Watts) y Roz (Robin Wright), amigas desde la infancia, que han crecido juntas y que ya pasados los 40 años viven al lado una de la otra, en un idílico paraje junto al mar en la región australiana de Nueva Gales del Sur. Roz vive con su marido y su hijo adolescente y en la casita de al lado está Lil con su otro hijo de la misma edad, aunque en su caso no hay hombres en su vida ya que enviudó años atrás. Todos ellos guardan una cordial relación que se verá desequilibrada cuando el marido de Roz se traslada a vivir a Sidney por motivos de trabajo, algo que no es visto con buenos ojos por su mujer y su hijo, que no están muy por la labor de dejar el lugar. Poco después, Roz comienza la relación con el hijo de Lil, ya en la edad de sentirse atraído por el otro sexo y que acaba poniendo sus ojos en la mejor amiga de su madre. Ella se resiste pero finalmente accede y su amiga no tardará en darse cuenta de la situación, lo mismo que el hijo de Roz. Y así no pasará mucho tiempo hasta que el hijo de Roz haga lo propio y seduzca a Lil, que se deja llevar, en el caso del joven y de la viuda para hacer lo mismo que aquella persona que ha sido su amiga toda la vida y con la que ha vivido todo. 


Fontaine y el guionista Christopher Hampton (“Las amistades peligrosas”, “Expiación”) proponen un curioso panorama en el que la amistad se lleva al límite de compartirlo todo, los hijos comparten a las madres y las madres a los hijos, después de que todos ellos hayan crecido juntos y se sientan como una suerte de familia, con sus propios códigos. De esta manera, todos acaban aceptando la situación y viven con ello sin problemas, alejados como están del resto del mundo, sin temor a verse juzgados por los demás. Ese es el apunte más interesante del relato, esa plasmación de la maternidad llevada al extremo de dejar al hijo en brazos de la amiga y esa amistad entre las dos mujeres como una necesidad de una de vivir todas las cosas que vive la otra, como si fueran un único organismo que no admite diferencias. Aunque el idílico plan en el que viven no tarde en resquebrajarse cuando los hijos crezcan y empiecen a conocer a otras personas que les alejen de ellas.



Sin embargo, a pesar de estas inquietantes connotaciones, a la película le cuesta levantar el vuelo con un aire en ocasiones más telefilmero que perturbador, que hace pensar en lo que podría haber dado de sí la trama en manos de un director más audaz, además de que los actores que hacen de hijos de las protagonistas resultan bastante limitados. Por su parte, Robin Wright y Naomi Watts hacen un buen trabajo como esas madres cuarentonas que han creado entre ellas un lazo incluso más fuerte que el que tienen con sus hijos, que ante todo se tienen a ellas, con esa mezcla de entrega y competitividad que he observado tantas veces en la amistad femenina.


Dos películas que hablan sobre seres que se han creado su propio mundo por temor a las críticas del resto y que han decidido vivir la vida según sus propias creencias, aún a sabiendas de sus propias limitaciones.

viernes, 6 de junio de 2014

"El paraíso de las damas" de Emile Zola. El ayer y el hoy

Hace tiempo que no hablo de libros en este blog y no porque no siga leyendo, que es un vicio del que afortunadamente nunca me deshago, sino por no haber encontrado un libro que me motive a hablar de él, algo que si ha conseguido el que he terminado de leer. El siglo XIX fue pródigo en una serie de autores que me han hecho pasar tan buenos ratos entre sus páginas, ya fuera Jane Austen, Dickens, Flaubert, Balzac, Stendhal, Dumas o Larra. Pero había un autor también muy popular de esa gloriosa centuria al que conocía pero al que todavía no me había asomado, el francés Emile Zola.


Hijo de padre italiano y madre francesa, Zola tuvo una vida agitada como buen escritor decimonónico, con matrimonios fracasados, amantes con las que tuvo hijos bastardos, polémicas con el gobierno que le llegaron a costar la cárcel y trato con otros artistas de su época, en su caso los pintores Paul Cézanne o Edouard Manet, que le dedicó un retrato. Como escritor es considerado padre del naturalismo, una corriente anclada en el realismo y que hacía hincapié en las miserables condiciones económicas y morales de aquellos que estaban en los escalafones más bajos de la sociedad, incapaces de superar sus taras, al estilo de Dickens, pero sin el toque de rendición del autor británico. Algo que puede encontrarse en obras como "Therese Raquin", "Nana" o "Germinal" y que sin embargo no le impidió al autor llegar a decir que "la realidad y la miseria me oprimen y, sin embargo, sueño todavía."

 
La obra a la que me he acercado de Zola ha sido "El paraíso de las damas", publicada en 1883 y que cuenta la historia de Denise, una joven provinciana que se ha quedado huérfana y viaja a París con sus hermanos pequeños para ser acogidos por su tío, dueño de una pequeña tienda de ropa. El tío dice que no puede acogerlos por la mala marcha del negocio, de lo que culpa a "El paraíso de las Damas", unos grandes almacenes que están en la acera de enfrente y que se está llevando a la clientela de los otros negocios de la zona por sus instalaciones más modernas y sus precios más baratos. Denise entra a trabajar en aquellos almacenes para mantener a sus hermanos y al principio será el objeto de las bromas del resto de dependientes, que la tratarán con desprecio por su aspecto poco sofisticado y su timidez. Sin embargo, la muchacha acabará atrayendo la atención del dueño, el cada vez más poderoso señor Mouret. 



La novela responde a lo que había oído hablar de Zola y habla de una sociedad injusta, dominada por los poderosos y en la que los pobres solo tienen la posibilidad de agachar la cabeza. Sin embargo, no se queda ahí y muestra las cosas conservando un punto de vista neutro, como si el relato fuera un trabajo periodístico, pues los personajes se definen con sus actitudes y hay ricos más benevolentes y pobretones miserables que critican al poder sin hacer nada por cambiar. Muy interesante resulta el fresco que Zola hace del comercio de la época, con tiendas especializadas que ven invadidas sus competencias por unos grandes almacenes donde hay de todo y que se muestran poco receptivas en vez de darse cuenta de que ese es el futuro. Resulta curioso leer esto en un libro de hace más de cien años, cuando los debates entre los sufrimientos del pequeño comercio ante los grandes centros comerciales siguen estando de moda.




Mientras tanto, la protagonista del relato es la que demuestra tener más sentido común y se involucra en la gran maquinaria a pesar de la falta de delicadeza de sus compañeras de trabajo, que siguen la clásica pose de criticar lo que no entienden, lo que está fuera de su manada y como Denise no les habla, ellas le ponen de vuelta y media y le acusan de las peores acciones. Ahí me he sentido muy identificado con Denise, de esas veces que todos hemos tenido que aguantar dimes y diretes de gente que poco lujo podía darse de criticar si se hubieran visto a ellos mismos, todo ello generado por el desconocimiento, siempre germen de todos los odios. Por su parte, el dueño de los almacenes, el señor Mouret, es un hombre ambicioso que sueña con expandir su negocio y tener a todas las mujeres de París comprando en su establecimiento. Sin embargo, no es un desalmado y tras haber llenado con amantes su vida después de quedarse viudo siendo joven, empieza a tener una gran curiosidad por esa chica a la que tanto critican todos. Ve en ella algo de él mismo y la curiosidad empieza a convertirse en otra cosa, pero Denise no quiere ser como las demás y no va a rendirse a sus encantos y su aura de éxito a las primeras de cambio, algo que sacará de quicio al poderoso Mouret y que le llevará a tristes reflexiones, como la que transcribo a continuación:


"Ahora, todos los días transcurrían iguales, con aquella obsesión dolorosa. La imagen de Denise amanecía con él. Durante la noche, había estado presente en sus sueños; entre nueve y diez, se sentaba a su lado ante la gran mesa de su despacho, mientras firmaba las órdenes de pago y las libranzas, cumpliendo maquinalmente con la tarea sin dejar de notar que estaba allí, presente, y que seguía diciéndole que no, sin perder la sosegada expresión. Luego, a las diez, asistía al consejo, un auténtico consejo de ministros, una reunión de los doce partícipes de la casa que no le quedaba más remedio que presidir. Allí discutían las cuestiones de orden interno, examinaban las compras, decidían la disposición de los escaparates y los tenderetes de la acera. Y Denise también estaba allí. Entre las cifras, Mouret oía su dulce voz; en las más complejas situaciones  financieras, veía  su  limpia  sonrisa.  Tras  el  consejo,  lo acompañaba y realizaba con él la cotidiana ronda por las secciones; por la tarde,  regresaba al despacho de dirección y permanecía al lado de su sillón, mientras  él recibía a tropeles de personas: fabricantes de toda Francia; importantes industriales; banqueros; inventores. Era aquello un vaivén continuo de riqueza e inteligencia; una desatentada  danza  de  millones;  una  sucesión  de  rápidas  entrevistas  en  las  se solventaban los negocios de mayor importancia del mercado parisino. Se olvidaba de ella  durante  un  minuto,  mientras  disponía  la  quiebra  o  la  prosperidad  de  una industria, pero una punzada en el corazón se la devolvía con la misma fuerza. Se le quebraba la voz y se preguntaba para quéle valía andar a vueltas con aquella fortuna si ella la rechazaba.


Por fin, al dar las cinco, tenía que firmar la correspondencia; la mano reanudaba el trabajo mecánico, mientras Denise imponía su presencia, más dominadora aún, volviendo a apoderarse de  él por completo para hacerlo sólo suyo  durante las horas solitarias y ardientes de la noche. Y al día siguiente, todo volvía a transcurrir igual; la cenceña silueta de una niña bastaba para sumir en la angustia sus días de trabajo, tan activos, tan rebosantes de una ingente tarea. Pero era sobre todo durante la cotidiana ronda por los almacenes cuando se percataba de cuán desdichado era. ¡Haber construido aquella gigantesca maquinaria, reinar sobre tanta gente y estar agonizando de dolor porque una chiquilla no quería saber nada de él! Se despreciaba a símismo, llevaba a cuestas la fiebre y la vergüenza de su enfermedad. Algunos días, su poder lo asqueaba. Mientras recorría las galerías, de punta a punta, sólo sentía náuseas. En otras ocasiones, le habría gustado extender su imperio, hacerlo tan grande que quizá Denise acabara entonces por ceder, presa de admiración y miedo.


Mouret miraba cómo aquel torrente se volcaba en sus locales, pensaba que era uno de los amos de la riqueza pública, que tenía entre las manos el destino de la fabricación francesa y que no podía comprar el beso de una de sus dependientes.

Ahora, a última hora de la tarde, cuando llegaba ante la caja de Lhomme, la costumbre lo impulsaba aún a mirar la cifra de ingresos, escrita en una tarjeta que el cajero ensartaba en la varilla que tenía al lado; rara vez bajaba de cien mil francos y, a  veces, en los días de ventas especiales, sobrepasaba los ochocientos o los novecientos mil. Pero aquella cantidad no le retumbaba ya en los oídos como un trompetazo; se arrepentía de haber sentido interés por ella; sólo sacaba en limpio amargura, odio y desprecio por el dinero."

Me ha resultado curioso hallar aquí alguno de los ingredientes que Scott Fitzgerald usaría después en "El Gran Gatsby" y Orson Welles en "Ciudadano Kane", de hombres con fortunas construidas para hacerse merecedores de una cariño que ansían y que no pueden conseguir, de un dinero con el que pueden lograr cualquier cosa menos el amor que desean. De ser ricos pero no ser más que unos pagafantas, porque el amor de verdad nunca se compra, es un regalo que se nos da. Además de ello, Zola nos muestra una trama y a una serie de personajes que, salvo ciertos usos sociales, resultan muy de hoy día, con no pocas reflexiones sobre el comercio y la economía que pueden ser perfectamente aplicables a nuestra época. Una novela excelente y que recomiendo vivamente.

martes, 3 de junio de 2014

Cosas llamativas, desnudos y censura

Sabes que estás en una gran ciudad cuando ves cosas de forma habitual que te llamarían vivamente la atención en cualquier otro lugar por inesperadas o poco frecuentes. Es muy fácil reconocer a los habitantes de una gran ciudad en función de sus reacciones a lo que pasa por la calle, como el trasiego de coches de policía y ambulancias, personas dementes tiradas en mitad de la calle o dando voces entre la muchedumbre o gente que viste de forma estrafalaria. Los que lleven un tiempo en esa ciudad reaccionarán ante estas vicisitudes con una aparente indiferencia mientras que los forasteros se delatarán con su contemplación sorprendida y absorta. Un poco como le pasaba al personaje que interpretaba Jon Voight en "Cowboy de medianoche", que pasaba de su pueblecito texano al Nueva York burbujeante de finales de los 60 y era testigo de todo aquello como un extraterrestre llegado de otro planeta. Hay una secuencia excepcional, que se encuentra hacia el final de este vídeo, en la que pasea por las calles de Nueva York y observa a un hombre tirado en el suelo, desmayado o quizá muerto y es el único que reacciona de algún modo (además irónicamente frente a la joyería Tiffany, aquel lugar inmortalizado con un toque bastante más ñoño en "Desayuno con diamantes", metáfora de que la andanza de ese cowboy bonachón no va a ser precisamente la de Audrey Hepburn).


Viene esto a colación porque estaba el otro día navegando por Internet cuando de repente me encontré con unas imágenes que me llamaron la atención por inesperadas, al mostrar a una mujer caminando en topless por las calles de la Gran Manzana como si tal cosa. Pensé que sería alguna ciudadana anónima tratando de llamar la atención, cuando leí que era Scout Willis, la hija de 22 años de Bruce Willis y Demi Moore. Al parecer, después de que la red social Instagram censurase unas imágenes de su cuenta, en las que dos mujeres mostraban los pechos, decidió salir sin ropa de cintura para arriba y colgar las imágenes en Twitter, donde si se permiten los desnudos, para pasmo de propios y extraños.






Bajo el lema "legal en Nueva York pero no en Istagram", Scout Willis se hizo varias fotos, mirando flores de un local comercial y recorriendo tiendas. Sobre esta forma de actuar ella ha dicho en su Twitter que "la comodidad con mi propio cuerpo no debería estar dictada por lo que otros perciben de mí" y "No obstante, no quisiera imponer esta visión sobre nadie. Si no te gusta lo que ves, sencillamente deja de seguirme". Scout arremete así no sólo contra la política de Instagram de censurar cierta clase de imágenes, como mujeres amamantando a sus hijos y no otras en las que también pueden aparecer desnudos femeninos. Sea como fuere, no ha sido la única famosa que ha tenido problemas con Instagram a causa de mostrar más piel de la que se considera conveniente, también la cantante Rihanna vio como censuraban unas fotos suyas mostrando su cuerpo a la revista francesa "Lui", un caso que no es nuevo, pues la de Barbados ya se ha dejado ver de forma que deja poco a la imaginación en varias ocasiones sin necesidad de posados.




Y para completar los casos registrados de censura en los últimos días tenemos el de un cartel promocional de la segunda parte de la película "Sin City" en el que aparece la actriz Eva Green con una bata transparente que deja entrever su pecho y que ha sido retirado por su carácter insinuante.


Es un debate muy visto el de censurar o no las imágenes que puedan causar sentimientos de excitación sexual en el público, algo que siempre crea más polémica que la violencia, porque mostrar piel siempre es más polémico que destruirla, quizás porque se piense que todo el mundo sabe de antemano que la violencia de muchas películas y series es un juego en el que nadie sale dañado y, por contra, ver cuerpos desnudos puede resultar desestabilizador. Nunca he sido muy fan de decir "antes todo era..." o "ahora todo es..." y caer en generalizaciones absurdas, pero si es cierto que en los últimos años es mucho más fácil ver desnudos (mayoritariamente femeninos) en series de televisión. A finales de los años 90, "Sexo en Nueva York" revolucionó el panorama con unas tramas en las que el sexo era sobre todo "oral", es decir, hablado, más allá de algún culo o algún seno que se veía de vez en cuando. Aquello era audaz para una época en la que las escenas sexuales se resolvían con ropa interior y sábanas que las actrices luchaban por no quitarse de encima aún habiéndolo dado todo supuestamente minutos antes. Ahora lo raro es encontrar series que no incluyan desnudos, especialmente en las que en Estados Unidos se emiten en canales de pago como HBO, donde no hay restricciones para llegar a todos los públicos y se dice sin problemas "fuck" (joder), "shit" (mierda) o "bitch" (zorra), mientras en las series de los grandes canales generalistas sigue la táctica de la ropa interior y la sábana para tapar y decir "damn it", "shut" y "slut", que no suenan tan rotundas como las antes mencionadas. Aquí les adjunto un interesante reportaje sobre el tema de la desnudez en serie, promovido desde Estados Unidos, ese país al que tantos generalizan calificándolo de mojigato y en el que hay de todo.

http://www.cadenaser.com/television/articulo/sexo-sentido-series-americanas/csrcsrpor/20140124csrcsrtel_1/Tes

¿Y cuál es la actitud que debemos tomar ante este tema de la desnudez? Pues el que cada uno buenamente considere oportuno, alabándolo o lamentándolo. La postura feminista ante el tema puede tener algo de ambos bandos, pues por una parte considera que la mujer no debería verse reducida a sus atributos físicos y por otra el desnudo puede ser una forma de emancipación, en la que la mujer se sobrepone a los tabúes impuestos. Puede ser como aquellas que quemaban los sostenes en los años 60 al tiempo que condenaban los concursos de belleza por considerarlos similares a las ferias de ganado.



Debo admitir que como hombre heterosexual estoy encantado en admirar la belleza de los cuerpos femeninos que quieran exhibirse y que ya no me tapo los ojos cuando veo escenas subidas de tono, como cuando era pequeño y lo hacía por vergüenza ajena, por no saber como sentirme aún con esas cosas y al estar muchas veces rodeado de mi familia, que es siempre el peor contexto para ver este tipo de contenidos aún siendo un adulto hecho y derecho. Pero no solo de desnudeces vive uno y también me gusta admirar instantáneas de gran belleza estética en las que solamente se vea una cabeza y una mano, porque lo bello está en todas partes.



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