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lunes, 13 de junio de 2016

El verano de las emociones. Ojalá sea cierto


"Transcurrieron así tres meses sin que nada fuera a turbar su intimidad. Aquello sucedió un martes por la noche. Se habían acostado tras pasar una velada apacible en casa. Después de los abrazos cómplices, habían compartido las últimas líneas de una novela que leían juntos, pues él tenía que pasarle las páginas. Se habían dormido tarde, uno en brazos de otro.

Hacia las seis de la mañana, Lauren se incorporó de un salto y llamó a Arthur gritando. Éste se despertó sobresaltado y le sorprendió verla sentada con las piernas cruzadas, la tez pálida y cristalina.

—¿Qué pasa? —preguntó con la voz llena de inquietud.

—Abrázame, por favor, deprisa.

Él lo hizo inmediatamente y ella, antes de que le repitiera la pregunta, acercó una mano a su mejilla oscurecida por la barba incipiente y la acarició, deslizando luego los dedos hacia su barbilla y rodeándole la nuca con una ternura infinita. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Ha llegado el momento, amor mío, se me llevan, estoy desapareciendo —le dijo Lauren.

—¡No! —se rebeló él, estrechándola todavía con más fuerza.

—¡Dios mío, no quiero dejarte! Antes de que empezara esta vida contigo, ya estaba deseando que no acabara jamás.

—¡No puedes irte, no debes, resístete, te lo suplico!

—No digas nada y escúchame, presiento que tengo poco tiempo. Me has dado algo que yo ni sospechaba que existiera; antes de vivir a través de ti no imaginaba que el amor pudiera aportar tantas cosas sencillas. Nada de lo que viví antes de conocerte valía uno solo de los segundos que hemos pasado juntos. Quiero que siempre sepas hasta qué punto te he amado; no sé hacia qué tierras parto, pero si existe un más allá, seguiré amándote con toda esta fuerza y esta alegría con las que has llenado mi vida.

—¡No quiero que te vayas!

—Chisss…, no digas nada, escúchame.

Y mientras hablaba, su figura adquiría transparencia. Su piel se tornaba clara como el agua. Los brazos de Arthur se cerraban sobre un vacío que poco a poco iba creándose. Le daba la sensación de que Lauren se volvía evanescente.

—Tengo el color de tus sonrisas en mis ojos —prosiguió—. Gracias por todas esas risas, por toda esa ternura. Quiero que vivas, que reanudes el curso de tu vida cuando yo ya no esté aquí.

—No podré hacerlo sin ti.

—No te guardes lo que llevas dentro, debes dárselo a otra; si no, sería un desperdicio enorme.

—No te vayas, por favor. Lucha.

—No puedo, es más fuerte que yo. No siento dolor, simplemente tengo la impresión de que te alejas, te oigo como si estuviera envuelta en algodón, empiezo a verte borroso. Tengo mucho miedo, Arthur. Sin ti, tengo mucho miedo. Retenme un poco más.

—Estoy abrazándote, ¿no lo notas?

—No muy bien, amor mío.

Así lloraban los dos, púdica y silenciosamente; comprendían todavía mejor el sentido de un segundo de vida, el valor de un instante, la importancia de una sola palabra. Se abrazaron. En unos minutos de un beso inacabado, ella desapareció del todo. Los brazos de Arthur se cerraron sobre sí mismos; se retorció de dolor y rompió a llorar a gritos.

Le temblaba todo el cuerpo. Su cabeza se balanceaba de uno a otro lado en un movimiento que escapaba a su control. Apretaba los dedos con tanta fuerza que las uñas se le clavaban en las palmas de las manos hasta hacerlas sangrar.

Arthur se sumergió en el mundo de la ausencia, con el singular sabor que ésta tiene cuando resuena dentro de la cabeza. La ausencia penetró sordamente en sus venas y se filtró en su corazón, que cada día palpitaba a un ritmo distinto del de la víspera.

Los primeros días le provocó cólera, dudas, celos; no de los demás, sino de los momentos robados, del tiempo que pasaba. La solapada ausencia, infiltrándose, modificaba sus emociones, las agudizaba, las afilaba, haciéndolas más cortantes.

Al principio se hubiera dicho que su misión era herirlo, pero, lejos de eso, la emoción mostraba su cara más refinada para razonar mejor dentro de él. Arthur sentía la carencia del otro, del amor, incluso en la carne, del deseo del cuerpo, de la nariz que persigue un olor, de la mano que busca el vientre para acariciarlo, del ojo que a través de las lágrimas ya sólo ve recuerdos, de la piel que busca la piel, de la otra mano que se cierra en el vacío, de cada falange replegándose metódicamente al ritmo que aquélla le impone, del pie que cae y se balancea en el vacío.

Permaneció así, postrado en su casa, días y noches interminables. Iba de la mesa de trabajo, donde le escribía cartas a un fantasma, a la cama, donde contemplaba el techo sin ni siquiera verlo. El teléfono llevaba bastante tiempo descolgado sin que él se hubiera dado cuenta. Le daba igual; no esperaba ninguna llamada. Nada tenía importancia ya."
(Extracto de la novela "Ojalá fuera cierto", de Marc Levy)

El otro día me acordé de la novela “Ojalá fuera cierto”, del escritor francés Marc Levy, gran éxito de ventas en todo el mundo y objeto de una decepcionante adaptación al cine, protagonizada por Reese Witherspoon y Mark Ruffalo. Recuerdo leer la novela hace más de 10 años, en una época en la que estaba dolido y furioso por una historia amorosa que salió de la peor manera posible, de aquellas en las que la otra persona te dice que te quiere antes de abandonarte. Una época en la que una historia de amor entre un hombre y el espíritu de una mujer en coma me llegó muy adentro y me revolvió profundamente. No porque su calidad literaria fuese excepcional, sino porque me afectó mucho lo que contaba y en especial este fragmento que he destacado, que yo podría haber firmado en esos tiempos por su reflejo de la rabia, la impotencia y la soledad del abandono no deseado. Esos días ya forman parte del pasado, pero es inevitable que de vez en cuando vuelva esa sensación, en momentos en los que sientes que parece que estamos aquí para perderlo todo, sea lo que sea que hayamos ganado. Que cuando creemos tener algo, ya sea una posesión material o un cariño personal, llegará un momento en el que, nos guste o no, lo perderemos y solo nos quedará el consuelo de echarlo de menos. Nos quedarán unos días en los que no tienes a nadie cerca para tener una conversación en condiciones porque todo el mundo está muy ocupado con su propia vida, donde todos están muy lejos y no sabrías decir cuando empezaron a despedirse de ti y dejaron de contarte lo que pensaban y sentían.


Es en días así cuando me acuerdo también de “California Dreamin´”, una canción compuesta en los años 60 por el grupo estadounidense The Mamas and The Papas, que en su sonido expresa perfectamente ese sentimiento de pérdida y nostalgia por algo que nos gustaría que volviese.



Esta hermosa canción ha sido objeto de diversas versiones, de las que quiero destacar una que hicieron los Beach Boys en los 80, con el sonido inconfundible de la época; otra más reciente de Sia, una cantante con una de esas voces que puede permitirse cantar lo que quiera, que siempre sonará de maravilla y una tercera, con estilo entre dance y chill out que ahora está sonando mucho en emisoras de radio por su inclusión en una campaña publicitaria de verano. Cosa curiosa, cuando se trata de una canción en la que se extraña el buen tiempo, ya sea como fenómeno meteorológico o como metáfora de un estado de ánimo que echa de menos tiempos mejores.






Y que en los días más grises sigamos soñando en ese verano de las emociones que algún día llegará. Ojalá sea cierto.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Mentores y mentoras

De un modo u otro, todos tenemos mentores, personas que, queriendo o sin querer, nos inician en muchos aspectos de la vida que desconocíamos o no habíamos frecuentado lo suficiente. Así, lo que terminamos siendo es el resultado de todas estas influencias y nuestro modo de enfrentarlas, porque al mundo llegamos sin saber nada de nada y los primeros mentores son nuestros familiares, pero una vez fuera de ese núcleo es deseable tener muchos más, para expandir nuestra mente y sensibilidad. Por ejemplo, citaré algunos de los mentores que he tenido hasta el momento y que me han hecho iniciarme en algunas disciplinas.


Cine: En este blog he comentado varias películas y hablar y escuchar de cine es uno de mis pasatiempos favoritos, pero no siempre fue así. Cuando era pequeño solo acudía a ver los grandes estrenos, las películas acontecimiento, principalmente a una gran sala ubicada a apenas 5 minutos de donde vivía, pero era un espectador muy corriente, de los que no reparan en los actores que salen ni quién dirige la cinta, tan sólo a la búsqueda de pasar un rato entretenido. Así, con 16 años a duras penas sabía quién era Steven Spielberg (por haber dirigido “Parque Jurásico”, que tanto me impactó a mis 11 años) y en nombres de actores (creo que solo conocía el de Macaulay Culkin por ser el niño de “Solo en casa”) mi ignorancia era supina, como mucho reconocía alguna cara de haberla visto antes. Sin embargo, uno de los cambios que trajo en mí la adolescencia fue un repentino interés por el cine. Un amigo del colegio al que le gustaba mucho el cine (junto a él, al ser aficionado al género, vi numerosas películas de terror, especialmente de Freddy Kruger, que me perturbaban mucho) compraba todos los meses la revista “Fotogramas” y en un día que me aburría mucho se la pedí prestada para hacer más llevadera la soporífera asignatura que nos estaban impartiendo. Yo entonces ya leía mucho (luego explicaré cómo surgió) y enseguida me llamó la atención aquella revista, fue el descubrimiento de un mundo nuevo. En unos minutos me hice consciente de que había una gran cantidad de películas estrenándose todas las semanas y otras muchas en proceso de creación, construidas todas ellas por gente que decían que era muy importante, una gente que yo ignoraba. Aquella lectura picó mucho mi curiosidad y compré el siguiente ejemplar de la revista, estimulado además por la presencia de una bella mujer morena en su portada. La mujer morena era Catherine Zeta-Jones y estrenaba “La trampa”, junto a Sean Connery, película que acudí a ver y que me pareció bastante entretenida, donde mi creciente calentura adolescente se deleitó con el físico de una actriz que no tardó mucho tiempo en dejar de interesarme, pero que recuerdo como parte de una experiencia iniciática.


Como cuando me da por hacer algo lo hago de forma compulsiva empecé a ir al cine dos o tres veces por semana, después de las clases. Sentí la necesidad de verme el mayor número de películas que se proyectaban y de visitar todos los cines de mi ciudad, como una aventura diferente en un lugar diferente. Como no salía de fiesta pude recurrir a la paga para pagar las entradas y, como es habitual en el principiante, vi cosas muy diferentes de forma muy desordenada, porque lo mismo iba a un gran estreno americano que a una película europea que a otra oriental y trataba de quedarme con los nombres de aquellos que salían en los créditos que antes ignoraba por completo. En muchas sesiones, al ser la primera de la tarde de un día de entre semana, estaba yo solo o acompañado por algunos viejitos con aire aburrido (más de uno aprovechaba para echarse la siesta, lo cual me ponía de los nervios porque no podía entender, sigo sin hacerlo, que la gente no vaya al cine a disfrutar del espectáculo) y devoraba todas aquellas producciones, algunas muy disfrutables y otras que no entendía o me sacaban de quicio, por no tener aún el conocimiento suficiente para apreciar sus virtudes.

Mi amigo del colegio tuvo una gran influencia en que hoy sea el aficionado al cine que soy, pero también he tenido otras influencias, ya de profesionales dedicados al medio, los críticos. De ellos fui aprendiendo las cosas que debían tenerse en cuenta viendo una película y por qué algo que era entretenido podía estar mal hecho y algo que podría parecer aburrido podía ser una maravilla, lo que aparentemente contradice el sentido común, aunque a veces sea cierto (todos hemos visto películas que nos han hecho pasar un buen rato, pero sabemos que son lo que son y otras menos asequibles que sin embargo tratan de aportar algo más). A veces los leía y pensaba “es verdad, qué razón tiene este tío”, otras “este tío es idiota” y de vez en cuando “es cierto lo que dices, pero aún así a mí no me gusta” y aprendí que cada uno tiene un gusto y unos intereses y juzga en función de ellos, con lo que tampoco hay que tomárselos como palabra de Dios. De todos estos opinadores recuerdo con cariño a Carlos Pumares, a cuyo programa de radio “Polvo de estrellas” me aficioné y me divertía viendo sus salidas de tono y sus particulares opiniones, no siempre positivas ante lo que para otros, eran obras maestras. Él fue uno de los que me enseñó que la subjetividad es siempre relativa y que las alabanzas de uno pueden ser las pegas de otro. Y me ayudó a descubrir la que para mí es la gran obra que ha dado el cine, “2001.Una odisea del espacio”.



Con el tiempo he conocido a más gente aficionada al cine, gente de a pie, de la que en algunos casos he sacado conocimientos interesantes, como la apreciación por los géneros más populares (por qué gustan tanto las comedias tontorronas cuando ya se tiene una cierta edad o por qué las historias románticas más facilonas triunfan tanto entre mujeres de diversa clase y educación). El saber nunca se detiene y aún sigo asimilando ideas y conceptos, descubriendo a cineastas de los que apenas había oído hablar y con clásicos pendientes de una visita por mi parte. Y encantado de seguir haciéndolo.

Música: En mi casa siempre se escuchó lo que ponía la radio mayoritaria, es decir, Los 40 Principales (sigo recordando todas las sintonías y jingles de hace años), lo que provocó que mi educación sobre música moderna fuera limitada a los grandes éxitos, dejando fuera a un montón de nombres relevantes. Ese es uno de los motivos por los que la música más popera de los 80 y los 90 me resulta tan entrañable y de por qué llegué a la universidad sabiendo quienes eran Madonna, las Spice Girls o los Backstreet Boys, pero sin tener una idea clara de quienes eran U2, Elvis o los Beatles, así que imaginen el resto. Gracias a mi amigo, el que me influyó en el cine, conocía a Bruce Springsteen, que a su vez él conocía por su hermano mayor, pero fuera de ahí mi conocimiento era un erial.

 
De música pop comercial y clásica (nunca faltaron en casa cintas y CD´s de Beethoven, Mozart y compañía) iba sobrado, así como de música dance, que tanto furor tuvo entonces, pero de rock y subsiguientes nada de nada. Mi gran salto fue en los años universitarios, donde di con varios aficionados que me hicieron ver todo lo que tenía por descubrir y fui consciente de estupendas creaciones que apuntaban directamente al alma y que me hicieron preguntarme dónde habían estado todos estos años sin que yo supiera de su existencia. Citar la lista de autores revelados sería largo y monótono, pero debo admitir que este es probablemente el campo en el que sigo descubriendo con mayor sorpresa y de forma más inesperada, en el que más sigo teniendo que aprender, pues incluso sigo sin conocer la obra completa de algunos de los más consagrados. Un mundo en el que los mentores anónimos me están ayudando mucho, porque en la música hay que separar mucho grano de la paja y lo mejor que se produce o se ha producido está lejos de lo que emiten las radiofórmulas.

Libros: Siempre se me dice en las reuniones familiares que yo aprendí a leer muy rápido y que el recuerdo que tienen todos de mí es verme leyendo “chistes” (apelativo que algunos les han a los tebeos españoles, tipo “Mortadelo y Filemón” o “Zipi y Zape”, imagino que por su tono humorístico) y durante años incrementé mi colección gracias a mi abuelo paterno, que me compraba todos los que encontraba en los kioskos cuando me sacaba a pasear. Los “chistes” fueron mi iniciación en la narrativa y me llamaban la atención por su costumbrismo, su reflejo de tantos actos sociales que yo apreciaba en la vida diaria (y también porque eran divertidos) y será por eso que los prefería a los cómics (los snobs dicen novelas gráficas, como si se avergonzaran se la palabra “cómic”, que me parece muy bonita) americanos de superhéroes, aparte de hacerme aprender varias palabras en desuso en nuestra lengua, que cuando decía en clase provocaban la risa de mis compañeros. Yo era el gafotas que decía “cáspita”, “zapateta”, “córcholis” y expresiones que ni dominan muchos adultos, tipo “recapitular”, “óbice”, “dilecto”, “progenitor” y otras muchas que agradezco que me inculcaran, aunque hoy en Twitter se siguen riendo de ti si intentas hablar bien y molas más por usar los signos de puntuación para hacer emoticonos que para usarlos correctamente en las frases. Los medios cambian, pero la esencia de la tontuna se mantiene.


Seguí leyendo “chistes” hasta que me dijeron que ya estaba bien y que ya tenía edad para otras cosas, así que a regañadientes me pusieron a leer los libros de Los Cinco, esa pandilla de chavales ideada por la británica Enid Blyton, que siempre estaban de aventuras por curiosos parajes y se daban unas cuchipandas que despertaban el hambre al más pintado (aunque cuchipandas típicamente british, tipo cordero hervido en salsa verde, y que me hacían interesarme por conocer el sabor del jengibre, que estaba presente en galletas, mermeladas y otros preparados). Eran libros entretenidos, aunque tampoco me cambiaron la vida, pero me ayudaron a leer texto sin el apoyo de los dibujos y me prepararon para meterme de lleno en la literatura de miras más altas.



Uno de los primeros libros “más sesudos” que me eché a la vista fue “Emma”, de Jane Austen, que por aquel entonces había descubierto gracias a mi naciente interés en el cine, pues la autora era noticia por las adaptaciones de sus libros a la gran pantalla. Llegaba “Mansfield Park” y se repasaban otras recientes, como “Sentido y sensibilidad” y la citada “Emma”, con una bella actriz rubia que usaban para la portada de las nuevas ediciones del libro. La actriz era Gwyneth Paltrow, que venía de gustarme mucho en “Shakespeare enamorado” y debo admitir que compré un poco el libro por ella y pensé en ella mientras leía la peripecia de Emma Woodhouse en su ansia de arreglar la vida amorosa de los que la rodean.




En “Emma” descubrí una historia sobre el amor y sus complicaciones, desde una perspectiva ligera y fue el primero contado desde el punto de vista de una mujer, un mundo entonces inexplorado para mí. Lo disfruté bastante y posteriormente tuve la ocasión de confirmar con la película protagonizada por Gwyneth Paltrow ese saber universal de que los libros son (casi) siempre mejores que las adaptaciones que se hacen de ellos. Desde entonces he leído toda la obra de Jane Austen y de otras muchas escritoras y he apreciado mucho sus puntos de vista, no solo a la hora de hablar de su sexo, sino de sus particulares visiones los hombres. Como comentaba en mi anterior entrada sobre lo que me han aportado las mujeres, no hay nada mejor que tratar de comprender a la otra parte, pues puede que incluso te identifiques con ella. Escritores y escritoras me han ayudado muchísimo a explicarme el mundo en el que vivimos y también a cuestionarme muchos aspectos. Lo cierto es que pienso en esta última conclusión y no puedo dejar de sentir que en cierto modo me han hecho más infeliz, al ser consciente de los errores y las miserias inevitables que hay en un mundo dominado por una raza imperfecta. Pero agradezco a los que me iniciaron a enterarme de todo este caudal de pensamiento, mientras me inquieto por no tener vidas suficientes para leer todo lo que me falta y que me gustaría.




Sexo: En este caso tengo que hablar de mentoras, ya que han sido las mujeres quienes me han enseñado la mayor parte de lo que sé actualmente. Hasta los 15 años no empecé a sentirme atraído por ellas y fantaseé con algunas de mis compañeras de clase y con otras ya mayores y lejos de mi área de influencia, que veía en revistas o películas. Recuerdo que mis primeros mitos eróticos fueron Sharon Stone o la citada Zeta-Jones y modelos como Inés Sastre, Judit Mascó, Vanessa Lorenzo o Adriana Sklenarikova, entre otras. Porque lo cierto es que en aquellos momentos cualquier mujer que enseñara más piel de la que cubría habitualmente la ropa ya contaba con toda mi atención. Llegué a tener una carpeta en la que iba acumulando fotos de mujeres en ropa interior, bikini o desnudas pero tapadas de forma estratégica para que no se viera nada, de fotos recortadas de las varias revistas de las llamadas para hombres, aunque ninguna porno, aún no podía afrontar los desnudos integrales. Y es que cuando tenía 12 años, un chaval con el que había estado de campamento de verano me dijo que fuéramos a ver una de las películas porno que guardaba su padre. Acepté con curiosidad aunque sin mucho deseo y fui consciente de que había cosas para las que aún no estaba preparado. Mientras vi aquella película no pude evitar sentir esa sensación de repugnancia que te produce aquello desagradable que no puedes dejar de mirar, como en las escenas sangrientas. Pensé que acabaría vomitando si seguía viendo esos primeros planos de penes erectos penetrando cavidades carnosas y peludas, ese contacto de las carnes me hacía sentir como si asistiera a una operación. Por entonces ya conocía el funcionamiento de las relaciones sexuales, pero verlo de primera mano me pareció tan agradable como ver cómo le extraen los órganos a alguien. Aún no tengo claro si ver aquella película cuando mi cuerpo no podía asimilar lo que vio influyó en mi tardía curiosidad sexual, pero durante unos años me negué a ver las partes de íntimas de cualquiera que no fuera yo (y las mías sin mucho afán).

A pesar de todo, la naturaleza siguió su curso y tras los primeros escarceos con los desnudos “artísticos” quise ver cómo funcionaba todo aquello en tiempo real y alquilé mis primeras películas eróticas, de “Emmanuelle” o de adaptaciones de cómics de Milo Manara. El olor del líquido que echaban a las cintas de VHS en el videoclub de mi barrio se convirtió para mí en el olor del pecado, el olor que despedían esos objetos que estimularon mis primeras exploraciones, aprovechando los momentos en que mi casa estaba vacía de gente, nada fácil viviendo con mis padres, mi hermano menor y mi abuelo materno (que una vez me pilló en uno de estos visionados de “películas de putas y cabrones”, como las llamó él, aunque afortunadamente yo no tenía aún las manos en la masa y evité que la vergüenza fuera mayor). Durante una temporada me nutrí de estas producciones, en las que el sexo era fingido, pero yo me creía que había penetración real a poco que se arrimaran los protagonistas.



Ahora no soy capaz de recordar cuando vi mi primera película porno en condiciones, no sé si incluso ya había empezado la universidad cuando me inicié definitivamente. Tardé en empezar, pero al igual que con los filmes convencionales me puse al día de forma compulsiva y lo que me había parecido una intervención quirúrgica ahora lo veía con sumo interés y sin perder detalle. Hoy día parece estar desapareciendo el estigma que durante años han tenido las cintas porno, que parecían reservadas a salidos y asquerosos sin remedio, mientras que ahora pueden dar hasta un toque de distinción (sobre todo si eres mujer, porque los hombres que vemos porno seguimos siendo unos salidos y asquerosos sin remedio a ojos de muchos, lo he experimentado de primera mano). La vida real se parece poco a la que muestra el porno, del mismo modo que tampoco se parece mucho a la que reflejan las películas normales, pero lo bueno en ambos casos está en saber quedarse con detalles que podamos aplicar a nuestra existencia y del porno he sacado algunos que luego me han rendido buenos frutos con mujeres de carne y hueso, como una formación teórica antes del examen práctico. Porque uno puede saber lo que le excita y le da placer, pero también hay que conocer las necesidades de la otra parte y, aunque cada persona es un mundo, hay detalles que son prácticamente universales y es bueno ir familiarizándose con ellos. Luego la experiencia personal me ha permitido conocer a algunas mentoras que han completado esa especie de educación sexual y a descubrir de qué manera me excita el placer de la otra persona, como si ese mirón que llevo dentro siguiera necesitando observar la estimulación del objeto de deseo. Al fin y al cabo, ese es el reto, ver hacia donde puedes llegar con otros, pues tú mismo ya sabes lo que tienes. Y ese es el espíritu de los mentores, hacernos ir más allá de lo que sabemos y descubrirnos todo lo que siempre ha estado así, pero que no hemos podido ver o apreciar.

Vivan los mentores y las mentoras y esperemos poder encontrar a muchos más en nuestro paso por la vida, para mantener esa ilusión que nace del aprendizaje.

martes, 9 de junio de 2015

Escribir sobre nuestras oscuridades y el caso de Taylor Swift

En algunas ocasiones me salen entradas demasiado oscuras y demasiado tristes y decido no publicarlas, mantenerlas como borradores solo para mis ojos, incorporando el espíritu de diario personal que se escribe para uno mismo y no se comparte con el resto. No es por vergüenza ni apuro, simplemente hay algunas entradas que decido no publicar porque su contenido seguramente me haría perder los seguidores que se pasan por aquí, que quizá se sintieran involuntariamente heridos. El instinto de supervivencia nos hace huir de lo muy dramático, incluso en aquellos que no le tenemos miedo al drama y somos conscientes de que la vida en ocasiones es muy perra, porque si algo oscuro puede atraernos una vez nos acaba produciendo rechazo al final. Sé que el que escribe para un público debe ser audaz si quiere ser realmente bueno y enfrentarse a todo lo que le rodea, incluso ofreciendo puntos de vista poco esperanzadores. Pero como no quiero parecer una plañidera que solo sabe cantar sus desgracias, pues mi vida tampoco es melodramática (tiene los claroscuros de tantas otras), prefiero cortarme y no sacar a la luz ciertas ideas que a veces me acometen con fuerza. Cuando la tentación de ponerme en plan “destroyer” se apodera de mí, antes de publicar nada prefiero pensar en aquel momento de la película “Little Nicky” (comedia tontorrona que es de mis preferidas en el género) en el que el personaje de Adam Sandler, a la sazón hijo del mismísimo Diablo, decide dejar atrás su faceta maligna y liberar el bien, el súper bien y el mega bien.

 
La historia de la creación artística está llena de ejemplos de gente que empezó a idear sus obras para exorcizar sus demonios personales, para tratar de buscar un sentido a aquellas ideas y sensaciones que les atosigaban en la cabeza. El Marqués de Sade necesitaba escribir cosas soeces incluso cuando le internaron por escándalo público y le prohibieron publicar para no perder la razón; Van Gogh pintaba con ese estilo tan suyo a causa de los mismos desórdenes mentales que le llevaron a cortarse la oreja y Hitchcock hizo un cine cargado de fetichismos sexuales y actitudes perturbadas para sublimar sus deseos carnales y violentos. En la música se han creado infinidad de canciones inspiradas por el surgimiento del amor y sobre todo por su fin, porque a los desamores experimentados por los artistas les debemos muchas y muy buenas producciones. Así de repente me viene a la memoria el caso de Eric Clapton, que en "Cocaine" habló de la droga a la que fue adicto en su juventud, mientras que en “Layla” contó la atracción que sentía por Pattie Boyd, la mujer de su amigo, el beatle George Harrison, con la que acabaría entablando una relación cuando ella se separó de Harrison, aunque el sueño no se hizo realidad y la convivencia entre ambos no fue muy fructífera. Y también compuso una canción, "Tears in Heaven" para recordar al hijo que tuvo con otra mujer años después y que murió a los 4 años al caer por una ventana.
 
 
 
 
Podría citar a muchos más creadores influidos por su experiencia vital, pero por ponerme más pop quiero centrarme en un caso que me ha llamado la atención por su precocidad e insistencia. Uno de los ídolos del público joven de hoy día es la estadounidense Taylor Swift, que a sus actuales 25 años ha producido un gran número de canciones inspiradas por la peripecia vivida con sus parejas, casi siempre personajes de la farándula, músicos y actores de edad similar a la suya. Y el caso es que lo suyo ya viene de jovencita, pues en sus inicios ya dio cuenta de lo ocurrido con un novio del instituto.

Con Joe Jonas, uno de los Jonas Brothers, también compartió momentos la señorita Swift, cuya ruptura plasmó en canciones como "Last Kiss".

 
Taylor Lautner, el hombre lobo de las películas de “Crepúsculo”, fue otro de los ligues de Taylor Swift, que dio pie a no pocas bromas sobre su correspondencia de nombres y a "Back to December".



 
Si lo suyo con Lautner le dio para dos canciones, para unas cuantas más le inspiró Jake Gyllenhaal, entre ellas la exitosa "We´re never getting back together" o la menos festiva "All Too Well".

 
 
 
Aquí en España no es muy conocido, pero John Mayer es toda una celebridad al otro lado del océano, no solo por su música, sino también por haber sido pareja de Swift y de Katy Perry, Jennifer Aniston, Jennifer Love Hewitt o Jessica Simpson. La amiga Taylor tuvo a bien dedicarle "Dear John" y otro de sus temas más populares, "I knew you were trouble".

 



Otro ídolo de jovencitas como es Harry Styles, cantante de “One Direction”, está en el origen de algunas de las canciones del último álbum de Swift, como "Style".


 
Todas estas relaciones no se extendieron más allá de unos pocos meses, pero sin duda le han dado buen rédito a la carrera de Taylor Swift, que sigue con sus preferencias faranduleras y ahora anda con el DJ y productor musical Calvin Harris, relación de la que posiblemente ya andará recogiendo ideas y sensaciones para futuros álbumes. Inspiraciones por las que de vez en cuando le hacen ser objetos de bromas, como hizo Ellen DeGeneres en su programa.


Siempre se dice que si quieres escribir y no sabes sobre qué, lo mejor es hacerlo de ti mismo y tus circunstancias, de las que se pueden sacar conclusiones universales y válidas para gente de épocas y orígenes opuestos al del creador. Y de este modo tenemos una gran variedad artística para nuestro disfrute, gracias a que sus autores no quisieron o no pudieron callarse y lo sacaron a la luz. Son este tipo de hechos los que me dan ánimos para seguir escribiendo si pienso que lo que hago no le interesará a nadie o a darle al botón de publicar cuando pienso que quizá se me haya ido la mano. Sin embargo, creo que habrá entradas que seguiré quedándome para mí, como esos enfados que nos entran de repente hacia algo o alguien. Esos que, cuando se pasan y vemos que no valía la pena el disgusto, nos dejan pensando que menos mal que no dijimos nada sobre lo que nos había enrabietado, por la que podríamos haber organizado por una bobada.
 
 

sábado, 21 de marzo de 2015

Gracias, Alanis

Corría el año 1995 cuando saltó a la fama mundial una chica canadiense llamada Alanis Morisette, una jovencita de apenas 21 años que a pesar de la edad ya publicaba su tercer disco, tras debutar en el mundo de la música en la adolescencia. El álbum se titulaba "Jagged Little Pill", hablaba sobre amores, desamores, esperanzas y desesperanzas y vendió más de 30 millones de copias por todo el mundo, una cifra impensable hoy día, si bien es cierto que por aquel entonces Internet no era lo que es hoy día y tampoco lo eran las posibilidades de acceder a un disco sin comprarlo.


"Jagged Little Pill" fue todo un triunfo y contenía la gran mayoría de los éxitos que la gente recuerda de Alanis, quizá el que más "Ironic", una canción que hablaba sobre la ironía que encierra muchas veces la vida y las situaciones en las que nos vemos envueltos.


Sin embargo, además de "Ironic" ese disco contenía otras canciones conocidas de la artista, algunas de las cuales reproduzco a continuación.






A mediados de los 90, Alanis se había convertido en un fenómeno mundial con sus canciones que se preguntaban tantas cosas de la vida y el mundo, pero ella no tenía la personalidad de una estrella pop, deseosa de la aprobación de la grandes masas. Ya en la adolescencia había sufrido anorexia y bulimia y todo el revuelo causado con las canciones de "Jagged Little Pill" superó su estabilidad emocional y se alejó un tiempo del foco público, pasando una temporada en la India. Fue en 1998 cuando regresó con un nuevo y esperadísimo álbum, "Supposed Former Infatuation Junkie", que batió récord de ventas en sus inicios, pero sufrió el síndrome del segundo álbum, aquel que viene después de un gran éxito y que suele decepcionar a la audiencia. Yo lo he escuchado y está bastante bien, pero no suena igual que "Jagged Little Pill" y eso es lo que debió desconcertar a muchos, del mismo modo que les debió resultar desconcertante ver el videoclip del primer single. Un videoclip en el que Alanis aparecía desnuda, tapando de forma estratégica sus partes íntimas y en el que daba gracias por todo, lo bueno y lo malo.


El vídeo sorprendió a propios y extraños, no solo por la desnudez, sino por quién la representaba. Que lo hiciera una artista pop en busca de notoriedad era más o menos esperable, pero sin embargo lo hizo una mujer que no tenía que llamar la atención, pues todos esperaban su regreso y además había dado más relevancia a sus letras que a sus atributos físicos. La propia artista explicó que la idea del vídeo la había tenido al contemplar su vulnerabilidad a pesar de ser una mujer admirada por el público, de lo desnuda que se sentía en medio de todo ese aprecio. 


Más allá de desnudeces, esta es una de las canciones de Alanis que me gusta escuchar de vez en cuando, especialmente si me siento melancólico. La cantante ha seguido publicando discos, en los que ha mantenido sus coordenadas de hablar de sufrimientos y decepciones, pero también de esperanza, de que puedes sangrar y también puedes aprender. Y esa creo que es una gran lección vital, de las que merecen agradecerse. Gracias, Alanis.


martes, 23 de diciembre de 2014

El bizarrismo en los villancicos

Estamos ya en plena época navideña, como bien indican los anuncios que nos incitan a comprar y los que se han unido en los últimos años a causa de la crisis, que hacen gala de una sensiblería vergonzante. Hablo de esos anuncios cuyo nombre no diré porque paso de entrar en su rueda de dar que hablar y que nos cuentan (de forma tan cutre que dan risa involuntaria, con música en la que el propio cantante ya está lloriqueando, la pornografía emocional que no falte) que a pesar de que mucha gente en este país esté puteada a base de bien, los españoles somos gente generosa y alegre que siempre sabemos seguir hacia adelante y tomárnoslo con humor. Y si alguno se lo traga, fetén, como los anuncios gubernamentales de que la crisis ya es historia, no hay más que salir a la calle para verlo, claro que sí, está todo el mundo encendiendo habanos con billetes de 500 euros.

Pero más allá de propagandas de productos y servicios públicos y privados que nos tocan las narices cuando pensamos mínimamente en ellos, sabemos que estamos en Navidad con la presencia de esas cancioncillas que ya suenan por doquier en supermercados y grandes almacenes. Me refiero, como no, a los villancicos, esas tonadillas que nos hablan de la celebración del nacimiento de Cristo. Y hay uno del que quiero hablar, porque siempre me ha llamado la atención por el tono bizarro de su letra, el de "Hacia Belén va una burra".


Veamos, más allá de que le demos credibilidad a la historia bíblica, digamos que a los villancicos les pasa como a los relatos de ciencia ficción, que una vez aceptado el mundo que han creado le pedimos una cierta coherencia y que no desfasen. La mayoría de villancicos nos hablan del nacimiento de Cristo y la alegría que supone, pero lo que tiene de bizarro este "Hacia Belén va una burra" es que desarrolla su historia una vez el nacimiento se ha producido y ya Jesucristo interactúa con la Virgen María y San José como en cualquier otra familia, con momentos de costumbrismo. La canción arranca con la llegada a Belén de una burra cargada de chocolate y todo el instrumental para hacerse una taza de chocolate como Dios manda (nunca mejor dicho), algo del todo imposible pues el chocolate no salió de América hasta la llegada de Colón y los suyos, varios siglos más tarde, pero los creadores de este villancico debieron pensar que ya puestos a meter licencias históricas pues el chocolate podía caber. Y lo que causaba la llegada del chocolate era que la Virgen tenía que ir corriendo al portal porque Cristo y San José se estaban poniendo tibios y ella tenía que poner orden como buena ama de casa, quizá con la zapatilla en la mano amenazando a los glotones con dejarles sin cenar, en una especie de escena de sainete.

La siguiente estrofa nos cuenta que en el portal de Belén han entrado los ratones y a San José le han roído los calzones, así que si lo del chocolate, además de tener sinsentido histórico, les puede parecer ridículo, este otro suceso no lo es menos. Aquí supongo que quisieron transmitir la pobreza de esa familia, que veía su morada aquejada de roedores, en una suerte de estampa de realismo social en la que solo faltaba que se dijera que San José estaba en el paro sin cobrar subsidio y la canción impelía nuevamente a la Virgen a que fuera corriendo a poner orden. Y en ese sentido de ambiente neorrealista se plantea la última estrofa, en la que se afirma que unos gitanillos entran en el portal de Belén a robarle los pañales a Jesucristo, como si la acción discurriera en un pueblo del Sur de España o del Este de Europa y detrás viniera la Guardia Civil a detenerlos. Pero ahí no hace falta Guardia Civil porque, una vez más, la Virgen María tiene que ir corriendo (esta vez volando, según dice el villancico, la urgencia era aún mayor) a ver si es capaz de detener el hurto, quizá con las mismas artes con las que había disuadido a Cristo y San José para que dejaran de ponerse ciegos a chocolate, que luego no cenaban.

Estos tres cuadros costumbristas están engarzados por una rima, bastante forzada, que habla de alguien que se remendó algo y luego se lo quitó, como arrepentido o poco satisfecho con el remiendo concienzudo que había hecho. Quizá era la Virgen remendando los calzones que los ratones le habían roído a San José, invadida en su trabajo por las constantes llamadas a que fuera arreglar los entuertos en los que se veían implicados su esposo y su hijo, en una metáfora clara de que nada mejor que las madres de antes para afrontar las vicisitudes domésticas como nadie. Como la Virgen es la madre de todos, fue también la primera en decir "hombres, si es que no se os puede dejar solos".


Como ven, nada como la ironía para tratar de desentrañar el sentido de una popular canción que nos acompaña todas las Navidades y que siempre me ha llamado la atención y me ha hecho gracia a la hora de proponer una situación que no tiene mucho que ver con la llegada de Cristo al mundo y su repercusión.


Si ya me preguntan cuál es mi villancico favorito, les diré que el del tamborilero, por su aire nostálgico. Y me gusta aún más en la versión en inglés que cantó Frank Sinatra, que siempre escucho en estas fechas y de la que nunca me canso.


Aprovecho para desear felices fiestas a todos los que siguen pasando por aquí. Nos seguimos leyendo.

miércoles, 6 de agosto de 2014

"Begin again". Música para elevar espíritus



Conocido es el dicho que asegura que la música es capaz de amansar a las fieras, como muestra del poder de la música para conectar con nuestras emociones de una forma más profunda e intensa que las palabras. Eso es algo que ha aprovechado el cine para reforzar con la música lo que cuentan las imágenes de las películas, desde los tiempos del cine mudo con el acompañamiento musical como único apoyo de lo que se veía en pantalla hasta los actuales, donde se siguen usando músicas alegres, tristes o intrigantes según lo que se quiera transmitir.


El irlandés John Carney, tras unos años como bajista en un grupo,  debutó en el cine hace unos años con “Once”, una película que hizo las delicias de muchos a la hora de retratar a una pareja de músicos  que sobreviven en las calles de Dublín, llegando incluso a ganar el Oscar a la mejor canción. Ahora ha cambiado Dublín por Nueva York a la hora de ambientar su nueva historia, también marcada por el poder de la música, que habla de las rupturas y reconstrucciones que tienen lugar en nuestra vida.


Novios desde el instituto, la pasión por la música lleva a la británica Gretta (Keira Knightley) y a su novio Dave (Adam Levine) hasta Nueva York. Pero cuando él, una vez alcanzado el éxito y la fama, la abandona, ella se queda completamente desolada. Una noche, un productor de discos (Mark Ruffalo) recién despedido, la ve actuar en un bar de Manhattan y queda cautivado por su talento y la propone grabar un disco, algo que ella, aún dolida por la ruptura, no se había planteado.


Si en “Once”, Carney hablaba del enamoramiento de dos músicos callejeros, en “Begin again” habla, entre otras cosas, del distanciamiento de los músicos al llegar al éxito (seguramente inspirado por la realidad, ya que la pareja de “Once”, que también lo fueron en la vida real, se separaron al no poder digerir el éxito de la película). Dave y Gretta parecen la pareja perfecta, son jóvenes, guapos, se entienden a la perfección y él canta las canciones que ella le escribe, lo que lleva a firmar un jugoso contrato con una discográfica. El inicio del éxito de Dave y el progresivo arrinconamiento de Gretta será lo que les separe. Por su parte, Dan es un productor musical que ha perdido la fe en lo que hace, incapaz de encontrar un sonido que le inspire hasta que la casualidad le pone ante las narices el talento de Gretta, acostumbrada a estar en la sombra y que con Dan tendrá la opción de llevar a cabo algunos de sus sueños. A ambos les une la inspiración artística y la desesperación, que irá construyendo una amistad que les hará replantearse muchas cosas.


“Begin again” es una película musical, aunque no un musical al uso, pues aquí los actores no se ponen a bailar de repente ni les siguen decenas de extras que casualmente interpretan la misma coreografía con gran precisión. Lo que sí hay es varios momentos de interpretación de las canciones que Gretta compone y canta para el disco que Dan le produce y que son interpretadas en varios rincones de Nueva York, grabadas al aire libre, con los ruidos  y el ritmo de la ciudad como fondo sonoro. Y es la propia Keira Knightley quien canta las canciones, sin dobles, defendiéndose bastante bien y con una voz bonita.



Además de cantar, Knightley deja por un momento los personajes de época en los que se ha especializado y aunque aquí se lleva su parte de drama, tiene la oportunidad de interpretar a un personaje más luminoso y relajado que la mayoría de los roles que ha hecho hasta ahora. Así que cambia corpiños y enaguas por pantalones anchos y vestidos veraniegos para lucir un aspecto acorde con la chica tímida de inquietudes artísticas que trata de encontrar su hueco. Ella y Mark Ruffalo (un buen actor muchas veces relegado a papeles secundarios de los que saca todo lo posible por mala que sea la película y que ahora tiene la oportunidad de ser al fin reconocido por el gran público por su intervención como Hulk en “Los vengadores”) hacen un buen trabajo y logran una gran química entre sus personajes, dos seres heridos que tienen la oportunidad de empezar de nuevo y de crecer gracias al otro. Pero además de Knightley y Ruffalo, el resto del elenco está a la altura de las circunstancias, incluido un Adam Levine en el que yo no confiaba mucho y que sabe componer con acierto un personaje que podría haber sido el capullo de manual, pero que tiene más aristas.




Sin embargo, a la película se le puede reprochar no dar un poco más de relevancia a la mujer e hija del personaje de Ruffalo (bien defendidas por Catherine Keener y Hailee Steinfeld), de las que se echa en falta saber un poco más y acaban definidas en pocos trazos. Un defecto que sin embargo no acaba afectando a que la película deje un buen sabor de boca con una historia que mezcla con acierto comedia y drama y suena auténtica, sin que las emociones parezcan recalentadas. Un problema éste de muchas películas que al querer ponerse emocionales acaban siendo tópicas. 


“Begin again” es una buena película para degustar en un verano marcado siempre por las superproducciones que tanto se parecen entre sí y que además tiene una banda sonora para escuchar más de una vez. Yo, de hecho, la he estado escuchando mientras escribía esta entrada, reviviendo escenas y sensaciones según la canción. Cosas de ese poder inefable que tiene la música.