El otro día
navegaba por las redes sociales y me encontré con una conversación de besugos,
no porque ambas partes hablaran sin entenderse, que es por lo suele aplicarse
ese calificativo, sino por su contenido, en el que los conversadores quedaban
retratados como unos idiotas. Uno de ellos había publicado en su perfil lo
mucho que detestaba a un “youtuber” (esta nueva especie de creadores de vídeos
de entretenimiento surgida en YouTube, que en algunos casos tienen más
audiencia que cualquier programa de la televisión) y lo nocivos que le parecían
sus vídeos. Y en esto que intervino un contacto suyo y la conversación quedó
tal que así:
Otro: "Deberíamos organizar algo para hundir a esta persona"
Uno: "Desgraciadamente, triunfa mazo porque España está llena de este tipo de cuñaos"
Y ahora se preguntarán:
¿y qué hace el youtuber denostado para ganarse semejantes críticas? Pues el aludido
se llama Jorge Cremades y hace vídeos como estos.
Estos vídeos, de
marcado carácter paródico, bufonesco y grotesco, han hecho que Cremades amase
una buena legión de fans y también algunos “haters” (los odiadores), que le dicen
que es machista y homófobo y que da lugar a conversaciones como la expuesta
anteriormente, en la que poco menos que piden su cabeza en una estaca, al
estilo “Juego de tronos”. Uno puede creer que los vídeos de Cremades tengan una
gracia dudosa o que sean una tontería, pero es muy
estúpido que uno caiga en lo que denuncia. Es decir, yo digo que tal persona
transmite mensajes malos (que no creo que sea el caso de Cremades, el primero en reírse de sí mismo), que perjudican la igualdad y el equilibrio social,
pero al mismo tiempo propongo eliminar al que los dice, porque lo digo yo y me
da la gana. Me imagino que esos dos besugos se las darán de liberales y
permisivos, de los que dicen que cada uno viva su vida como quiera y pondrán en
sus perfiles de redes sociales lindas fotos de sus excursiones y de sus
quedadas en terrazas para beber cerveza (uno de ellos tiene como foto de perfil
una imagen suya con gafas de sol y barbita a la moda, un cliché andante), sin
darse cuenta de que con estas opiniones quedan como unos miserables pequeño
burgueses de mente limitada. Que la gente haga lo que quiera, pero el que no
piensa como yo debería ser erradicado, actitud poco igualitaria y dictatorial
donde las haya. Pero no es el único ejemplo que he visto en los últimos días al
respecto, vean ahora este otro vídeo, del programa de José Mota en TVE.
Este vídeo puede
parecernos bastante blanco, pero hizo que se hicieran muchas protestas por la supuesta burla de los enfermos terminales y que
Televisión Española pidiera disculpas por haber molestado, algo que habrá
llenado de orgullo y satisfacción a muchos, pero que a mí me parece triste. No
soy partidario de esa idiotez de decir que ahora el mundo está peor que nunca
(que cada vez que se lo oigo a alguien considerado un erudito me hace dudar de
su capacidad de erudición, como si el mundo no hubiera sido un lugar lleno de
injusticias y terrores desde que existe), pero sí que admito que nos hemos
instalado en una era de corrección política en la que cualquier cosa que hagas
o digas puede ser usada en tu contra porque habrá alguien que se sienta
molesto. El humor siempre ha tenido la capacidad de ser válvula de escape y un
modo de denuncia de las cosas que van mal en el ser humano y en lo que hace,
siempre ha tenido un componente de incorrección por desafiar a la seriedad y a
las leyes que tantas veces nos imponemos. Porque tendemos a creernos la especie
superior de la creación, lo más importante que ha sucedido jamás, mientras que
el humor ejerce de contrapeso y nos refleja una imagen que nos dice “modera tu
entusiasmo, nada ni nadie es tan importante como te crees”. Muchas veces he
oído que la inteligencia se demuestra en el sentido del humor, que el que
carece de él es más tontorrón de lo que se piensa, porque no puede admitir esa
posibilidad de que las personas y las cosas puedan ser imperfectas y, por ello,
posibles objetos de burla. Y no es que se demuestre el sentido del humor al
reírse de cualquier chiste, sino en el hecho de saber ver lo ridículo en
cualquier parte, incluso en uno mismo. Alguien que es capaz de retratarse a sí
mismo en sus miserias, riéndose de lo que es, es mucho más inteligente que
aquel que se ríe de los demás pero tuerce el gesto cuando se trata de reírse de
él. Por ello, todos estos actos de indignación cada vez que se hace humor me
parece que nos empobrecen mental y socialmente. Tomemos otro ejemplo, de un
sketch de Martes y Trece, sobre el sensacionalismo que a veces se hace con los
actos de violencia contra las personas.
La protagonista se
llama María Ascensión del Calvario, nombre que hace parodia de esas personas
desgraciadas con las que los medios de comunicación tantas veces hacen
pornografía sentimental disfrazada de denuncia social, dando contenidos
lacrimógenos y morbo truculento para intrigar a espíritus fascinados con el mal
que sufren otros en lugar de ir a la
raíz del asunto, algo que demuestra ese “claro, como a ti no te pega” del final,
esa referencia al alivio del espectador que no padece y es mirón de la
desgracia ajena. Este sketch hoy sería totalmente impensable, porque causaría
un revuelo tal que tendría consecuencias que podemos intuir muy poco liberales
y más cercanas al linchamiento que al debate pacífico y constructivo. Porque
una cosa está clara, hacer humor significa meterse con algo o alguien, piensen
en cualquier chiste. Si no se hace la más mínima referencia irónica o crítica,
el 99 por ciento del humor no tendría cabida, tan solo chascarrillos
prescindibles en plan “eran dos y se cayó el del medio”. El humor es un
mecanismo más para comprender cómo es la vida, el mundo y los que vivimos en él
y si lo queremos limitar nos estamos limitando como sociedad. Ponerle unos
estándares en los unos cuantos deciden lo que está bien y lo que está mal nos
puede conducir a una reducción progresiva de los temas hasta la propia negación
del humorismo, por estimarlo cruel, del mismo modo que en “Fahrenheit 451” se
hablaba de una sociedad en la que prohibían los libros porque daban mucho que
pensar y hacían sentir infelicidad. Una sociedad que vive pero que no existe,
atenazada por unas normas que dicen ser justas y que nos impiden mostrar nuestras
contradicciones.
En España ha existido
una saludable tendencia al humor negro, presente en los grandes clásicos
literarios de hace siglos, donde cualquier persona, desde el más rico al más
pobre, era puesta en solfa, sabedores los grandes escritores de que nadie se
escapa a la ridiculez en algún momento y que hasta la persona más elegante
tiene que pasar por el váter a hacer sus necesidades fisiológicas. Sin embargo,
hoy día es más complicado encontrar estas manifestaciones de incorrección en los grandes círculos y han
quedado reducidas a lo residual, temerosos de las reacciones de los maestros
del ruido y la furia que se mueven por Internet (antes, el que se consideraba
ofendido rumiaba su indignación en privado o con sus seres cercanos, pero ahora
cualquiera puede hacer campaña online), siempre dispuestos a ejercer de
inquisidores que se creen cargados de razones, dejando en mantillas los
sermones de los sacerdotes más conservadores que uno pueda imaginarse. Podemos
pensar que sabemos reírnos mejor que en Estados Unidos, país que muchos
ignorantes felices juzgan pacato y moralista, que a veces lo puede ser, pero
que también da cabida a cómicos que ponen en tela de juicio unas cuantas
convenciones de su sociedad. Voy a terminar con un par de monólogos que
difícilmente veríamos por estos lares sin que algunos pidieran la ejecución
pública de sus responsables. Allí también hay gente que piensa que los que los
dicen son gente sin principios, de mala catadura, pero sin que los censores se
miren a sí mismos y vean como sus actitudes son también muy atrayentes para
convertirse en los objetos de la burla. Ríanse y no dejen que los atenacen.