viernes, 27 de junio de 2014

La atracción de afuera hacia adentro



Los ESPECTADORES van desfilando hacia el foro, mirando todos, como si se hubieran puesto de acuerdo para ello, y con ojos de hambre, a las dos MUCHACHAS de las butacas 6 y 8. El NOVIO y la NOVIA intentan en vano hablarse de un lado a otro del pasillo por entre los espectadores que lo llenan. EMPIEZA LA ACCIÓN



ESPECTADOR 4.°—¡Vaya mujeres! (Al otro.) ¿Has visto?

ESPECTADOR 5.°—¡Ya, ya! ¡Qué mujeres! (Hacen mutis por el foro lentamente.)

ESPECTADOR 6.°—¡Vaya mujeres! (Se va por el foro.)

ESPECTADOR 1.°—¡Menudas mujeres!

ESPECTADOR 2.°—(Al 1.°) ¿Has visto qué dos mujeres?

ESPECTADOR 1.°—Eso te iba a decir, que qué dos mujeres... (Se vuelven hacia el Espectador 3.°, hablando a un tiempo.)

ESPECTADORES 1.° y 2.°—¿Te has fijado qué dos mujeres?

ESPECTADOR 3.°—Me lo habéis quitado de la boca. ¡Qué dos mujeres! (Se van los tres por el foro.)

MARIDO.—(Aparte, al Amigo, hablándole al oído.) ¿Se da usted cuenta de qué dos mujeres?

AMIGO.—¡Ya, ya! ¡Vaya dos mujeres!

ACOMODADOR.—(Mirando a las Muchachas.) ¡Mi madre, qué dos mujeres!

Espectador 7.°—(Pasando ante las Muchachas.) ¡Vaya mujeres! (Se va por el foro.)

MUCHACHA 1.°—(A la 2.°, con orgullo y satisfacción.) Digan lo que quieran, la verdad es que la gracia que hay en Madrid para el piropo no la hay en ningún lado...

MUCHACHA 2.°—(Convencida también.) En ningún lado, chica, en ningún lado. 

(Fragmento de "Eloísa está debajo de un almendro", de Enrique Jardiel Poncela)




En mi trabajo hay un grupo de hombres que tienen su puesto cerca de la puerta de entrada y parecen imbuirse en las connotaciones de esa ubicación, pues se comportan como las porteras de toda la vida. En las horas que están allí no pierden ripio de quién entra y quién sale y entre ellos hablan constantemente de los personajes que van entrando y saliendo de escena. Si son hombres con los que no tratan les dedican un saludo y siguen a lo suyo, si son amigos mantienen la clásica conversación apresurada que se mantiene con alguien que está de paso a otro lugar, con lugares comunes y banalidades y si son conocidos a los que quieren mal les ponen de vuelta y media después del saludo, que lo cortés no quita el despelleje. Eso en cuanto a los hombres,  porque en lo que a las mujeres respecta,  si son guapas y atractivas, el saludo, sea conocida o no, es mucho más afectuoso y acompañado de una sonrisa, con vistazo a sus posaderas una vez ha pasado y no faltan los comentarios sobre sus atributos y lo que harían con ella si la pillaran en la ocasión adecuada. Esa actitud siempre me ha dado algo de vergüenza ajena por lo cateto que hace parecer a cualquiera que la practica, pero la entiendo. Yo también detengo mi vista en las mujeres bien parecidas y puedo llegar a pensar en las cosas que haría con ellas si tuviera la oportunidad, pero sea por convicción o por timidez siempre me resulta violento ponerme a lanzar exabruptos de albañil por mucho que esté de buen rollo junto a otros hombres. Me pone violento ese rollo de ir de majete con la sonrisa y fingir interés y estar pensando “ay si te cojo”.



Ahora que estamos en verano los ropajes han sido reducidos a la mínima expresión y eso unido al aumento de la presión en la sangre que trae los calores hace que la gente ande en general un poco más salida y estos hombres de la puerta no son menos. El verano es también tiempo de becarios en la empresa y de jovencitas universitarias en shorts que provocan reflexiones dignas de una película de Pajares y Esteso. El caso es que algunos de estos hombres han sabido jugar sus cartas y me han llegado historias de líos de una noche de jueves con alguna de las chicas de prácticas, aprovechando que la cifra de edad no es excesiva y que la novia está en casa, quizá sin sospechar lo que se está cociendo. Me hace gracia cuando a alguien que está necesitado de mujeres le dicen “échate novia”, porque eso no soluciona su problema, que es la necesidad de conseguir tantos cuerpos como se le antojen y crea un problema a quién tiene que aguantarlo. Ya si la pareja es consciente de lo que hay y le parece bien pues no hay nada que decir, con su pan se lo coman, pero esta no suele ser la norma y la mayoría siguen las actuaciones de Don Draper, el protagonista de “Mad Men”, que busca en las mujeres la respuesta a sus problemas y nunca lo soluciona, al tiempo que va dejando un reguero de mujeres infelices y frustradas de no desentrañar su misterio pues el problema debe resolverlo él mismo, nadie le puede ayudar en ello. Y deja una interesante cuestión sobre qué buscamos cuando surge el deseo.



Hace unos días vi una foto de la presentadora de televisión Mariló Montero el día que Felipe VI fue proclamado nuevo rey de España, muy bien vestida ella y siendo escrutada por un grupo de hombres que estarían pensando imagino según que cosas. Y quiso la cosa que navegando por Internet me encontrara con un anuncio protagonizado por la actriz Ursula Corberó, donde como fuera vestida era lo de menos.





Tanto Mariló como Corberó son mujeres que, cada una a su escala, suelen recibir bastantes críticas, especialmente por parte de otras mujeres, que las consideran unas petardas resabiadas que de poco pueden presumir más allá de sus cuerpos. En el caso de Mariló por algunos deslices en sus programas y en el caso de Corberó por sus postureos en redes sociales y sus relaciones con otros famosillos y basar su carrera en las prestaciones de su cuerpo.






A mí las dos me parecen mujeres atractivas y aunque una parte de mí diga que los que las critican pueden tener razón, está la otra parte que me dice que no las conozco como para saber si en verdad son petardas resabiadas. Yo mismo he sido calificado en alguna ocasión de prepotente por gente que apenas me conocía y que confundía los silencios originados por mi timidez con desprecio y muchas otras veces he visto como se me calificaba de diversas maneras muy equivocadas a causa de unas señales mal interpretadas. Yo también he cometido esos errores a la hora de evaluar a otra gente y por ello he ido aprendiendo a escuchar un poco más a esa parte que pide que conozca un poco más antes de hablar. Y todo esto me lleva a pensar en lo poco o nada que conocemos a esas mujeres u hombres que excitan nuestro deseo, en que deseamos unos cuerpos sin saber qué es lo que se cuece dentro de ellos. Alguna vez he hablado de la película “Stockholm”, que trata muy acertadamente sobre el tema de los líos de una noche y de lo que puede salir a la luz cuando se decide conocer de verdad a la otra persona. De que el tío encantador puede ser un egoísta que actúa como le conviene por interés y que la chica guapa puede tener serios problemas bajo su deslumbrante fachada. De que el hombre/mujer con la que se quiere compartir una noche de pasión no es alguien con quien queramos realmente estar o si queremos pero la otra persona no está por la labor. 


Se podrá decir que una cosa es el lío de una noche y otra el noviazgo, que en el lío de una noche ambas partes hacen el acuerdo tácito de divertirse un rato y luego cada uno por su lado, pero es más fácil de decir que de hacer. Porque si la otra persona te cautiva lo suyo es que quieras mantenerla cerca de algún modo, yo al menos no veo lo de sentirme atraído por alguien para un rato y luego nunca más, si me gusta yo quiero más. Imagino que eso se verá influido por lo que  valoremos de los otros y lo que sepamos compartimentar las cosas. La belleza es un gran anzuelo, pero yo necesito que me fascine algo de lo que hay dentro, ya sea el carácter, la forma de ver la vida o los intereses sobre esto y aquello. Si una mujer es lo más bello que he visto jamás pero su interior me deja indiferente o me repele, la cosa no va a funcionar y enseguida noto como me voy de su lado aunque mi cuerpo siga allí, no hay eso tan clásico de la química. Yo necesito que me pase aquello de lo que hablaba la película "Martín Hache".




Muchas veces no se suele pensar en la otra parte, solo en lo que la otra persona nos aporta y es un error, porque hay que pensar en lo que nosotros podemos aportar. Saber qué es lo que podemos dar y si es lo que la otra persona necesita, ese es el estado ideal. Entre la gente que quiero he notado como hilo común que me han aportado todo lo que necesitaba, cómo gracias a ellos he podido desarrollarme por dentro de forma natural en muchos sentidos, sin traumas. Y al mismo tiempo trato de darles a ellos lo que está en mi mano para proporcionarles el mismo desarrollo, porque no hay nada mejor que las relaciones en las que ambas partes crecen y mejoran y nada más triste que las relaciones en las que las partes se anulan y se destruyen. Cuando veo a esas amistades y esas parejas de relaciones destructivas, en las que ambas partes hacen daño al otro, cada uno a su manera, me entra mucha tristeza, por ver todo ese potencial que se está yendo al garete en lugar de estar con alguien con quien puedan crecer. Yo he estado en ese tipo de relaciones humanas en las que me sentía anulado y ante eso he optado por escapar, porque la única condena que tenemos que aguantar en esta vida es la que nos pueda imponer la justicia, no la de otra persona. Y cuando veo a una mujer que me gusta me pregunto si soy yo la persona que necesita para crecer, si voy a ser capaz de dar algo que otro no pueda hacer. Hay quien podrá decirme que eso es ponerse muy trascendental y que simplemente es mejor dejarse llevar y ver qué es lo que pasa. Es posible, quizá alguien llegue un día y me haga darme cuenta de ello. Nunca se sabe, siempre vamos de afuera hacia adentro.

martes, 24 de junio de 2014

"The invisible woman" y "500 días juntos". Amor literario y amor real

"Eres parte de mi existencia, de mí mismo. Has estado presente en cada una de las líneas que he leído, desde que vine aquí, un vulgar y tosco pobrecillo cuyo corazón heriste ya entonces. Has estado presente en cada proyecto desde aquel día, en el río, en las velas de los barcos, en los marjales, en las nubes, en la luz, la oscuridad, el viento, los bosques, el mar, las calles. Has encarnado cada fantasía con la que mi mente ha tropezado. No son más reales las piedras de las que están hechos los más recios edificios de Londres, ni tendrías mayor dificultad en desplazarlos con la mano de lo que han sido y seguirán siendo para mí tu presencia y tu influencia, allí y en todo lugar. Estella, hasta el último instante de mi vida no podrás sino ser parte de mi carácter, parte de lo poco que de bueno hay en mí, parte de lo que de malo llevo. Pero en esta separación, sólo puedo asociarte a lo bueno y fielmente te recordaré vinculada a ello, pues tienes que haberme hecho más bien que mal, cualquiera que sea la punzante tristeza que ahora pueda sentir."

(Charles Dickens en "Grandes esperanzas") 
 

Ralph Fiennes es uno de esos actores británicos criados en el teatro, con algunos papeles de época a la espalda y que en un momento dado dieron el salto al cine de Hollywood para aportar algo de la clásica personalidad inglesa. Debutó como actor en el cine a principios de los 90 interpretando a Heathcliff, el tormentoso protagonista de “Cumbres borrascosas”, donde compartió cartel con Juliette Binoche y saltó a la fama como nazi malvado en “La lista de Schindler”, por la que fue nominado como mejor actor de reparto. Repetiría nominación, esta vez como protagonista en 1996 por su intervención en “El paciente inglés”, de nuevo con Juliette Binoche y con Kristin Scott Thomas. Por aquellos años, Fiennes era lo que hoy puede ser Michael Fassbender, un joven actor del que se quería explotar su encanto oscuro, nacido de un gesto hosco y una mirada turbia. Su participación en la desastrosa “Los vengadores” (no la peli de los superhéroes de Marvel, sino una adaptación de una serie de los años 60) le relegó a papeles secundarios de todo tipo, casi siempre de tipo infame, hasta que su participación como Lord Voldemort en la saga de Harry Potter le ha dado una segunda oportunidad. Hace apenas unos meses le vimos en una estupenda actuación en “El Gran Hotel Budapest” y ahora llega a las pantallas “The invisible woman”, su segunda incursión como director, tras debutar adaptando a Shakespeare con “Coriolanus”.

Fiennes ya participó hace un par de años en una nueva adaptación de “Grandes esperanzas”, precisamente el libro en el que parece ser que Dickens plasmó parte de lo que le hizo sentir la joven Nelly Ternan durante la aventura amorosa que mantuvieron cuando el escritor inglés pasaba ampliamente de los cuarenta años mientras que la joven apenas pasaba de la mayoría de edad. En el momento en el que se desarrolla la historia, Dickens aparece como una persona asentada en lo económico y profesional que ve reconocido su trabajo por el público de su época. Un hombre afable que se preocupa por los más desfavorecidos tanto como en sus novelas.

Nelly (Felicity Jones) es una joven aspirante a actriz que ha leído a Dickens (Ralph Fiennes) y le gusta cómo le hacen sentir sus libros, de ahí que al principio se sienta fascinada por conocer de cerca al creador de todos esos momentos. Sin embargo, detrás de ese hombre aparentemente bonachón y preocupado del sufrimiento ajeno Nelly descubrirá que se esconde un carácter un tanto algo caprichoso, de niño grande que se obsesiona con su trabajo y que descuida las relaciones con quienes le rodean. De un hombre que trata a su mujer y madre de sus 10 hijos como si fuera una sirvienta, sin tenerla excesivo aprecio por su falta de cultura pero sin separarse de ella por miedo a la condena social. Aunque Nelly no puede evitar sentirse atraída por el escritor, será éste quien desarrolle una mayor obsesión hacia ella, al ver en esa joven de espíritu instruido y sensible a un alma gemela con la que poder compartir aquellas cosas que solo puede volcar en sus libros. Una relación que tendrá que desarrollarse a escondidas y en la que Nelly será la mujer invisible que acabará influyendo en la obra del autor.

El tono ambiguo que siempre da Fiennes a los personajes que interpreta viene aquí que ni pintado para este Dickens que es presentado como un hombre con defectos, esencialmente bueno pero que no es un santo caído del cielo. Un hombre que conoce lo bueno y lo malo que habita en las páginas de sus libros. Felicity Jones (una actriz británica que me descubrieron en la película “Like Crazy” y que es una pena que sea tan desconocida, ya que tiene un talento muy prometedor) también hace un estupendo papel como esa joven aspirante a actriz con alma de escritora, hermana e hija de un grupo de mujeres fuertes e independientes que buscan su destino aún a costa de saltarse el orden establecido de su tiempo. Kristin Scott Thomas interpreta con su habitual solvencia a la madre de las chicas, en un rol secundario que le ha permitido coincidir de nuevo en pantalla con Fiennes casi 20 años después de “El paciente inglés”.

Si algo se le puede reprochar a la película es una cierta frialdad a la hora de plasmar la relación entre Dickens y Nelly, que viene bien a la hora de mostrar cómo se desarrollaban las pulsiones amorosas en aquella época, donde estaba mal visto ofrecer el cuerpo desnudo al amante y que al mismo tiempo le quita emoción a la historia entre ambos. El hecho de que la narración sea un flashback en el que Nelly recuerda lo sucedido años después, le da un cierto convencionalismo y quita espontaneidad a lo relatado. Defectos que sin embargo no empañan una película que muestra que Fiennes puede resultar convincente a ambos lados de la cámara y que deja una serie de interesantes apuntes sobre la diferencia entre el amor literario y el real, casi siempre mucho más imperfecto, pues al fin y al cabo la literatura no deja de ser una manera de tratar de ordenar el caos que es la vida en sí misma.



Y sobre las diferencias entre el amor ideal y el real habla también la otra película que quiero comentar, en este caso una película que vi en el momento de su estreno, hace casi 5 años y que ahora he querido recuperar al sentir de nuevo curiosidad por la historia. Se trata de “500 días juntos”.

La peli cuenta la historia de Tom (Joseph Gordon-Levitt), un arquitecto que trabaja en una empresa dedicada a la creación de frases y eslóganes para postales. Su rutina cambiará cuando llegue a su oficina Summer (Zooey Deschanel), una chica que captará vivamente su atención y con la que no tardará en trabar confianza y... algo más. A partir de ahí iremos viendo los encuentros y desencuentros de Tom y Summer a lo largo de 500 días.


La película cuenta con una narración no cronológica, pues tan pronto te encuentras lo que pasó en el día 27 como saltas al 315 y vuelves al 43. Lo cierto es que esta estructura tiene mucho sentido: a lo largo de nuestra vida suelen pasar distintas personas, entran y salen de nuestras vidas, y en lugar de un recuerdo cohesionado de toda la relación, lo que suelen persistir en la memoria son una serie de momentos aislados, buenos y malos, muchos de ellos no necesariamente trascendentes, y que sin embargo se han quedado grabados a fuego en nuestra mente, mientras que de otros apenas podemos acordarnos.



Muchas veces miras al pasado y cuesta recordar qué te volvía loco de una persona o por qué la cosa acabó saliendo mal y todo lo que quedan son sensaciones, y una cosa que creo que hace muy bien esta película es captar esas sensaciones. De cualquier modo, pienso que una narración lineal, sin saltos en el tiempo, podría haberle dado una mayor intensidad a lo que se cuenta, cada vez me gustan menos las narraciones donde se pasa del final al principio, en las que se descubre el propio artificio del relato. Entre sus defectos, más allá de saltos temporales hay que achacarle que más allá de la pareja protagonista, los secundarios no funcionan. Los amigos de Tom o los compañeros de trabajo parecen un pegote para dar momentos de humor y de repente desaparecen sin mucha explicación. Tan sólo me funciona una jovencita Chloe Grace Moretz, en uno de los primeros papeles que interpretó, como consejera sentimental del protagonista.

Precisamente la pareja protagonista es uno de los puntos fuertes de la cinta, con Gordon-Levitt y Deschanel mostrando una estupenda química y resultando creíbles en sus roles (y que nadie puede resistirse al encanto naif y los ojazos de Zooey). En contra de los tópicos, es el chico el que busca un mayor compromiso y la chica la que pasa de algo serio, creando no pocas controversias y varias reflexiones sobre las diferentes formas de ver una relación de pareja.



La película puso en el mapa a Marc Webb, un director que desde entonces ha dirigido las dos nuevas películas sobre Spiderman (con resultados discretos, todo hay que decirlo) y que en “500 días juntos” compone algunas escenas memorables, como la de "expectativas vs. realidad" fue mi preferida por contar tantas emociones en unos pocos planos, o el guiño a "El graduado", (una de mis películas de cabecera) que acaba teniendo su relevancia en la relación de los protagonistas.



Con todo ello, nos hallamos ante un filme que se ubica lejos de los artificiosos cuentos de hadas romanticones que tantas vemos en cine, que nos habla del error que puede ser poner más esperanzas de las que debemos en otras personas o de cómo a veces nos obcecamos en que los otros cambien su forma de ser se acomoden a nosotros sin éxito. Las situaciones que la película muestra son tan reconocibles que resulta casi imposible no sentirse identificado en varias de ellas. Además tiene una interesante banda sonora, que me ha permitido descubrir que una de las canciones de la película, una ochentada que me sonaba de haberla escuchado otras veces, está cantada por Patrick Swayze en la época en que protagonizó “Dirty Dancing” y se convirtió en ídolo de jovencitas. Y no puedo negar que la canción me gusta, que es escuchar sonido de los 80 y se me activa el corazoncito.


viernes, 20 de junio de 2014

Artículos que dejan huella

Es cosa habitual ver las páginas de los periódicos trufadas de opiniones de articulistas de todo tipo, ya sean periodistas del propio medio, famosos en otros medios o escritores que reciben una compensación por opinar de lo humano y lo divino y dan prestigio al medio con su firma y de paso se sacan unas perrillas, que vivir en España de lo que se escribe está al alcance de pocos. Hay periodistas que juegan a ser escritores y se dan muchas ínfulas, queriendo ser polémicos o líricos, según se levanten ese día y muchas veces caen en el ridículo, en un montón de líneas que parecen exabruptos de quinceañero cabreado con la vida. También hay escritores perezosos que, a sabiendas de que las mejores ideas y el estilo más depurado es mejor conservarlos para las novelas, escriben sus artículos de forma tan pulcra como intrascendente, creando una serie de textos que no pasarán precisamente a la historia. En ambas ramas también tenemos el caso de aquellos (muchos de ellos paniaguados del poder que siguen las instrucciones de su amo) que saltan a la radio y la televisión a polemizar y ganar una repercusión que no lograrían expresándose de forma mesurada, que entre el honor y el dinero lo segundo es lo primero, como bien dijo Quevedo. Unos personajes que no están tan lejos de las parodias que se hacen de ellos.


Yo suelo leer varios artículos, muchas veces más interesantes que la noticia en sí misma, porque explican no tanto lo que pasa sino la esencia de las cosas, por qué pasan. Me aficioné a ello cuando en el colegio tuve que leer a Mariano José de Larra y me fascinó esa manera suya de ver la España de su tiempo, tan alejada a la nuestra en algunos usos sociales, pero tan cercana en la esencia, porque Larra es uno de esos autores capaces de hablar del sentido de la vida a la vez que analizaban cualquier aspecto de la realidad cotidiana. Muchos han tratado de ser Larra en los años posteriores y se creen que lo consiguen con críticas aceradas a todo lo que se mueve y ocasionales palabrotas, olvidando que Larra nunca necesitó usar ninguna palabrota para ser descarnado y al mismo tiempo triste por ver los males endémicos del país en el que vivía. Larra quiso refugiarse en el amor buscando el alivio y el refinamiento que no le ofrecía la sociedad, craso error, pues la sociedad siempre la integran las personas. Así que por esa incapacidad de adaptarse a la vida de su tiempo y por esperar de las relaciones amorosas algo que tampoco iba a recibir acabó suicidándose cuando aún no había cumplido los 29 años, cuando dejó de encontrar cosas en las que creer. 


De los periodistas-articulistas de hoy no me interesa ninguno, centrados muchos en su propio ombligo o en ese cabreo-lirismo tan impostado que he señalado líneas atrás, alguno de ellos posando con gafas de sol y barbita en la cabecera del artículo para demostrarnos lo guays que son y los retuits que se ganan escribiendo chorradas. De los escritores-articulistas de nuestro tiempo hay algunos que sigo con interés, como Elvira Lindo o Javier Marías, pero si tuviera que quedarme con uno sería con el valenciano Manuel Vicent.


Manuel Vicent es hoy conocido por su faceta de escritor, pero el caso es que empezó siendo periodista, vocación a la que se dedicó tras estudiar Derecho en primer lugar. Tras la publicación de diversos trabajos periodísticos, en las últimas décadas se ha centrado en la narrativa y ha sacado a la luz obras de gran interés. Hasta el momento me he leído tres libros suyos: "Tranvía a la Malvarrosa", "Son de mar" y "El enigma de la mujer rubia" y los tres me han gustado mucho. En los dos primeros, así como en otros, destaca el saber plasmar en sus páginas el ambiente mediterráneo en el que pasó su infancia, ese ambiente que remite a verano, a Sol, a olor a flor de azahar, a mar y a galvana provocada por el calor que humedece los huesos y que invade los sentidos. Yo tuve la oportunidad de descubrir la obra de Vicent años después de haber pasado un verano en esas tierras por temas de trabajo y sentí aquellas sensaciones de nuevo, como si estuviera allí mismo, a la orilla del mar. Todo ello con una prosa que sabe aunar el tono lírico sin perder de vista el realismo.



Como articulista, todos los domingos Vicent publica en "El País" un escrito en el que repite las constantes que podemos hallar en su obra literaria, de saber expresar muchas cosas sin ponerse rimbombante ni sentencioso, con un lenguaje sencillo y cuidado, como saben hacer los que de verdad dominan las letras. Este pasado domingo apareció este artículo suyo que se me ha quedado grabado desde que lo leí y que adjunto a continuación.

"Dentro de 100 años la prensa de papel no existirá, pero este periódico, que tienes en las manos, puede que duerma intacto el sueño de la historia en alguna parte. Las noticias fijadas con tinta en sus páginas se habrán olvidado y por lo demás, todos los lectores también habremos muerto. Puede que dentro de 100 años alguien encuentre este periódico bajo el polvo de un desván y se interese por saber qué pasaba en nuestro país en junio de 2014. Al abrirlo, de algún pliegue del papel tal vez escape una tijereta, que en su huida cruzará este titular a cuatro columnas: el príncipe Felipe será proclamado rey por las Cortes Generales. Nadie recordará entonces el nombre de este monarca, ni el de su padre, ni el de los políticos inanes y corruptos de su entorno, ni el debate entre Monarquía o República, ni qué significa independencia, soberanía, Cataluña o España, palabras sin sentido, que todos repetían. Buscando refugio la tijereta pasará por los triunfos o derrotas de unos deportistas junto la epopeya de las sucesivas levas de africanos que iniciaban el desembarco sobre Europa saltando un muro de cuchillos cuando millones de mendigos ocupaban ya las ciudades parapetados en los cubos de basura. Fue el preámbulo de la gran hecatombe, que sucedió en 2057. La tijereta pasará en su huida por encima de la ínfima gloria de unos escritores ignorados. Puede que el lector le pegue un manotazo y la tijereta tal vez quedará despanzurrada precisamente sobre una noticia de quinta página par, apenas valorada en su momento: unos científicos han incrustado con éxito un cromosoma artificial en una célula del hongo de la cerveza. De hecho gracias a esta noticia había cambiado el destino humano y 100 años después el lector de este periódico de papel ya era inmortal."


En unos días en los que se habla tanto de España, de su Monarquía y de su selección de fútbol como cosa aparentemente importante y en el fondo tan intrascendente por estar tan alejado todo ello de los sucesos que marcan nuestra vida, artículos como el de Vicent dejan a uno muy pensativo. En el tono me ha recordado a la novela "El gatopardo", de Giuseppe Tommassi di Lampedusa, que hablaba de una decadente familia aristocrática italiana de mediados del siglo XIX y acuñó aquel terminó tan real y tan triste de que todo cambia para seguir igual. Un libro en el que se mostraban las vivencias de esa familia y que en sus capítulos finales daba un salto de varias décadas para observar los restos de lo que habían dejado, transmitiendo una sensación de melancolía parecida a la que deja Vicent en su artículo.


La idea es que perdemos mucho tiempo en cosas que dentro de unos años solamente serán polvo y cenizas y muchas veces olvidamos las pequeñas grandes cosas que forman nuestra vida, en la mayoría de los casos pequeñas menudencias alejadas de los focos de la trascendencia global, pero que para nosotros son todo un mundo. No digo que los grandes acontecimientos no marquen nuestra vida de algún modo, porque es cierto que lo hacen y cada época tiene sus circunstancias que determinan la existencia de la gente que la vive, pero también creo en las cosas a pequeña escala. Por eso sucede que cuando estamos haciendo cosas que queremos hacer o compartimos momentos con gente con la que queremos estar el resto da igual, no importa lo que sucede alrededor, si pasan ambulancias o coches de policía, si se prohíbe la exhibición de banderas republicanas, si la bolsa ha bajado o si la selección de fútbol pasa de ser una proyección de lo que debería ser España a un reflejo de lo que realmente es. Podemos hablar sobre ello, pasarnos el día colgados de las redes sociales, esas modernas tertulias de bar, comentando los pareceres de cada uno y dando mayor repercusión a opiniones de famosos solo por el hecho de serlo, pero no será más que un blábláblá. Sé de gente que ha abandonado sus perfiles de redes sociales en Internet o en la blogosfera porque sintió la necesidad de salir de sí misma para disolverse en otra persona y dejar de pensar en global para pensar en cotidiano, para buscar un sentido, un significado. Algo que en parte me parece triste pero también entendible, porque lo que nos quedará en ese momento en el que nos vayamos a evaporar serán las experiencias vividas, siempre con el amor de fondo, ese motor que ha movido el mundo desde siempre y que ha sido clave en tantas experiencias humanas durante tantos siglos.

martes, 17 de junio de 2014

Recuerdos de la tele de verano

En estos días estamos notando la llegada del verano, que aunque oficialmente no ha comenzado ya se deja sentir en las altas temperaturas que experimentamos en casi todo el país, en el aligeramiento de las ropas que llevamos y en la presencia creciente de gente en playas, piscinas y terrazas, aparte de la presencia en la mayoría de espacios interiores del dichoso aire acondicionado que tantos catarros provoca al pasar de una diferencia de 10 o incluso 15 grados cuando entramos y salimos de algún sitio. Pero ese no es el tema del que quiero hablar hoy, sino del recuerdo que me viene a la cabeza cuando pienso en cómo pasaba las mañanas de verano de mis años más jóvenes, una vez que las clases terminaban y la televisión se ponía de acuerdo para contentar a la chavalería que no sabía muy bien qué hacer por las mañanas. Como nunca fui un alumno de dejar asignaturas para el verano (por la cuenta que me traía de la que me podía caer en casa) y tampoco era de salir a jugar a la calle, pasé muchas de esas mañanas de verano viendo aquellos programas que echaban en sesión continua desde la hora del desayuno a la del almuerzo, incluyendo los anuncios, algunos de los cuales me aprendí de memoria de tanto verlos y que aún hoy recuerdo, con ese tono tan exagerado que tienen siempre los mensajes dirigidos a los más pequeños y que vistos hoy me dan la risa.




De todo aquello que vi, hay algunos programas que recuerdo con especial cariño, que si recupero hoy me hacen despertar la chispa de aquellos tiempos donde era más pequeño y atolondrado. Uno de ellos es “Chicho Terremoto”, la serie de dibujos animados sobre un niño prodigio en el baloncesto con afición a observar y escamotear las bragas de las chicas de su colegio, especialmente cuando son de color blanco.


La serie estaba basada en el manga "Dashu Kappei", aunque aquí tiraron por la calle del medio al ver que el producto final no era precisamente digno de Kurosawa y lo españolizaron, llamando Chicho López al protagonista y Rosa, Eva, Antonio, Felipe o el señor Povedilla a otros personajes, diciendo que vivían en España mientras veíamos casas y carteles inequívocamente japoneses. Con lo poco aficionado que he sido siempre a la animación, las peripecias de Chicho despertaron mi curiosidad y me dieron varios instantes de risa, ya fuera en los partidos de baloncesto, en sus incursiones como fetichista de la ropa interior femenina o en su interacción con el perro Bobby, que a pesar de su condición es su rival a la hora de conquistar el corazón de Rosa.


Otra serie que seguía con gran dedicación era “El príncipe de Bel Air”, que hizo saltar a la fama a Will Smith, que interpretaba a un personaje llamado como él mismo y que se iba a vivir con sus tíos a una mansión en el exclusivo barrio de Bel Air, en Los Ángeles, dejando atrás el suburbio de Philadelphia en el que había crecido y llevando a un lugar tan elitista su cultura de calle. Además del propio Will, la serie tenía a otros personajes para el recuerdo, como Carlton, el tío Phil, Jeffrey el mayordomo o Jazz, amigo de Will que siempre salía volando por la puerta tras un plano general de la mansión, en un recurso cómico deudor del “cartoon”.



Uno de mis momentos favoritos de la serie es la capacidad que tenía en ocasiones de usar el humor negro a pesar de su tono familiar, cargándose de forma tan inesperada como bizarra a personajes que habían tenido una cierta importancia en la trama. Eso le pasó a un rival profesional del tío Phil que murió de un infarto después de que Will le dijera “ojalá te mueras” o cuando mataron a Trevor, el eterno novio de la tontorrona Hilary, que quiso pedirle matrimonio haciendo puenting.


Todo ello aderezado con una sintonía que muchos nos aprendimos de memoria, cantada por el propio Smith y que a veces aparecía en español y otras en inglés sin ningún criterio, cosas del distribuidor español.





Además de los productos para toda la familia, esas mañanas de verano también se caracterizaban por la emisión de series para un público menos infantil y más juvenil, series de adolescentes que podían ser más maduras o más intrascendentes. De todas ellas, sin duda mi preferida fue “Salvados por la campana” (al principio llamada “Salvado por la campana” y que acabó siendo pluralizada, pues el “saved” original puede valer para singular y plural), esa serie que relató las vivencias de un grupo de estudiantes de un instituto californiano a finales de los 80 y principios de los 90 y que como buen producto de su época tenía los ingredientes típicos de las comedias adolescentes: el líder carismático, Zack Morris, la chica guapa, Kelly Kapowski, el cachas rival del protagonista, AC Slater, el empollón pringado, Screech, o el director que debe lidiar con los chavales, el señor Belding. De todos los capítulos, hay uno que me gusta especialmente, en el que Zack se sirve de la pericia tecnológica de Screech para espiar una fiesta de pijamas de las chicas y ver si les gustan, una curiosidad de saber que pasa en las reuniones femeninas que a muchos hombres siempre nos ha llamado la atención


video

La serie tuvo tanto éxito, que se hizo una continuación ambientada en los años universitarios de los protagonistas y hasta se hizo una película para televisión en la que Zack y Kelly consumaban su relación casándose, que la boda como final siempre queda muy cuqui.




También en aquellas mañanas había espacio para las aventuras y de esas tenía muchas “El coche fantástico”, la serie que puso en órbita a David Hasselhoff y a su coche hablador, Kitt, que en España tuvo la voz de Carlos Revilla, el doblador durante tantos años de Homer Simpson. Aunque los coches me llamaban poco la atención, Kitt me gustaba mucho y soñaba con tener uno así de mayor y de poder pasarme a esas velocidades por aquellas tierras color violeta en las que se desarrollaba la intro de la serie.


Hasselhoff tuvo aún más éxito años después, cuando protagonizó otra serie señera para una generación como fue “Los vigilantes de la playa”, en la que mujeres de buen ver se embutían en estrechos bañadores rojos para deleite de propios y extraños. Confieso que nunca me interesó demasiado, pues cuando estuvo en boga yo aún no había dado el salto hormonal y me quedaba con Kitt antes que con Erika Eleniak o Pamela Anderson. Vista hoy la que más atractiva me parece es Alexandra Paul, curiosamente la menos exuberante del reparto, pero para mi opinión la más guapa.


Otra serie de aventuras que seguía con vivo interés era “El equipo A”, esas peripecias de los cuatro excombatientes de Vietnam que son acusados de un crimen que nunca cometieron y que sobreviven como soldados de fortuna. Aunque Murdock el loco y el bestia M. A. Baracus (B. A. en la versión original, por ser las iniciales “Bad Attitude”) eran personajes con mucho gancho, el que me gustaba de verdad era Hannibal Smith y el puro que lucía siempre en su boca, apuntando hacia arriba, en un gesto que muchas veces le he copiado con un bolígrafo cuando estoy pensativo ante mi falta de gusto por el tabaco. Un hombre interpretado por George Peppard, del que por entonces desconocía que había sido pareja de Audrey Hepburn en “Desayuno con diamantes” y que al final de su carrera se las vio con Murdock, M.A y hasta Ana Obregón, que participó en un episodio en sus años mozos.



Ya puestos a hablar de programas que captaban sobre todo la atención masculina, no se puede olvidar "Pressing Catch", el espacio que albergaba las peleas de la WWF americana, del "wrestling", todas esas peleas donde cada luchador adoptaba un personaje extravagante y los golpes eran de broma. Por eso aquí en España, los narradores quisieron tomárselo con humor e ironía y eso precisamente era lo que más me gustaba más allá de los porrazos.



Estas son algunas de las series que veía por entonces, las que aún hoy sigo recordando con cariño, pero sin embargo uno nunca deja de aprender y hace pocos años trabé conocimiento de otros productos que siguió mucha gente de mi generación y que yo conocía pero a los que no presté interés. Ese fue el caso de “Padres forzosos”, la serie en la que se hicieron famosas las gemelas Mary Kate y Ashley Olsen, interpretando a Michelle, la menor de las hijas de un padre viudo que comparte casa con otros dos hombres de la familia en San Francisco.


Una noche de aburrimiento hice zapping y me encontré con la serie, que la reponían en un canal regional para llenar emisión. Tras no verla en su momento, he de confesar que a mis veintitantos años me aficioné a las aventuras de esa familia y fue mi entretenimiento antes de dormir durante meses, hasta que decidieron retirarla para poner otra cosa. Nunca he sido muy niñero, pero hay que reconocer que las gemelas Olsen eran adorables de pequeñas, una capacidad que perdieron con los años y que hoy solo mantiene su hermana pequeña Elizabeth, la única que sigue en el mundo del cine y que me encantó por su papel en “Amor y letras”.


Otra serie descubierta ya bien crecido fue “Luz de luna”, la serie detectivesca protagonizada por Cybill Shepard y un debutante Bruce Willis, uno de los pocos actores que habiendo empezado en televisión se ha construido una sólida carrera en el cine. Esta serie, emitida durante la segunda mitad de los 80 sigue las claves de la comedia de guerra de sexos en la que lo importante no es la trama, sino las relaciones entre los protagonistas, siempre entre el amor y el odio. Y con una sintonía memorable, una canción que transmite la sensación de esos atardeceres melancólicos.


Hace unos años vi que habían editado la serie en DVD y me decidí a comprar una temporada y me gustó bastante, esperaba un producto menor pero me encontré con una comedia bastante digna y con episodios que homenajeaban al cine negro o al universo de Shakespeare, además de constantes referencias a su condición de personajes de una serie, en un juego de guiños metalinguísticos que alcanzaron su cumbre en el final de la serie.


De todo lo que ofreció la televisión en su momento a los que crecimos en los 80 y los 90, esto es lo que recuerdo con más aprecio (aparte de “Los Simpson”, que son un clásico incombustible), una época en la que los chavales teníamos un pequeño nicho de programación en las mañanas de épocas de vacaciones escolares y fines de semana. Ahora con la TDT hay canales temáticos que ofrecen programación de ese tipo durante todo el día, sin tener que esperar a momentos concretos. No caeré en la nostalgia mentirosa de decir que nosotros lo tuvimos mejor, pues seguramente los niños de ahora recordarán con cariño lo que vean durante estos años, como nuestros padres recuerdan la televisión en blanco y negro. Porque no se trata de que una época fuera mejor o peor, sino de un estado mental, de recordar cuando éramos más jóvenes y todo parecía más sencillo, cuando esos productos del pasado nos traen a la memoria lo que éramos y lo que el tiempo nos ha cambiado.