viernes, 29 de noviembre de 2013

Adiós, abuelo

Hace unas pocas semanas falleció mi abuelo, un acontecimiento que me causó tristeza y que me ha hecho pensar muchas cosas sobre la vida, algo normal cuando perdemos a un ser querido. Los que me conocen saben que no soy alguien muy familiar, de los que pasan mucho tiempo con padres, hermanos, primos o abuelos y mis relaciones familiares son un poco curiosas, con gente a la que veo solamente por Navidades y otros a los que veo aún con más diferencia temporal. Pero durante años vi a mi abuelo con bastante frecuencia, primero en mi infancia, cuando iba a la casa del pueblo y después cuando el abuelo enviudó y se fue a vivir con mis padres.
 
Recuerdo aquella casa en el pueblo, con vistas a un frondoso monte, en la que hacía un frío que pelaba en invierno y los cristales se empañaban con la humedad. Recuerdo al hijo de los vecinos, que tenía retraso mental y me daba mucho miedo (de pequeño para mí las personas con síndrome de Down me parecían monstruos, por su rostro contraído y su manera caótica de moverse y expresarse), recuerdo el olor a leña quemada de los inviernos y los otoños en los que subía al monte a coger castañas, escondidas en esos erizos de color verde que tanto me costaba abrir. Y también recuerdo a mi abuelo bebiendo el vino en porrón, escuchando música antigua en la radio, tocando pasodobles en uno de estos teclados Casio y a mi abuela regañándole cuando decidía echarse la siesta tirado en el suelo de alguna habitación, que se tumbaba boca arriba y parecía un muerto.
 
 
 
Todas esas cosas que hacía me llamaban la atención, por no verlas en mi casa, algo que empecé a ver día tras día cuando el abuelo se mudó tras la muerte de mi abuela, dada su poca habilidad para hacer las labores de casa por si mismo. Mi abuelo siempre tuvo un carácter seco y algo gruñón y siempre gustó de hacer las cosas a su manera, sin importunar a nadie y que por eso mismo no gustaba de ser molestado. Su actitud era la de un hombre de escasas ambiciones, que escuchaba su música, tocaba la pianola, leía el periódico y veía la televisión insultando a los que no le gustaban y comentando si era guapa ésta o aquella presentadora.
 
 
 
Yo apenas hablé con él en todos esos años, pero sentí siempre una silenciosa empatía, identificándome con algunas de sus actitudes. Por mi madre me enteré de que había tenido que trabajar duro desde muy joven para ayudar a la economía familiar, que se escondía en el pajar cuando iban a su casa visitas inesperadas o cuando quería estar solo, que hacía viajes de varios kilómetros bajo cualquier circunstancia para aprender a tocar el piano en el Conservatorio y que se sacó unas oposiciones a Correos en una época en la que en España estudiaban cuatro personas. Yo veía a ese hombre en batín, tan callado, dormido la mitad del día y me costaba creer lo que había hecho. Porque mi abuelo era de esas personas que parecen menos de lo que son, de las que la gente se hace una idea equivocada y que guardan muchas sorpresas en su interior. Cuando comprendí ésto es cuando empecé a sentirme cercano a él, porque eso mismo me ha pasado a mí en varias ocasiones, de ser tomado por los demás de una forma no del todo cierta.
 
 
 
Ambos nos tratamos poco, pero él supo reconocer a alguien cercano en mí y por mi madre supe que preguntaba sobre lo que hacía yo cuando ya me había marchado de casa a estudiar y trabajar fuera. Y a través de él descubrí muchos aspectos de la España cañí que desconocía. Fue través suyo como descubrí los monólogos de Gila y las películas de Paco Martínez Soria, que le encantaban y las veía siempre cuando las daban por la televisión. En música fue por él que oí por primera vez a gente como Antonio Molina, Manolo Caracol, Rafael Farina, Joselito, Juanito Valderrama o Manolo Escobar, de quienes tenía varias casettes y las oía de vez en cuando. Por eso quiero incluir una canción que le vi escuchando varias veces y que me llamó la atención cuando la vi en la película "Un Franco, 14 pesetas". Canciones como ésta me hacen comprender la melancolía que tenía mi abuelo debajo de esa capa de aparente dureza. Como hombre de la antigua escuela, no era dado a expresar sus sentimientos, pero el caso es que años después de enviudar conoció a otra mujer mayor en uno de esos bailes de la Tercera Edad y con ella salió durante unos años, hasta poco antes de morir. Y me da que aprovechó eso de parecer más inútil de lo que era para no tener que vivir solo porque no quería morir solo. Aunque su estado natural le llevaba a querer aislarse, en el fondo necesitaba estar cerca de la gente que apreciaba, una contradicción que comprendo perfectamente por haberla sentido tantas veces.
 
 
 
Un hombre que ha vivido hasta los 91 años manetiendo buena salud hasta sus últimos meses, cuando el corazón empezó a fallar y con la cabeza en buen estado, algo que deseamos todos cuando lleguemos a esas edades. Un hombre del que no me pude despedir y por eso aprovecho el blog para hacerlo, porque este nieto nunca le olvidará, máxime cuando los genes han influido a la hora de tener algunos parecidos.

Adiós abuelo, descansa en paz.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Leer o no leer, esa es la cuestión

Uno de los recuerdos que tengo de mi infancia y adolescencia es verme a mí mismo leyendo algo, ya sea un libro, un tebeo o incluso un periódico, en necesitar siempre algo de letra impresa que llevarme a los ojos, cual si fuera un yonqui a la búsqueda de algo que le pudiera colocar. Porque leer es uno de mis grandes vicios y como tal, no puedo estar un día sin leer algo, para mí es tan importante como el comer o el beber y me hace sentir bien. Recuerdo tener 15 ó 16 años y ver como mis compañeros de clase ya salían los fines de semana de fiesta por la noche y mientras se emborrachaban y se liaban entre ellos, yo me quedaba en casa leyendo un buen libro y pasándolo mejor que estando de fiesta, ya que por entonces no me llamaba la atención (luego tuve unos años de ebullición durante la universidad y post-universidad y desde hace un tiempo mi interés por salidas nocturnas ha ido disminuyendo, pero eso es otra historia). 

Me recuerdo en la cocina de mi casa, leyendo los libros de Arturo Pérez-Reverte sobre el capitán Alatriste o "Emma" de Jane Austen, una cocina que escogía porque era la que mejor acústica tenía para concetrarme. Vengo de un piso familiar pequeño para toda la gente que acogía y con una insonorización mejorable, por lo que en mi habitación era imposible leer sin tener que escuchar los asuntos de casa y los de los vecinos. Sin embargo, la cocina tenía un reloj de pared cuyo segundero hacía un ruido muy alto, de manera que podías escuchar por toda la casa cómo pasaban los segundos. Ese sonido constante e imperturbable siempre me ha resultado tranquilizador, así que escogía la cocina para que ese ruido me aislara de los demás, por ello tengo muchas lecturas asociadas al ruido de ese reloj, que hubo que tirar porque se atrasaba cada dos por tres.


Como lector empedernido siempre he sentido una especial fascinación por aquellas personas que también leen, por poder compartir conversación con ellos sobre esos libros que hemos leído y aprender sobre otros a los que no he echado el ojo todavía. Me gusta también prestar libros ya leídos a gente que siento que puede disfrutarlos tanto o más que yo, como medio de compartir algo que me ha dado momentos de placer e incluso de felicidad. Porque un buen libro te da certezas y te hace preguntas, te habla de vidas ajenas que pueden ser la tuya, te hace ir a mundos fantásticos que no conocías o pasear por tierras ya transitadas. Es un mundo que te da la mano para que seas testigo de tantos y tantos aspectos del alma humana, aunque se hable de seres extraordinarios. 


Y por eso me da pena cuando me encuentro con gente que no lee y aún más pena cuando veo que gente que leía deja de hacerlo por falta de tiempo o interés. Porque se empieza a perder a un igual, se pierde algo que los hacía especiales, esa capacidad de compartir contigo momentos de reflexión sobre las historias leídas en los libros. A este respecto he leído hace unos días un magnífico escrito en un blog llamado "Devoradora de libros" (www.devoradoradelibros.com), que habla sobre las excusas que se dan para no leer habitualmente. Un escrito con el que me identifico mucho y que adjunto a continuación.


"1. No tengo tiempo. Ya, ya, pero para escribir en las redes sociales a diario, pasarte cuatro horas delante del televisor o bajar al bar a tomarte una cerveza sí que tienes tiempo, ¿verdad? Comprendo que en la vida uno pasa por diversas etapas y hasta un gran amante de los libros puede tener una racha no lectora; no obstante, no me creo a los que dicen que nunca han encontrado el momento para leer. Es cuestión de organizarse; en la blogosfera he conocido a unas cuantas madres, trabajadoras, lectoras y blogueras que demuestran que, si se quiere, se puede con todo.

2. Los libros son caros. Leer y comprar libros son dos actividades diferentes que se confunden demasiado a menudo. ¿Qué hay de las bibliotecas? ¿Y de los libros de bolsillo, de los e-books? El año pasado escribí una lista de propuestas para leer de forma gratuita o por un coste muy bajo (¡y sin piratear!). A todo esto, no considero que los libros sean caros en comparación con otras formas de entretenimiento (pensemos en la cantidad de horas que dedicamos a una novela con respecto a lo que dura una película en el cine, por ejemplo), aunque me temo que hace falta ser un gran amante de la lectura para ser consciente de ello. Sea como sea, nunca he ido sobrada de dinero y aun así siempre he tenido libros en la mesilla (la mayoría de ellos, nuevos).

3. Si han hecho una película, ¿para qué voy a leer el libro? Cuando escucho esta excusa me acuerdo de la genial idea de una profesora que tuve en el instituto: en un examen preguntó por un tema que se trataba en la novela pero no en su correspondiente adaptación cinematográfica (la cara de los tramposos era un poema). El fondo de la excusa cae, una vez más, en el error de creer que leer es aburrido, que la película será un camino más rápido para llegar al mismo destino. Sin embargo, las historias no son solo ese destino, sino que también viven de lo que ocurre hasta alcanzarlo, de las particularidades de la escritura y de las tramas que se dejan de lado en el filme (y lo mismo se puede aplicar a los que se niegan a leer un clásico porque conocen de antemano el desenlace). Por mucho que la película sea muy buena y fiel, merece la pena disfrutar de ambas versiones.

4. No tengo ganas de pensar. Bueno, es cierto que leer requiere un esfuerzo mayor que ver un programa de televisión o una película (aunque también depende del programa y la película, todo hay que decirlo). De todas formas, de ahí a creer que todos los libros son sesudos y complicados va un trecho. Las personas que defienden esta opinión porque en el colegio tuvieron que leer novelas poco adecuadas para su nivel de comprensión —de ahí viene en parte el prejuicio— deberían empezar desde cero con lecturas facilitas y divertidas, que las hay, y son capaces de competir de forma muy digna con otros entretenimientos.

5. Los libros que se publican actualmente no tienen calidad. Típica excusa de las personas que en algún momento de su vida han leído cuatro clásicos y ahora miran con desprecio a los que leemos mucho, en especial narrativa actual. No negaré que ni la cuarta parte de lo que se publica hoy será un clásico mañana; no obstante, menospreciarlo todo por sistema me parece un error, porque, aparte de que opinan sin saber, no debemos olvidar que los libros que ahora consideramos clásicos en algún momento también fueron obras poco conocidas que tuvieron que ganarse un hueco. Grandes autores los ha habido siempre, ayer y hoy. Además, creo que los lectores leemos sobre todo por el placer de leer, sin pensar en la trascendencia de la obra (preocuparse del prestigio y de lo que pasará en el futuro con cada novela me parece una pérdida de tiempo).

Sería mejor que dijeran que no leen porque no quieren, ¿no os parece?"


Siempre se dice que querer es poder y en el caso de la lectura es totalmente cierto. Es un error hacer leer según qué libros en época escolar, por no tener los chavales la mentalidad suficiente como para afrontarlos y disfrutarlos (aunque entiendo que haya que enseñarlos como parte de nuestro acervo cultural), pero siempre se puede iniciar por el principio. Yo no empecé leyendo a Philip Roth o Milan Kundera, lo hice con "Mortadelo y Filemón", "Zipi y Zape", "Carpanta", "El botones Sacarino" y las aventuras de Los Cinco de Enid Blyton y de ahí he ido subiendo peldaños según mi crecimiento personal y mis gustos, del mismo modo que el aficionado al cine empieza a formarse con películas de Disney, no de Lars von Trier. A día de hoy tengo el veneno de las palabras metido muy dentro y necesito leer un rato cada día y lo hago por ocupado que esté, siempre encuentro un momento para leer mi dosis diaria. Y eso es lo que recomiendo, que entre media hora en las redes sociales o viendo la televisión y media hora de lectura, casi siempre será mejor la lectura.


miércoles, 20 de noviembre de 2013

"Blue Jasmine" y "Stockholm". Las consecuencias de lo que hacemos y decimos

 

 
"Blue Jasmine" es lo penúltimo de Woody Allen (que ha rodado este verano su nueva película, una comedia de época, de cara a su estreno el año que viene) y el regreso a su Estados Unidos natal. Y es que en los últimos años el neoyorkino ha rodado en Londres, Barcelona, París y Roma, por ser lugares en los que le dieron dinero para poder hacer sus películas. En esta ocasión, la acción se sitúa en San Francisco (que ya fuera escenario de una de sus primeras cintas, "Sueños de un seductor") y el drama preside la historia de una mujer (Cate Blanchett) que se ve obligada a empezar de nuevo tras descubrir que su vida acomodada ha estado cimentada en la farsa y su marido (Alec Baldwin) ha sido un caradura estafador que la engañaba con otras mujeres y ganaba dinero de manera ilícita.
 
 
 
Jasmine deja los lujos de Nueva York por el modesto piso de su hermana y cambia la alta sociedad por mecánicos y cajeras de supermercado, algo que le costará aceptar. Ella siempre ha sentido atracción por el lujo y las pretensiones (casi nadie sabe que su nombre real es Jeanette) y su hermanastra Ginger (Sally Hawkins) es una mujer humilde, que se conforma con su vida y sus compañías de clase media-baja. Aunque Jasmine tiene la apariencia, Ginger tiene el corazón y no duda en hacerle un hueco a pesar de que Jasmine nunca le trató de la misma manera cuando era rica.
 
 
 
En las películas de Allen los actores suelen brillar con luz propia a pesar de que a él no le gusta darles muchas indicaciones y los deja interpretar a su antojo. De hecho, algunos actores han manifestado su perplejidad con lo parco en palabras que puede ser Woody en plató y por no estar seguros de estar haciéndolo bien por su falta de reflexiones sobre su trabajo, quizá sea esa la clave. Aquí destacan especialmente unas estupendas Cate Blanchett y Sally Hawkins como esas hermanastras de distintos padres que fueron adoptadas y que se parecen tan poco por dentro y por fuera. Blanchett tiene el papel más agradecido y lo disfruta, mostrando que es una de las mejores actrices de la actualidad y con un estilo y una elegancia que puede ser igualmente creíble llevando joyas y accesorios que sufriendo crisis nerviosas que le hacen hablar sola y le llevan a inflarse de alcohol y pastillas. Jasmine es una mujer incapaz de conseguir una redención, de pasar página, a diferencia de Ginger, que a pesar de las tentaciones y las decepciones sabe adaptarse mejor a lo que tiene. Y es que ese es el tema principal de la película, la necesidad de seguir hacia adelante pese a los golpes de la vida para no quedarnos estancados como Jasmine, que siempre está en lo que pudo ser y no fue.
 
 
 
La película tiene un poso actual, con el tema de los millonarios corruptos y sus allegados, que miran a otro lado y se aprovechan mientras dura la fiesta. Y aunque tiene algunos toques de humor, es sobre todo un drama. Avisados quedan los que van a ver películas de Woody Allen pensando únicamente en su característico personaje neurótico que da risa, porque se verán decepcionados. Aún recuerdo cuando fui a ver "Match Point" y había un individuo que ya estaba riéndose en los créditos del principio (las típicas letras blancas sobre fondo negro con música de jazz, marca de su director) y que se marchó de la sala a mitad de película viendo que aquello no era precisamente divertido. Porque hay mucha gente que entra a ver una película sin saber ni de que va y pasa lo que pasa.
 

 
Precisamente, la siguiente película que comento puede que sea poco o nada conocida por el gran público, ya que ha sido producida a través de donaciones variadas (el "crowfunding" que ahora se ha puesto de moda con las escasa inversión que se hace en cultura) y no cuenta con el apoyo de una gran grupo mediático que la anuncie en sus 300 canales a todas horas ni tampoco tiene en el reparto a actores de teleseries famosas, por lo que su rendimiento comercial será escaso. Además es española, lo que disuadirá a muchos, pero no deja de ser una película muy interesante que se llama "Stockholm".

 
 
"Stockholm" está dirigida por Rodrigo Sorogoyen, director curtido en televisión y que debutó en el cine con "8 citas". Con su segunda película ha logrado premios al mejor guión y mejor actriz en el último Festival de Málaga, así como la oportunidad de llegar a unos pocos cines con un presupuesto de poco más de 200.000 euros. Dos actores, una casa y las calles de Madrid son los ingredientes de una película romántica que empieza siendo cómica y acaba siendo dramática. El chico (Javier Pereira) conoce a la chica en una fiesta, muestra sus mejores armas de seducción y ella (Aura Garrido) es reticente al principio. Salen a la calle y él va convenciéndola poco a poco para que vaya con él a su casa, lo que finalmente ocurre. Pero luego las cosas no serán tan apacibles como empezaron.
 
 
 
Sorogoyen tira de tópicos para acabar retorciéndolos y construir una de esas películas que empiezan acariciándote y terminan tirándote del pelo, poco apta para aquellos que usen las comedias románticas como lubricante para sus emociones. Javier Pereira y Aura Garrido componen unos personajes en los que se adivina una cierta fractura interna, preludio de lo que acabará pasando. Él es uno de esos chicos que con su labia y su sonrisilla y su buenrollismo algo postizos acaban consiguiendo lo que quieren y ella es una de esas chicas que tiene muchas capas, no precisamente agradables, debajo de su bonito envoltorio. Especialmente memorable se muestra Aura Garrido, que tiene un nombre que es metáfora de lo que la caracteriza, un "algo" muy especial. Tuve la ocasión de entrevistarla una vez y pese a su físico menudo tiene una mirada felina capaz de derribar a cualquier coloso. A pesar de haber salido en series como "Crematorio" o "Ángel y demonio", su carrera en cine se ha encaminado a películas más minoritarias, como "Planes para mañana", "Los ilusos" o ésta que nos ocupa. Será admiración de fan, pero es imposible no acabar sintiendo pena y compasión por lo que le ocurre a su personaje en la película.
 
 
 
Entre lo peor de "Stockholm" se puede poner algún vicio de su director, que a veces hace improvisados videoclips a modo de transición y para los que hemos pateado el centro de Madrid hay alguna continuidad dudosa entre las calles que recorren sus protagonistas, aunque éste es un defecto menor. El filme tiene una factura interesante a pesar de su bajo coste y muestra que el cine español puede tener más sustancia cuando se libera de la obligación de tener que gustar a todo el mundo, que muchas veces es el camino más rápido para no gustar a nadie. Una película que habla de la responsabilidad de nuestros actos, de lo que decimos y hacemos sentir a otras personas y de las consecuencias que eso puede tener.
 
 
Y creo que ese es el tema que hermana a estas dos películas, el saber luchar contra los reveses del día a día y la necesidad de pasar página cuando vienen mal dadas para seguir con nuestra vida.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Logos de cine

Hoy quiero hablar de cine haciendo un poco de historia, que junto al séptimo arte es una de mis grandes pasiones. Estaba el otro día pensando en los logos, esas pequeñas piezas con animación y música que muestran al principio de las películas a las empresas que distribuyen y producen el filme, unas piezas a las que el público no les suele prestar atención, como ocurre con los títulos de crédito. Cuando salen "los dibujos" y "las letras" suelo ver a gente que aún sigue hablando con los que tienen al lado, porque ellos han ido a ver la película y hasta que no empieza la acción propiamente dicha no se ponen a ello. Para mí, la película ya empieza cuando sale el nombre de la empresa distribuidora, mis sentidos ya están concentrados en ese momento y después de años viendo cine he sido testigo de logos que he visto varias veces y de los cambios que va imponiendo el paso del tiempo. Y es de la creación y el desarrollo de esas marcas a lo que quiero referirme.


A principios del siglo XX, cuando el cine acababa de nacer, Hollywood era una zona casi deshabitada a las afueras de Los Ángeles, solamente poblada por una escasa vegetación y cuyos escasos habitantes ni siquiera gozaban de agua potable. El primer estudio en la zona se fundó en 1911. Durante ese mismo año otros quince estudios se establecieron allí, principalmente por sus numerosos días de sol durante el año y a que los días eran también más largos, a diferencia del clima más frío y lluvioso de la Costa Este. Aunque ya existía la luz eléctrica, los estudios de cine dependían de la iluminación natural para poder rodar. Pero también el traslado se debía a que muchos productores de cine empezaron a dejar de pagar una tasa a Thomas Alva Edison (que poseía la patente como teórico inventor del cine), lo que podía meterles en serios problemas legales, con lo que mudarse de Estado, con otra jurisdicción, era una buena idea. Desde entonces, el distrito de Hollywood fue evolucionando hasta convertirse en la meca del cine mundial.




La precursora fue la actual Universal, al principio llamada Yankee Film Company, creada en 1909. Su fundador, Carl Lemmle, era un inmigrante procedente de la región franco-alemana de Alsacia que había dirigido un almacén de ropa en Wisconsin. Laemmle era, sin saberlo, uno de los arquitectos de la futura Hollywood, creando el ya mítico Universal Pictures.





Pronto llegarían otros pioneros como él, dispuestos a aprovechar todas las ventajas que California les ofrecía y construirían sus estudios en vecindad con el de Laemmle. Ese es el caso de Adolph Zukor, fundador de la Paramount Pictures.



Los 4 hermanos Warner (Albert, Harold, Jack y Sam) fundaron Warner Brothers Studios, también conocida como Warner Bros en 1923




William Fox fundó en 1915 de la compañía precursora de lo que hoy es la 20th Century Fox.




Los hermanos Cohn (Harry y Jack) dieron origen en 1919 la compañía precursora de lo que hoy es Columbia Pictures.



Samuel Goldfish y los hermanos Selwyn (Edgar y Archibald), fundaron en 1916 la compañía precursora de lo que hoy es la Metro-Goldwyn-Mayer.



Walt y Roy Disney crearon en 1923 la compañía qué hoy es Walt Disney Pictures.



Otro de los estudios pioneros del cine, hoy ya desaparecido, es RKO, considerado uno de los grandes estudios de la época dorada de Hollywood. Fundado en octubre de 1928, nació como producto de la fusión del circuito de teatro de Keith-Albee-Orpheum (KAO) y los estudios Film Booking Offices of America (FBO), bajo el control de Radio Corporation of America (RCA). La primera versión de los años 30 de “King Kong” y casi todas las películas dirigidas por Orson Welles fueron producidas y distribuidas por la RKO, hasta su absorción en 1953 por parte de Paramount. Esta compañía tenía uno de mis logos favoritos, con esa torre emitiendo en código Morse que transmite una interesante sensación de suspense.





Muchos de estos pioneros de los grandes estudios eran de origen judío. Los padres de Hollywood, en su gran mayoría, fueron judíos pese a que en sus películas no haya ninguna referencia a este hecho y a que sean los creadores del llamado modo de vida americano promulgado a través de tantas películas. Una herencia que hoy se sigue manteniendo y por la que muchos hablan del "lobby judío" de Hollywood.

Y otro estudio con un logo interesante y con judíos en su origen es Dreamworks, creado en 1994 por el director Steven Spielberg junto al productor musical David Geffen y el antiguo jefe de animación de Disney, Jeffrey Katzenberg. Su intención fue crear un espacio en el que la gente más talentosa de Hollywood pudiera conservar el control comercial y creativo. Después de una década, en un momento en que todos los grandes estudios están en manos de enormes conglomerados de medios, aquel sueño de Spielberg fracasó. El director vendió su empresa en 1700 millones de dólares a Paramount, precisamente uno de esos grandes conglomerados.



Sin embargo, en octubre de 2008 DreamWorks acordó el fin de su vinculación con Paramount Pictures y volvió a establecerse como empresa independiente con el apoyo financiero de un grupo indio. Y mientras tanto podemos seguir viendo en pantalla a ese niño que pesca subido a la Luna, un logo que está entre mis favoritos.



Y no quiero dejar pasar algunos de mis logos favoritos, estos ya de empresas productoras y distribuidoras, algunas ya desaparecidas, otras aún vigentes.











 








Para terminar quiero acordarme también de las caretas de Movierecord, una empresa dedicada a gestionar la publicidad de las salas de cine de España y que siempre aparecía para abrir y cerrar los anuncios antes de los trailers. Con una sintonía inolvidable que empezó a usarse en los años 80 y que era el entremés de lo que venía a continuación. 


Vuelvo a ver estas piezas y me provocan una gran emoción, por ser símbolo de esa magia del cine y de los recuerdos que me traen de tantas experiencias relacionadas con el séptimo arte, por la película y por el momento en que la vi. Piezas que son testimonio de un arte que ha ido cambiando con los años pero que nunca ha perdido la capacidad de hacernos soñar.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Razas de noche

"De pronto don Fabrizio se dio cuenta de que lo odiaba. A su ascenso, al de centenares como él, a sus oscuras intrigas, a su tenaz avaricia y avidez debíase esa sensación de muerte que ahora, claramente, ensombrecía estos palacios. A él, a sus compadres, a sus rencores, a su sentido de inferioridad, a su no haber conseguido prosperar, debíase también que a él, don Fabrizio, los trajes negros de los bailarines le recordaran las cornejas que planeaban, buscando presas pútridas, por encima de los pequeños y perdidos valles. Sintió la tentación de responderle de malos modos, de invitarlo a largarse. Pero no podía: era un huésped, era el padre de la querida Angelica. Era acaso un infeliz como los demás.

Los dos jóvenes se alejaban, pasaban otras parejas, menos bellas, pero tan conmovedoras, sumida cada una en su pasajera ceguera. Don Fabrizio sintió que el corazón se le enternecía: su disgusto cedía el puesto a la compasión por todos estos efímeros seres que buscaban gozar del exiguo rayo de luz concedido a ellos entre las dos tinieblas, antes de la una y después de los últimos estertores. ¿Cómo es posible enconarse contra quien se tiene la seguridad de que ha de morir? Significaría ser tan vil como las pescateras que hacía sesenta años ultrajaban a los condenados en la plaza del Mercado. También los macacos sobre los poufs y los viejos papanatas de sus amigos eran miserables, insalvables y mansos como el ganado que por las noches brama por las calles de la ciudad cuando se le conduce al matadero. Al oído de cada uno de ellos llegaría un día el campanilleo que había oído hacía tres horas detrás de San Domenico. No era lícito odiar otra cosa que la eternidad.

Además toda la gente que llenaba los salones, todas aquellas mujeres feúchas, todos aquellos hombres estúpidos, estos dos sexos vanidosos eran sangre de su sangre, eran él mismo; sólo con ellos se comprendía, sólo con ellos se sentía a gusto".

(Giuseppe Tommasi di Lampedusa. "El Gatopardo")



Una de mis películas de cabecera es "Taxi Driver", la obra maestra que parieron en 1976 una serie de talentos que dieron lo mejor de sí mismos para la ocasión: Martin Scorsese en la dirección, Paul Schrader en el guión, Bernard Herrmann ("Psicosis") en la banda sonora y Robert DeNiro como protagonista de una historia sobre un tipo algo zumbado que no encuentra su sitio en la sociedad. Trabaja como taxista nocturno en Nueva York y es testigo de una serie de acontecimientos y personajes que analiza según su punto de vista.


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Ya he comentado en alguna ocasión que uno es nocturno por naturaleza y que ahora trasnocho además por motivos laborales en el marco de una gran ciudad como es Madrid, lo que me hace presenciar algunas cosas que me recuerdan a "Taxi Driver", por las peculiaridades de la gente que puebla las calles de noche, una raza que permanece oculta durante el día o que quizá está disimulada entre el resto de la gente y muestra mayor visibilidad cuando el resto duerme en sus hogares.

La Gran Vía de Madrid es una calle que hace honor a su nombre y que siempre está frecuentada por montones de personas durante el día, con una marea humana en sus aceras que se ve acompañada por un tráfico incesante de coches, policías y ambulancias en la calzada. Pero de noche, esa calle me recuerda siempre a la película de Scorsese, cuando la gente más curiosa se deja ver. Hay relaciones públicas que si vas acompañado te ofrecen copas y si vas solo te invitan a entrar en locales de alterne, prostitutas que te tiran besos para engatusarte o que directamente te tiran del brazo para que caigas a sus encantos, mendigos que se hacinan en portales y zaguanes de cines y teatros, mendigos con menos miramientos que te insultan a gritos si no les das dinero, borrachos de todas las nacionalidades que buscan su próximo destino de fiesta y un establecimiento que sirve comidas y vende periódicos, revistas, libros, alimentos y otros complementos y accesorios hasta altas horas de la madrugada. Alguna vez he entrado a repostar en este establecimiento y he sido testigo de algunos de sus habituales personajes, que hacen cierto aquel dicho de que el mundo es un pañuelo y de que en una ciudad con una población millonaria es posible hallar a la misma gente en varias ocasiones, como si la noche fuera un pequeño pueblo al margen de la gran ciudad.




En el establecimiento me he encontrado varias veces con un señor mayor enano y paliducho que acude siempre a dar palique a las dependientas y les ayuda incluso a colocar el género en los estantes, mientras ellas se burlan de lo que él dice sin que parezca sentirse afectado por ello. También suele dejarse caer otro hombre mayor, alto y desgarbado, que siempre lleva la misma ropa sea verano o invierno y que huele a una mezcla de suciedad y medicamentos. Éste se limita a hojear alguna revista y se marcha al poco rato, aparte de que he tenido ocasión de verle en alguna sesión nocturna de los cines a los que suelo ir. Lo cierto es que suelo ver a hombres solitarios de una cierta edad deambulando por las calles, todos ellos con aspecto desarreglado, tez enfermiza y caminando sin rumbo concreto. Y cuando los veo no puedo evitar sentir una mezcla de asco y pena, como si fueran los fantasmas del "Cuento de Navidad" de Dickens, que vienen a mostrarme lo que podría ser de mí dentro de unos años. Siento ese miedo a acabar de esa forma, un miedo que se incrementado cuando me veo entre ellos, moviéndome por los mismos lugares a las mismas horas, temiendo contagiarme de su abandono como si de un virus se tratara.




Por eso, últimamente, gracias a un pequeño cambio de rutina laboral he podido adelantar un poco mis horarios y en mis días libres procuro no moverme por según qué sitios para no verme reflejado en espejos deformantes que me devuelvan imágenes no deseadas. Aún así, algunos días encuentro en el autobús nocturno de vuelta a casa a otro señor mayor, éste ya vestido impecablemente, con su corbata, su chaqueta y el pañuelo asomando por la solapa. A este hombre le gusta sentarse al lado de chicas jóvenes para hablarles, que cuando una se baja busca a otra y se sienta a su lado para repetir la operación, a pesar de la incomodidad evidente de muchas de ellas, un día tengo que acercarme para ver qué es lo que les cuenta.

Y en esas ocasiones lo veo claro y recuerdo el pasaje de "El Gatopardo" que encabeza la entrada, no se puede odiar a quien está destinado a morir. Porque él, los otros itinerantes, el protagonista de "Taxi Driver" y todos los demás buscamos al final lo mismo, estímulos para continuar en la brecha de la vida.



lunes, 4 de noviembre de 2013

"Don Jon" y "Vivir es fácil con los ojos cerrados". Maneras de vivir

La comedia romántica es un género que en si mismo puede estar bien, el problema llega cuando se utiliza mal, como tantas cosas de la vida. Así hay películas muy populares protagonizadas por Julia Roberts, Sandra Bullock, Meg Ryan, Jennifer Aniston y últimamente Katherine Heigl, siendo cada una un sucedáneo de la anterior. Películas que valen bastante poco por su mezcla de humor tontorrón y ñoñería y que hacen furor en el público femenino, sin hacer distinción de clases sociales o de nivel cultural. Si no me creen, hagan la prueba con "Pretty Woman", que debe haber muy pocas mujeres en el mundo a las que no le guste. Allí donde ellas ven una historia bonita yo veo una pastelada cursi sin ninguna credibilidad, pero a ellas les gusta porque les hace sentir bien. Por el lado contrario, quiero que busquen a un hombre que diga que no consume cine porno. Seguramente encontrarán a muchos, la gran mayoría negarán que vean esas cosas, especialmente si la pregunta viene de labios de una mujer, por temor a quedar como un salido enfermizo, pero sepan que casi todos mienten. Yo veo porno y me gusta hacerlo porque me parece excitante (no precisamente el clásico porno estilo "machote" a lo Rocco Siffredi, que como en el cine convencional también hay variedades) y también me ha servido para aprender alguna cosa que luego he puesto en práctica, a modo de clases teóricas. Esto es algo que hacen la gran mayoría de hombres y que pocas veces confiesan en público por ese miedo a ser estigmatizados, porque si una mujer dice que ve porno es sexy y si lo dice un hombre es un guarro asqueroso, una concepción que suena anticuada en nuestros días, pero que sigue vigente. De cosas así habla "Don Jon", la primera película como director del actor Joseph Gordon-Levitt ("500 días juntos", "Origen").



Jon Martello (Joseph Gordon-Levitt), un joven adicto al sexo en general y al porno en particular, intenta ejercer algún tipo de control sobre sí mismo. Jon tiende a deshumanizarlo todo: su apartamento, su coche, su familia, su iglesia y las mujeres. Sin embargo, hasta los ligues más sofisticados no pueden compararse con el placer que obtiene viendo pornografía en su ordenador. Insatisfecho con su vida, decide cambiar. Gracias a la relación con dos mujeres muy distintas, Barbara (Scarlett Johansson) y Esther (Julianne Moore), aprenderá grandes lecciones sobre la vida y el amor.







El protagonista es un joven de clase trabajadora que tiene muy claras las cosas que le importan en la vida: su cuerpo, su choza, su buga, su familia, su iglesia, sus colegas, sus chicas y sobre todo, su porno. Y es que Jon puede ligar con quien se lo proponga, pero aún así es adicto a la pornografía, que le proporciona una satisfacción que no le dan las relaciones sexuales reales. Da lo mismo que consiga a la chica mas guapa de la discoteca, después de tener sexo con ella acude a su portátil para ver vídeos que le procuren el placer supremo que no ha obtenido con la otra persona. Y eso le supondrá un problema cuando conozca a Barbara, una chica a la que no le gusta nada esta inclusión de la pornografía en la vida de Jon y que será motivo de discusiones. Por su parte, Jon no es muy cinéfilo y no soporta las comedias románticas pastelosas que le gustan a Barbara, algo que tiene que aprender a aguantar si quiere seguir con ella, una chica que a diferencia de las otras no le da sexo en la primera cita. 



En "Don Jon" Gordon-Levitt toma el mito de Don Juan y lo adapta a un contexto actual con un interesante enfoque. Este Don Juan luce como el concursante de un "reality" y lleva el pelo peinado hacia atrás con gomina y las sienes afeitadas, viste con camisetas escotadas y lleva collares, conduce como si la carretera fuera suya y acude a la Iglesia a confesar las veces que ha tenido sexo esa semana y las veces que se ha masturbado para obtener una absolución que sabe ganada de antemano. Todo este mundo chocará cuando llegue su particular Don Inés, una rubia de bonitas formas que siempre masca chicle y viste de modo "choni" (con una Scarlett Johansson que sabe reírse de sí misma y hasta hace posados frente al espejo, como aquellos que salieron a la luz después de que un hacker le pirateara el teléfono móvil). Él ve demasiada pornografía y ella demasiado cine romántico (con cameos de Channing Tatum y Anne Hathaway como actores de una de esas películas), con lo que ambos se crean expectativas que luego no se ajustan con la realidad. A eso hay que sumarle la familia de Jon, con un padre que siempre va en camiseta por casa (Tony Danza), está obsesionado con el fútbol y con que su hijo sea un hombre de verdad y una madre ama de casa (Glenne Headly) deseosa de que le hagan abuela. 



Gordon-Levitt hace un buen trabajo en su doble faceta como actor y director y sabe plasmar en pocos trazos todo ese mundillo de clase media-baja y a ello le añade la presencia de dos mujeres que acabarán teniendo una importancia mayor en la trama de lo que parece en un prinicipio. Ellas son la hermana de Jon (Brie Larson), una joven enganchada a su teléfono móvil que nunca dice una palabra y la mujer madura (excelente como siempre Julianne Moore) que Jon conoce en unas clases nocturnas y que también tiene muchas cosas que enseñarle. Todo el reparto luce a la altura de las circunstancias y ofrecen una película interesante que acaba cayendo un poco en los tópicos de esas películas románticas a las que parodia. Al modo de las películas de Judd Apatow ("Virgen a los 40", "Lío embarazoso"), la moraleja y los buenos sentimientos acaban prevaleciendo y eso hace que el resultado final pierda algo de fuelle.



Y hablando de buenos sentimientos y buenrrollismo, en ese sector podemos inscribir a la última película de David Trueba, "Vivir es fácil con los ojos cerrados", la enésima historia de iniciación a la vida y pérdida de la inocencia ambientada en los años del franquismo.



Antonio (Javier Cámara) es un profesor que utiliza las canciones de The Beatles para enseñar inglés en la España de 1966. Cuando se entera de que su ídolo John Lennon está en Almería rodando una película, decide viajar hasta allí para conocerle. En su ruta recoge a Juanjo (Francesc Colomer), un chico de 16 años que se ha fugado de casa, y a Belén (Natalia de Molina), una joven de 21 que aparenta estar también escapando de algo.




David Trueba tuvo que cargar desde sus inicios con el sambenito de ser el hermano de Fernando Trueba ("Belle Epoque", "El artista y la modelo") y de que las malas lenguas pensaran que estaba ahí por parentesco. Con los años ha sabido construirse una respetable carrera como director ("La buena vida", "Soldados de Salamina", "Madrid 1987") y también como novelista (llegando a alcanzar el Premio Nacional de la Crítica por la espléndida "Saber perder"), además de demostrar que tiene el don de la palabra y de saber interesar a los demás en lo que cuenta (cada vez que le veo entrevistado o le he visto en alguna conferencia, escucharle ha sido un verdadero placer). Todo ello me ha llevado a ver esta historia ambientada hace más de 40 años, cuando España era (algo) diferente a lo que es ahora y llevar el pelo largo podía ser motivo de disputa y los embarazos no deseados eran no poco problemáticos.



La película tiene buenas intenciones y el punto de partida es interesante, pero acaba siendo una historia con situaciones, personajes y estilo muy vistos (las escenas familiares del personaje de Juanjo sonarán a "dejá vu" a cualquiera que haya visto un capítulo de "Cuéntame cómo pasó"). Los tópicos facilitan que llegue la historia al espectador, pero hacen que muchas veces no se transmita una verdadera emoción a los que buscamos un poco más que la clásica historia de siempre. Tampoco ayuda una lánguida banda sonora con una guitarra que suena de vez en cuando y que en un alarde de torpeza no resalta ni refuerza nada de lo que se ve en pantalla, haciéndose preferible que no haya banda sonora, más allá del "Strawberry fields forever", que en su primer verso da título a la película de Trueba y que Lennon empezó a componer en el rodaje en Almería de "Como gané la guerra" a las órdenes de Richard Lester.



En cuanto a las interpretaciones, cabe destacar a Javier Cámara, que siempre está mucho mejor cuando no quiere ser el más gracioso de la clase y que sabe componer personajes a medio camino de la ternura y el patetismo. También se defienden muy bien la debutante Natalia de Molina (mostrando un encanto y una dulzura que no se pueden fingir, como chica modosita por fuera y aventurera por dentro) y los secundarios Ramón Fontseré y Jorge Sanz (al que debe ser de las pocas veces que se le entiende todo lo que dice). No se puede decir lo mismo de un Francesc Colomer bastante perdido que no acaba de dar la talla como muchacho rebelde.



Así pues, la película se deja ver pero tampoco deja un poso especial después de verla, algo que suele suceder en el Trueba cineasta, más olvidable que el Trueba escritor u orador. Y es que, como los propios personajes de su última película descubren, nadie es perfecto y tampoco se puede ser bueno en todo.